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No tenía de qué quejarse. Apenas lo habían ascendido en el trabajo y su novia era de las más codiciadas de su círculo social. Se preparaba para vivir más que holgadamente el resto de sus días cuando aceptó una invitación a visitar Japón.

Tres amigos decidieron llevarlo para festejar su ascenso y, supuestamente, mostrarle el lado underground del país, consistente en visitar burdeles equipados con mujeres de variados talentos. Aceptó la invitación, comentó el asunto con la novia y la calmó respecto de la forma en que se comportaría allá (Alegó que las orientales le repugnaban).

Pero uno de los amigos era afecto a la escalada; en varios países del mundo se había sumado a partidas creadas para conquistar la cima de famosos promontorios, desde el miserable Ajusco hasta el imponente Everest (A cuya punta nunca llegó). Ahora, ese amigo recomendó escalar el Monte Fuji.

No serían los cuatro quienes emprendieran el ascenso; el recién ascendido, tras haber degustado las mieles del sexo perverso en manos de mujeres de ojos rasgados y grandes dotes como amantes, prefirió recorrer el extenso bosquecito al pie del Fuji.

Los otros tres le permitieron hacer su santa voluntad; ellos ya se habían provisto de equipo para escalar la montaña y sólo pensaban en llegar tan alto como pudieran. Su amigo vagó por el pie del Monte y, casi inadvertidamente, se aventuró al interior del Aokigahara, de 35,000 km2 de extensión.

Lo que más le llamó la atención no fue la densidad del bosque, sino el silencio que privaba en él. Anduvo más de un kilómetro sin toparse con nadie, aunque aquí y allá encontró pruebas de que otros humanos solían pasear por ahí.

Notó tarde que ignoraba si podría regresar por donde había venido. No se había fijado en el camino recorrido y destacaba por ser desorientado. Se limitó a volver sobre sus pasos, mirando al cielo, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que oscureciera. Los nervios se le destrozaron cuando, de pronto, vio a cuatro personas al pie de un árbol; eran una anciana, un hombre y dos niños japoneses, cubiertos de harapos y de rara mirada.

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Parecían estar famélicos, pues acompañaban una suerte de demandas en japonés con gestos que aludían al acto de comer. El interpelado, seguro de que algo no andaba bien, se limitó a emprender la huida a la carrera, que interrumpió al notar la ausencia total de veredas.

Mientras pensaba en cómo salir de aquel atolladero, observó que en un tronco había un anuncio escrito en japonés (Que ignoraba) e inglés (Que dominaba), recomendando a la gente pensarlo dos veces antes de utilizar el bosque para fines suicidas; era mejor (Decía el anuncio) buscar ayuda profesional en lugar de ceder a la depresión.

El anuncio lo horrorizó. Tomó su celular para llamar a sus amigos y rogarles que fueran por él, pero notó que el aparato no recogía señal alguna, así como que el famoso GPS (Que el artilugio incluía) no le servía para maldita la cosa. Se persignó, pensó en la novia, en la familia, acopió esperanza, se echó a andar.

Divisó, en la entrada de una caverna, una figura quizá femenina que le hacía señas para acercarse. Él, urgido de ayuda aunque con desconfianza, acudió al llamado. Anocheció poco después.

Los amigos no habían llegado ni a la mitad del Fuji; cansados y frustrados, decidieron hallar a su compañero y limitarse a gozar de la vida nocturna de ciudades niponas. Sabían que el desaparecido había ido al bosque, de modo que lo buscaron con la ayuda de un guía que, para no ilusionarlos, les aclaró que quizá su amigo ya estaba muerto, no por tener tendencias suicidas, sino porque los demonios que poblaban el bosque hacían a la gente ver cosas de las que la muerte era el único alivio.

Airados, los sobrevivientes exigieron la intervención de las autoridades para dar con el desaparecido.

Por fin, tres días después de comenzada la búsqueda, el cuerpo del viajero infeliz fue descubierto dentro de una caverna, con las muñecas cercenadas. De inmediato se coligió que había sido suicidio. Los amigos buscaron desmentir ese dictamen, pero no tuvieron suerte. Al final, ya en la patria, aceptaron que quizá el suicida, en su fuero interno, arrastraba una depresión de origen desconocido.

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