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No sé cómo llegó esta historia a mis oídos:

La vida de Julio era un asco, a sus 35 años era todo un perdedor. Un día, sin más, simplemente decidió vender su alma al diablo a cambio de superarse. Improvisó un rito: velas negras, un espejo viejo y sucio, y su propia sangre extraída de una cortada profunda en la palma de su mano; tan solo gritó: “¡Si existes, aparécete! Te ofrezco un trato, mi alma por riquezas”. Apareció entonces un demonio, bien vestido, de traje, con sonrisa macabra y ojos llenos de maldad. “Acepto tu trato”, contestó el demonio, “en el momento que te pida tu alma, simplemente la tomaré”. Julio mantuvo firme su decisión.

Al día siguiente Julio fue contratado por una empresa bastante exitosa de muebles, una de las mejores del país. Su vida económica fue mejorando, pues de la noche a la mañana fue ascendiendo en la jerarquía de tal empresa hasta llegar a la subgerencia de su región. También conoció a la menor de tres hijas del dueño, quien de inmediato quedó prendada de él, casándose casi de inmediato.

Un accidente aéreo nunca aclarado terminó con la vida de las otras dos hermanas. El impacto de este hecho provocó la muerte (de un paro cardíaco) de la esposa del dueño. Poco después, un cáncer muy difícil de tratar mató al señor, dejando la total custodia de la empresa al esposo de su hija, Julio.

Julio y su esposa tuvieron dos hijos sanos y hermosos. La vida no podía ser mejor. Un día, tras salir de bañarse en medio del espeso vapor, Julio observó una silueta conocida. La sonrisa macabra salió de la nube y, lanzando humo por la boca del cigarrillo que fumaba, dijo: “Vengo por lo que me pertenece”. Julio cayó devastado: “Tiempo, solo dame un poco más de tiempo”.

“Has tenido ya 5 años de felicidad”, replicó el demonio, “es tiempo suficiente”. Julio llorando suplicó el perdón de Dios y este, al verlo verdaderamente afligido, envió a uno de sus ángeles. Se presentó ante el demonio y conversaron en lenguas extrañas, incomprensibles para Julio. El ángel lo miró y dijo:

“Mi Señor no te ha dado ningún perdón; sin embargo, no te abandonará. Tu perdón, tu felicidad y tu alma los deberás ganar con tu esfuerzo”, después desapareció.

Entonces, el demonio se dirigió a Julio: “Aprovecha tu oportunidad, me han convencido de realizarte una prueba. Si logras superarla, saldada tu deuda estará. Escucha atentamente: en 60 días volveré y tú habrás construido un laberinto. Tendré 60 días para salir de él. Si no lo logro, serás libre, pero si salgo antes, tú te enfrentarás a mi laberinto. Si no sales de él en 60 días, serás completamente mío. Ese es el trato que hice con el ángel”.

Julio aceptó y, de inmediato, se puso a construir. Construyó el laberinto en un bosque cerca de su casa de descanso, enorme, con trampas y acertijos. Realmente puso todo su ingenio y esfuerzo en su tarea.

Pasados los 60 días, y el demonio de nuevo se presentó. Julio lo llevó a la entrada del laberinto. El demonio entro en él y Julio solo esperó. Pasaron 55 días y el demonio no daba señales de llegar a la salida. Julo comenzó a sentirse contento, pues creía haber superado su prueba, pero en el día 58 el demonio llegó al final. Julio se sintió destrozado, pero aún quedaba una segunda oportunidad: salir en menos de 60 días del laberinto del demonio.

El demonio dijo: “Muy bien, es hora de llevarte a mi laberinto. Hiciste que respondiera acertijos, que me perdiera entre paredes, trampas y puertas. Ahora enfrenta mi laberinto, que no tiene puertas ni paredes ni techo”.

Y dejó a Julio en medio del desierto.

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