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Dad a esta narración el crédito (de haberlo) que merezca. Me limitaré a reproducir lo que me contó un matrimonio temeroso y a añadir una conclusión.

Tras casar, vivieron unos años con los padres de ella, de arrimados, pues él andaba desempleado. Las cosas tuvieron que cambiar cuando ella se embarazó; ya no sería tan fácil para los futuros abuelos alimentar una boca más.

El caso es que él hizo de tripas corazón y, currículum en mano, anduvo de acá para allá; presumía estudios de contaduría. A la postre lo emplearon en una óptica para que ayudara con el desglose de gastos e ingresos. El sueldo era miserable, pero bastaría para rentar un departamento diminuto.

Ella encontró uno en una colonia vieja, muy vieja de la ciudad.

Se ubicaba en un edificio de seis departamentos, todos pequeños y habitados por gente huraña, que afectó desaprobación al ver llegar a la pareja, sobre todo porque la mujer iba embarazada. Total, que pasaron casi nueve meses y nació Lorena, tan rubicunda como la madre y con las facciones del abuelo.

Como sólo había una habitación, destinaron la mitad a decoraciones para divertir a la recién nacida, y amontonaron muñecos de peluche en un armario que de algún modo lograron meter ahí.

Había entre los muñecos un gran conejo de peluche, que pronto pareció ser el favorito de “Lore”. Entretanto, la pareja comenzó a batallar no sólo contra el sueño constantemente interrumpido por culpa de la criatura (llantos, gimoteos, etc.), sino también por otros ruidos de procedencia evidente: el propio departamento.

Ellos no los producían ni pretendían soportarlos; era tan reducido el espacio que eran claramente audibles los desplazamientos de muebles, platos y demás que ocurrían del otro lado de la habitación.

Cundió el miedo, sobre todo después de que él, previo acopio de valor, pretendiera pillar in fraganti a quien estuviera causando los incordios. Lo malo fue que, en plena exploración, pasó junto a una ventana que se abrió de golpe y recibió un empujón por parte de algo desconocido, que lo proyectó hacia la calle; la distancia era breve, además de que unos arbustos amortiguaron la caída.

El caso es que el hombre, cubierto de magulladuras y en pijama, se levantó con cierta rapidez y, en lugar de volver al departamento, corrió (en plena noche y a despecho del frío) a la parroquia cercana y aporreó la puerta. Le abrió un sacristán, quien a su vez, y dado el comportamiento agresivo del visitante, llamó al párroco, quien calmó duramente a aquél y lo conminó a expresar, en pocas palabras, lo que quería.

El hombre dijo que su departamento debía ser bendecido porque había en él un ente maligno. Entonces recordó que había dejado a la esposa y la hija solas, a merced de aquél.

Aferró al párroco por el brazo y lo llevó consigo casi a rastras; detrás de ellos, a la carrera, los alcanzó el sacristán, quien dio al clérigo lo necesario para realizar un exorcismo. Los gritos de la esposa y el llanto de Lore, audibles desde la calle, los hicieron apretar el paso; subiendo escalones de tres en tres, llegaron al departamento y en dos zancadas entraron en el cuarto.

En una esquina estaban madre e hija, abrazadas, mientras que, sobre la cuna, el enorme conejo, con los ojos encendidos como brasas, emitía sonidos cavernosos, que luego, gracias al párroco, se supo que era arameo antiguo, empleado por la entidad para expresar maldiciones y obscenidades dirigidas a la mujer y su hija.

El párroco la emprendió a latinajos contra el conejo, y esgrimía el hisopo cuando una fuerza invisible y sobrehumana lo alzó en vilo y lo proyectó hacia la calle por la ventana abierta.

Entretanto, el angustiado padre de familia había abrazado a su mujer y su hija y se las había llevado a toda prisa. Abandonaron sus pocas pertenencias. Regresaron a la casa de los padres de ella.

El sacerdote fue auxiliado por el sacristán, que lo devolvió a la parroquia para lavarle las heridas. Al día siguiente se entrevistó con los afectados por el demonio, los bendijo y puso a su disposición la parroquia para el bautizo de la nena.

El departamento, según he constatado, sigue deshabitado, ya no está en renta y las pertenencias de sus últimos moradores se pudren inexorablemente. He estado ante el conejo, que ya no habla pero hace estremecer. Ignoro por qué no fui defenestrado.

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