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Escribo esto con la esperanza de buscar algún consuelo, una forma absurda de poder liberarme y sacar de mis entrañas algo que supone un peso demasiado fuerte en mi conciencia como para que pueda cargarlo solo. Además, también espero que pueda ayudar a alguien, a quien sea, aunque sea de forma minúscula, que haya tenido la misma desgracia que yo; pero no puedo asegurar que esta situación se haya repetido más de una vez, o se pueda repetir.

Mi experiencia comienza hace un mes, un ordinario viernes de junio. Como siempre, me había levantado un poco más temprano para poder arreglarme para ir al trabajo, y como siempre, hacía mi recorrido de forma rutinaria: me vestía, desayunaba, me lavaba, me duchaba, recogía mis cosas y me marchaba. Fue en el camino a la cocina cuando tuve una sensación extraña. Un frío intenso que calaba en lo más profundo de mis huesos, un frío terrible que no parecía proceder de ninguna parte. No le di mayor importancia (supuse que alguna ventana se debió de quedar abierta por la noche, o bien que estaba cogiendo un resfriado o una gripe), así que continué con mi jornada. Después, todo transcurrió de forma normal.

El sábado había organizado una cita para tomar café con unos compañeros del trabajo, y cuando me estaba encaminando hacia el armario de mi dormitorio para buscar una camisa, volví a sentir aquello: el mismo frío desolador, pero ésta vez quizás más fuerte. Me alejé y decidí comprobar todas las ventanas de la planta baja de mi casa que daban hacia el patio o el jardín. Todas y cada una de ellas estaban celosamente cerradas, y era imposible que se hubiesen abierto por acción del viento. Estuve registrando todo el lugar, intentando buscar el origen de este fenómeno; pero al darme cuenta de que llegaba tarde a mi plan, me marché sin investigar el asunto a fondo.

Sin embargo, este suceso empezó a ocurrir diariamente, en una habitación distinta cada vez, por lo que hubo un momento en el que me fue imposible ignorarlo. Me quedé despierto una noche, sentado en mi salón, para intentar ver qué demonios sucedía, pero no hubo resultado: esta “cosa” tan irritante se había trasladado a otro cuarto. No fue hasta cinco días después cuando me desperté, en pleno amanecer, por un ruido intenso. Agarré el móvil, que estaba en la cómoda al lado de mi cama, y alumbré por todo el suelo. Mi corazón dio un vuelco al descubrir que había una parte del suelo que no era afectada por la luz, no recorría su superficie. Me acerqué para mirar más de cerca, y pude descubrir al fin el horror.

Era una sombra, de aspecto circular, en cuyos bordes giraban y serpenteaban una especie de tentáculos negros, de aspecto muy denso. Lo extraño era que la sombra no estaba siendo causada por ningún objeto, y más bien parecía ser una especie de agujero. Como una simple prueba, inducida más bien por el miedo que por la curiosidad, arrojé un bolígrafo a su interior. Ocurrió lo que me temía: el bolígrafo fue succionado y quedó en su interior. En lugar de levantarme de la cama de forma normal, me fui arrastrando hasta el borde y me dejé caer con suavidad al suelo. Intenté evitar cualquier clase de contacto posible con la cosa, a lo que yo había bautizado simplemente como “El Hoyo”. Día a día, examinaba todos los rincones de mi casa, y encontraba al Hoyo. Lo peor es que cada vez que lo veía, se hacía más y más grande.

No llamé a la policía, ni a ningún familiar, ni a ningún amigo… a nadie. Estaba paralizado por el terror más absoluto por algo que creía que había alcanzado sus máximos niveles… Fui un estúpido, ni siquiera podría haber imaginado lo que vendría después.

De nuevo, volví a ser despertado otro amanecer. Pero esta vez, no fue un sonido el que me arrebató el sueño. Miré hacia abajo, y pude contemplar que El Hoyo ya medía más de dos metros. Algo indescriptible, inenarrable, imperceptible me agarró de la pierna y tiró con la suficiente fuerza como para romper mi pantalón, e incluso hacerme una herida grande, que no paraba de sangrar. Grité de forma desgarradora, me senté lo más rápido que pude en la orilla de la cama, y entonces fue cuando lo vi. Cuando vi a lo que habitaba en su interior.

El espectro tenía los brazos alargados y tan esqueléticos que sus huesos y tendones estaban casi al descubierto. Sus manos tenían cuatro dedos retorcidos, deformes y puntiagudos. Su piel tenía un color repugnante, como si se le hubiese prendido fuego. Su cabeza era ahuevada, en forma de una especie de óvalo, pero lo que más llamaba la atención eran sus facciones: sus ojos eran dos redondeles completamente negros; su boca, semejante a la de un pez y con algunos colmillos, se torcía en una sonrisa asquerosa que le desfiguraba por completo; su torso estaba lleno de magulladuras y úlceras, y sus costillas estaban tan marcadas que parecían cuchillos.

Volvió a tirar de mí y esta vez profirió un bramido ensordecedor, sobrenatural, que desde luego no pertenece a ninguna criatura existente conocida por el hombre. Me estaba intentando llevar con él hacia su mundo frío, pero yo conseguí zafarme. Caí al suelo y me arrastré lo más rápido que pude. Comprobé con horror cómo aquel ser comenzaba a salir de su guarida para darme caza. Pero era extraño, su cuerpo parecía alargarse continuamente, por lo que nunca terminaba de salir. Con un enorme dolor conseguí levantarme y corrí todo lo que pude, pero volví a caer justo antes de poder escapar del infierno en el que se había convertido mi casa.

El Hoyo se había extendido más allá de mi dormitorio, y ahora estaba fluyendo como un líquido horrendo por el pasillo. Y ahí estaba el espectro, que había conseguido sacar la mitad de su torso, y no paraba de chillar. Me puse de pie, abrí la puerta y conseguí llegar hasta mi coche. Puse el seguro en las puertas y lloré de puro horror y miedo, de no saber qué hacer, de no poder creer lo que estaba ocurriendo, de preguntarme qué clase de dios cruel permitiría que me pasara algo así.

Estoy viviendo en un motel desde entonces. No soy capaz de volver a lo que se ha convertido en el nuevo hogar de una criatura que está más allá de nuestra comprensión, viviendo en dos mundos distintos. Ahora lo comprendo, El Hoyo es la oscuridad que no desaparece cuando llega el sol, es un agujero a otro lado, a un lugar extraño alejado del tiempo y el espacio que escapa de la mente humana. Cada vez que despierto siento que va a volver, que está cada vez más cerca de atraparme, siento su gélido aliento sobre mi nuca, siento cómo me habla, y todo mi cuerpo tiembla al oír su cántico.

“Ven, déjame llevarte, ven, ven…”

Hace pocos días compré una pistola. Lo siento mucho, pero no me queda más remedio, sólo quiero dejar de sufrir, sólo quiero dejar de oírlo, sólo quiero estar en la oscuridad para siempre.

Voy a hacer algo muy cobarde.

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