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Aquella mañana de otoño, una fuerte borrasca procedente del Atlántico Norte azotaba la ciudad con sus zarpas de hielo, y el cielo, oscuro como la ceniza, se desangraba en furiosos torrentes sobre las grises y desiertas calles del suburbio que rodeaba la estación de RENFE. El Verdugo no podía esperar unas circunstancias más idóneas para acometer la penúltima parte de su misión, que en realidad era la última que podía presentar alguna dificultad.

Doce horas antes, después de haber obtenido, mediante su insuperable eficacia como torturador, una confesión completa sobre el paradero del Libro, había asesinado a su dueño, el profesor J. F., atravesándole la nuca de un balazo.

Había sido un disparo limpio, que le había provocado una muerte rápida, quizás indolora: en todo caso, una liberación para aquel cuerpo atormentado por las secuelas de mil torturas, y más aún para aquella mente enloquecida por el dolor y el remordimiento… casi un acto piadoso.

El Verdugo, implacable en los interrogatorios si así lo requerían las circunstancias, repudiaba toda crueldad innecesaria cuando ejecutaba a sus víctimas. La crueldad gratuita era una prerrogativa de Dagón y los Dioses Oscuros, de modo que su usurpación por un simple mortal habría sido una blasfemia imperdonable.

Ahora era necesario apoderarse del Libro.

El Verdugo, en realidad, ya sospechaba desde hacía tiempo que se hallaba en una taquilla de la estación ferroviaria, pero la confesión del Profesor había supuesto la confirmación final de sus conjeturas.

Y todo pintaba bien. Fuera por el mal tiempo o porque aún era bastante temprano, el edificio de la estación se hallaba casi tan desierto como la calle. El “casi” se debía a una solitaria empleada y a un perro vagabundo que dormitaba en el vestíbulo, donde había hallado un refugio temporal frente a las inclemencias del tiempo.

Era un mastín mestizo de gran tamaño, pero no mostraba la menor agresividad, y, cuando el Verdugo pasó a su lado, ni el hombre ni el animal hallaron el menor motivo para inmutarse por la presencia del otro.

La empleada era una mujer de mediana edad tirando a joven, bastante guapa, de rostro dulce y expresión bondadosa. El Verdugo esperaba poder engañarla con los documentos que le había arrebatado al Profesor y con una cuidadosa imitación de su firma. Pero, por si las cosas se torcían, había tomado precauciones.

El revólver, con cinco balas en el tambor, permanecía oculto en el bolsillo derecho de su cazadora. Y, para prevenir cualquier posibilidad de una intrusión molesta, había invocado a Cloto, Diosa del Tiempo, creando mediante la magia negra una zona de arritmia temporal en el interior del edificio.

Mientras durase el hechizo, cada minuto que pasara en la estación se correspondería con un único segundo del tiempo que fluía en el espacio exterior.

Así, si apoderarse del Libro le llevaba (en el peor de los casos) un cuarto de hora, para el resto del mundo sólo habrían transcurrido quince segundos. En un lapso tan breve, era prácticamente imposible que cualquier entrometido entrase en la estación para obstaculizar sus planes. Incluso si sonaba alguna alarma, la policía no se enteraría hasta que fuera demasiado tarde.

Sin duda, alguna videocámara grabaría su entrada en la estación, pero daba igual. Nadie lo conocía en el país, carecía de antecedentes y al día siguiente ya estaría muy lejos de la ciudad, con unos rasgos faciales y un atuendo completamente renovados. Aunque no tenía la costumbre de pensar en cosas divertidas mientras trabajaba, no pudo contener una sonrisa maliciosa al imaginarse las caras que pondrían los policías, cuando examinasen las grabaciones y viesen a un individuo desconocido entrando en la estación a la velocidad del rayo para salir todavía más deprisa unos pocos segundos después.

Tras un cortés intercambio de saludos y algunas observaciones, triviales y pretendidamente humorísticas, sobre el diluvio que azotaba la ciudad, la empleada examinó los documentos que le fueron presentados: el DNI del Profesor, el resguardo de la taquilla 13 y un papel, aparentemente firmado por el propio Profesor, que autorizaba a Fulano de Tal para que recogiera en su nombre el paquete que había consignado en la mencionada taquilla.

Durante unos instantes, la mujer pareció titubear. Luego, con una sonrisa en el rostro, le dijo al Verdugo que todo estaba en regla y que en breves le entregaría el paquete, pero, a continuación, le pidió que aguardase unos instantes, “un minuto o dos”, mientras ella realizaba ciertos trámites en una oficina que había tras el mostrador. Sin dejar de sonreír, la mujer entró en la oficina y cerró la puerta.

Hecho esto, dejó de sonreír, agarró el teléfono y marcó el número de la policía. La empleada conocía al Profesor, había recibido instrucciones suyas de que no le entregase el paquete a nadie que no fuese él mismo (en ningún caso, pero sobre todo “si le pasaba algo”), y sabía, gracias a un periódico digital, que su cadáver había sido encontrado pocas horas antes en un descampado. Pero nadie cogía el teléfono.

Este daba señal, ciertamente, pero los agentes de la comisaría parecían estar dormidos, pasaban los segundos y nada (por supuesto, la pobre empleada ignoraba totalmente que lo que para ella eran segundos para los policías apenas serían centésimas). La mujer, cada vez más nerviosa, estaba a punto de gritar de pura impaciencia cuando una mano fuerte como el acero le tapó la boca.

Ella había cerrado la puerta de la oficina por dentro, pero para el Verdugo forzar una cerradura rápidamente y sin hacer ruido era poco más que un juego de niños. Tampoco le resultó complicado amordazar a la empleada con su propio fular y atarla a una silla con un cable cualquiera.

Hecho esto en apenas unos segundos, el Verdugo cacheó a la aterrorizada mujer en busca de las llaves que abrían las taquillas.

Apenas medio minuto (o medio segundo, desde la perspectiva del mundo exterior) después de haber hallado el llavero, el Verdugo ya había abierto la taquilla número 13 y extraído de la misma el paquete que contenía el Libro.

Se sintió tan contento por haberse apoderado tan fácilmente del legendario Al-Azif, el Libro Sagrado de los Dioses Oscuros, que, abandonando por una vez la fría y estricta profesionalidad con la cual solía desempeñar sus misiones, decidió celebrarlo violando a la pobre empleada. Gracias al hechizo, eso apenas supondría una insignificante demora de cinco o, como mucho, diez segundos “objetivos”, y, además, forzar a una mujer sería la mejor forma de provocar a Tanit, Diosa de la Fertilidad Femenina y enemiga acérrima de los Dioses Oscuros.

Para la sombría fe del Verdugo, ofender a la estúpida y débil Diosa del Amor era un acto piadoso tan necesario como adorar a sus eternos adversarios, los implacables y terribles Dioses Oscuros del Hades. Eso sin contar con el salvaje placer que le suministraría la violación de una mujer indefensa y deliciosamente aterrorizada.

Cuando el Verdugo, ya saciados sus apetitos carnales, y con la mente algo congestionada por el éxito y por la resaca de un orgasmo brutal, estaba abandonando el edificio de la estación, se encontró con un percance inesperado.

Al parecer, el aura maléfica que desprendía el Libro, aquella misma aura que lo había estimulado a cometer una violación infame y gratuita, también afectaba a los animales, pues el pacífico perro vagabundo del vestíbulo se había convertido de repente en una bestia rabiosa. El animal se abalanzó sobre el hombre, haciéndole perder al mismo tiempo el Libro, el revólver y el equilibrio, y ambos contendientes rodaron sobre la calle encharcada, enzarzados en un combate a muerte bajo la lluvia gélida y despiadada.

Con un esfuerzo titánico, digno de un verdadero luchador, el Verdugo logró esquivar una dentellada dirigida directamente contra su garganta y deshacerse momentáneamente de la presa del animal.

Mientras este, cada vez más furioso, se aprestaba para lanzar un nuevo ataque, el hombre ojeó rápidamente los alrededores buscando su revólver. Pronto lo halló, había caído sobre un gran charco de agua sucia, que la lluvia y las goteras del techo habían formado en el vestíbulo de la estación.

Sin duda, se habría mojado algo, pero habría sido sólo durante un instante, por lo cual todavía se hallaría en condiciones de ser empleado contra el maldito perro. Con la agilidad de un felino y una sonrisa de triunfo en los labios, el Verdugo se arrojó sobre el charco, agarró el revólver con todas sus fuerzas, apuntó, apretó el gatillo y… nada.

La pólvora estaba mojada por completo, el arma era ahora totalmente inútil. Mientras el perro se abalanzaba nuevamente sobre él y clavaba unos colmillos de acero en las arterias de su cuello, el Verdugo lo comprendió todo.

Cuando el perro se lanzó sobre él por primera vez, ya había salido del edificio de la estación y, por tanto, de la zona de arritmia temporal que su hechizo había creado. Pero el arma, al caer en un charco que había EN EL VESTÍBULO DE LA ESTACIÓN, había vuelto a dicha zona, de forma que, mientras el perro y él forcejeaban en la calle durante unos segundos, el revólver había permanecido sumergido otros tantos minutos, tiempo más que suficiente para que la humedad lo inutilizara completamente.

Así, el Verdugo, antes de morir, tuvo el triste privilegio de saber qué oscuras y azarosas circunstancias habían provocado su fin: circunstancias que él mismo había desencadenado para su propia perdición, como tantas veces les sucede a los inconscientes y desdichados hijos de Adán. Aunque, a fin de cuentas, la ira de la Diosa Tanit quizás también tuviese algo que ver.

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