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Su frente sudaba. La corrida había sido feroz y larga, y aún así de alguna forma esos seres se las arreglaban para no quedarse atrás. Tenían que sacar la chatarra de la puerta rápido, o serían comida de muertos en el mejor de los casos.

Mientras, él asustado y cansado sacaba la basura de enfrente de esa puerta, su compañero disparaba una beretta 9mm con frialdad y una puntería admirable, casi militar.

Casi cada chasquido del arma era suficiente para derribar a uno de los caminantes, insensibles a cualquier cosa que no dañara su cerebro, avanzando inmutables, fríos, con un solo deseo, la carne y la sangre de quienes trabajosamente trataban de escapar de ellos.

Aún con la puntería de aquel hombre, los monstruos se acercaban cada vez más, y la munición disminuía con cada disparo efectuado por él. El otro hombre sacaba incansablemente escombros, basuras, maderas y cualquier otra cosa que bloqueara la entrada a la puerta de esa pequeña casa, que aunque no parecería aguantar para siempre, lo haría lo suficiente como para no ser devorados por ahora.

A 10 metros de ellos ya llegaban los primeros seres infernales por ellos, y las explosiones del cañón del arma se escuchaban cada vez más seguidas, producto de la desesperación y de la mejor ubicación de sus enemigos.

El campo por el que habían corrido estaba lleno de sangre color carmesí y cuerpos putrefactos e inmóviles, que hace poco habían sido caminantes, y hace un tiempo más, personas comunes y corrientes, como los dos que luchaban por sobrevivir.

El tirador era de estatura media, fibroso, con el pelo de un largo mediano y negro y sus ojos eran color café oscuro, mientras que el tipo que sacaba los escombros de la puerta era alto y tosco, con el pelo color café y unos ojos verde claro.

Pensar que un tiroteo como ese sería noticiosa por semanas en el mundo normal de antes, pero ahora pasaba día a día y anónimamente, pues si había alguien más aparte de los protagonistas para escucharlo o presenciarlo seguramente estaba más preocupado de sobrevivir el mismo, no se podía fiar tampoco de los sobrevivientes que estuvieran luchando, pues los saqueadores y asesinos abundaban para su propia supervivencia.

El tirador ya casi aceptaba a una muerte sangrienta y dolorosa , los muertos estaban muy cerca, pero cuando ya casi no le quedaban esperanzas ni cargadores su compañero le gritó:

-Está abierta, entra coño.

Ambos entraron rápidamente y cerraron la puerta, bloqueándola con sus cuerpos.

-Trae algo para barricar la puerta

Le dijo el tirador a su compañero, con una voz calmada. Su compañero acató las órdenes y trajo todo lo que encontró, sillas, mesas, muebles, escombros, maderos, básicamente cualquier cosa que encontrara.

Jadeando después de colocar las cosas, ambos se sentaron en el empolvado y viejo suelo de madera, que crujía en acto de reclamo a sus movimientos.

-No tenías que gritar tan fuerte afuera, estaba disparando al lado tuyo.

Le dijo el tirador a su amigo, dirigiéndole una sonrisa.

-No me vengas con huevadas, estábamos a punto de morir, en lo último en que pensaba era en decirlo en tono de petición, joder, además tu puta pistola ya me tenía sordo.

Rieron.

-Otra vez escapamos de la muerte, Carlos, parece que Dios nos quiere vivos.

Habló el hombre alto, con una sonrisa.

-No lo sé -dijo Carlos, el tirador- pero Dios no nos ha ayudado más que nuestras propias habilidades y decisiones, Rafael.

El aire dentro de la casa era espeso y estaba lleno de polvo y tenía un olor a suciedad.

La casa parecía abandonada desde antes que todo el caos comenzara. Ya se escuchaban los arrítmicos azotes de las criaturas contra la puerta de madera de la pequeña vivienda, intentando entrar, sabiendo que allí adentro, como dos ratones acorralados por un gato, se encontraban sus presas.

Carlos descargó su pistola para chequear el cargador, contó unas 7 balas restantes en ese cargador, lo cambió por uno nuevo, dejó el arma lista para disparar y se guardó él con 7 balas en su cinturón.

-7 balas en ese cargador y tengo el último puesto.

Le contó a su compañero con desgana

-¿7 es el número de la suerte o no?

Sonrió Rafael.

-La suerte no existe, compañero.

Dijo Carlos, como siempre, sereno.

La puerta crujía con cada golpe que recibía por parte de los putrefactos seres de afuera.

-¿Aguantará la puerta Carlos?

Rafael se notaba un poco preocupado y asustado

-SÍ, por unas horas al menos -Expresó Carlos, con confianza en su voz- tenemos que aprovechar ese tiempo y ver cómo salirnos de esta, que todavía no estamos salvados, primero debemos registrar la casa.

-Eso será fácil, esta casa es más pequeña que la mía después de que mi mujer se llevara todo en el divorcio.

Rió Rafael

Se demoraron solo 5 minutos en revisar todo, y no encontraron muchas cosas que les pudieran ayudar, apenas un cuchillo viejo y oxidado, ya sin filo y una botella de agua estancada.

Ambos estaban pensativos y preocupados, la situación no era auguriosa, la puerta aguantaría unas horas más y no parecía haber una salida trasera de la casona, que no poseía siquiera ventanas.

-¿Qué hacemos Carlos?, esta jodida casa no tiene salidas, es como una trampa disfrazada de refugio.

-Calma Rafael, tiene que haber algo que no vimos, alguna salida o algo así.

Buscaron por horas una salida, una pequeña trampilla en el suelo o en el techo que les permitiera salir, una pared debilitada que fuera fácil de derribar, pero nada, aún con el aspecto débil y frágil de la casa, sus maderos eran lo suficientemente sólidos como para aguantar incluso el par de balazos que disparó Rafael en la desesperación, quitándole el arma a su compañero.

-¿Qué coño haces?, las balas no romperán estos maderos, idiota.

Dijo Carlos, por primera vez fuera de su serenidad, con cierto enojo.

-Tenemos que salir, tenemos que escapar de esta mierda, van a entrar, nos van a devorar vivos.

Rafael gritaba asustado, hasta el punto que estalló en lágrimas del miedo y la impotencia.

De repente la puerta empezó a crujir. Bam, se triza la puerta. Bam, salta un trozo de madera. Bam, se empiezan a salir las bisagras.

-Lo lamento, Rafael, esto se acabó.

Hablaba Carlos, resignado, con pena en su voz

-No, no puede ser, nosotros siempre salimos de esto, siempre salimos vivos y en una pieza- lloraba desconsolado-, es imposible. -Lo siento, amigo, pero es así. -Carlos cerró los ojos y apuntó a la cabeza de Rafael, rápidamente disparó-. Descansa.

La sangre salpicó la cara y las ropas de Carlos, mientras que la que brotaba de la cabeza de Rafael manchaba sus rodillas apoyadas contra el piso. Un par de lágrimas salieron de los ojos de Carlos.

Había un olor a sangre y a podrido en el aire. Carlos se paró y puso el arma contra su cabeza. Los azotes seguían mermando la frágil resistencia de la puerta, que pronto cedería. Carlos cerró los ojos, apretó su beretta e inhaló fuertemente.

-Tarde o temprano la muerte llega, al menos podré descansar.

Disparó…

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