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Caía la noche. La venerable cafetería “Moose” parecía ser el último oasis de luz en medio del mar de tinieblas que comenzaba a extenderse por el pequeño pueblo de Riverside, Nueva Inglaterra. Poco a poco, los últimos clientes abandonaron el local, tragados por la oscuridad del exterior. Fuera, las calles permanecían desiertas, a no ser por algún chucho vagabundo, o por un grupo de jóvenes desocupados que se entretenían pateando un montón de bolsas de basura apiladas contra una pared.

Jeff, el viejo barman, se desperezó, deseoso de echar el cierre y volver a casa, pero se detuvo al ver que aún quedaba una cliente dentro del bar.

Curioso. Recordaba muy vagamente haberle servido un café, y la generosa propina que le había dejado. Pero era incapaz de decir cuándo había entrado al bar, o cuánto tiempo llevaba allí sentada. Era joven, muy joven, no llegaría a los veinte, de rasgos finos y cabello negro, muy largo. Llevaba unos pantalones y una sencilla camisa, también negros, y había dejado un largo abrigo rojo colgado del respaldo de su silla. Se mantenía ausente, leyendo apuntes en un desgastado cuaderno de muelle.

Jeff se aclaró la garganta para llamar su atención.

-Vamos a cerrar, señorita.

Ella asintió sin alzar la mirada.

-En seguida me iré, gracias- Respondió con suavidad – Por cierto ¿Conoce algún albergue o algún hotel por aquí cerca?

Jeff resopló. Riverside no destacaba especialmente por su atractivo turístico. La mayoría de visitantes que deseaban pasar la noche en aquel pueblo lo hacían por motivos de trabajo. Y se esfumaban en cuanto terminaban sus negocios.

-Puedes probar en Finn´s, a un par de manzanas subiendo por esta calle. Pero yo que tú no malgastaría mi dinero en ese tugurio y me cogería el último autobús a Derry antes de que dejen de pasar: Allí hay mejor alojamiento y más cosas que ver.

-¡Oh! Pero yo estoy interesada en quedarme unos días en Riverside- Replicó ella, alzando la cabeza. Jeff habría jurado que las opacas luces del bar se reflejaban en sus ojos con un resplandor amarillento – Hay algo en este lugar que me atrae enormemente.

El barman iba a responder, pero súbitamente un grito rasgó el silencio de la noche exterior. Los muchachos que hace un momento jugaban con las bolsas de basura se habían apartado de ellas, y las contemplaban con un rictus de horror en sus caras. Jeff salió al exterior empujando la puerta con violencia.

-¿Se puede saber qué diablos estáis...?- Comenzó, pero se detuvo de pronto, pálido, y comprendió el motivo de los gritos: una de las bolsas se había rajado, y su contenido se había esparcido por el asfalto.

Jeff había visto muchas cosas horrendas en su vida: había estado en Corea y experimentado los horrores de la guerra; había visto a un viejo conocido de la infancia colgando de una viga de su granero; la vida no había sido compasiva con él y no le había ahorrado el sufrimiento de aquellas crudas escenas, y creía que aquello le había endurecido lo suficiente.

Pero lo que yacía desparramado por el pavimento... aquello era demasiado.

Aquello había sido un ser humano en su momento, pero alguien -o algo- lo había mutilado más allá de lo indecible, despedazando su cuerpo hasta el punto de que era difícil diferenciar a qué parte pertenecía cada trozo. Tan sólo la cabeza permanecía reconocible: mirando al cielo con sus cuencas vacías y una perpetua expresión de pasmo en su boca sin lengua.

Jeff no podía separar la vista de aquel cadáver mutilado. Si lo hubiese hecho, si hubiese mirado tras de sí, habría visto que la joven muchacha estaba de pié, detrás suyo.

Y la habría visto sonreír.

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