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Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, me lo habían advertido, me habían dicho que fuera cauteloso pero yo no quería creerlo, me negaba ante la existencia de un ser con alma tan negra, espíritu tan roto y tan lleno de cólera que estaría dispuesto a castigar vilmente a aquellos hombres que son temerosos del Señor.

Ésa noche, ésa fatídica noche del 25 de Diciembre, su día;  no lo vi venir, pensé que nada pasaría por celebrar el nacimiento del Niño Dios, que podría burlar su instinto cual bufón; Dios sabe qué me equivoqué.

Mi familia y yo llevamos un año viviendo en St. Rosemary, un pequeño paraíso suburbano relativamente cerca de la ciudad. La gente de Rosemary es muy amistosa y cálida, desde que llegamos nos trataron como parte de su familia, parte de la comunidad. Como en cualquier poblado normal había una iglesia y se hacían misas y servicios los domingos... Pero lo que me parecía particularmente extraño era que todos en Rosemary se encerraban esos días. Parecía una rutina cada domingo, los que se atrevían a salir a la Capilla tomaban su coche, entraban sin hacer mucho teatro al sagrado edificio, escuchaban el sermón dominical y con la misma rapidez de su llegada se largaban de allí. Después, podías verlos llegar a sus casas y atrincherarse con los cerrojos, cerrar todas las ventanas y algunas veces podías ver al padre de familia caminar por la casa cerrando cortinas con escopeta o revólver en mano.

Decidimos no decir nada y solo continuar nuestra propia rutina, de vez en cuando hacíamos parrilladas en la piscina, poníamos música, asegurándonos de no molestar a nuestros queridos vecinos.

A medida que hacíamos eso los vecinos nos empezaron a tratar con un toque de resentimiento, seguían siendo amigables lo que me gustaba mucho, pero sí se les notaba la típica actitud de alguien que ve a una persona ignorante balbuceando sin sentido.

Un día decidimos ir al lago para celebrar el cumpleaños de mi hijo Ómile (idea de mi esposa, lo juro por Dios). La pasamos de lo mejor, un día de campo familiar sin algún incidente mayor que picadas de mosquitos. Al llegar a casa fue cuando las cosas se pusieron raras; patrullas y ambulancias rodeaban la casa de los Morgan, los vecinos de enfrente; la vieja edificación estaba chamuscada y destruída, con algunas partes aún en llamas; podíamos ver desde el coche cómo trasladaban los cuerpos cubiertos por sábanas blancas hasta las ambulancias. Aceleré, ni Ómile ni Ruth (mi otra hija) debían de ver aquella escena tan dantesca. En los días siguientes nadie nos dirigió la palabra, ni mucho menos se molestaron en explicarnos lo que había sucedido. Los Morgan fueron los primeros en darnos la bienvenida al vecindario y los más amistosos con nosotros, como nadie nos dijo dónde sería el funeral y yo tampoco quería empeorar la situación con nuestros vecinos apareciéndome en el funeral sin invitación, decidí dar mis respetos con una plegaria y un ramo de flores en su jardín; en cuanto uno de los chicos del vecindario me vio dejando un crucifijo y persignándome, pude ver una roca volar y romper una ventana al lado mío. Le exigí que me explicara por qué había hecho eso, que se disculpara o le diría a sus padres, el chico solo elevó su brazo y apuntó a la pared lateral de lo que era el garaje de la casa. Caminé hasta donde me indicaba el malcriado y me acerqué a la pared señalada. Lo que vi me dejó con más preguntas que respuestas, en la madera chamuscada se podían ver rasgaduras que formaban un mensaje: Est autem fides nostra societate morbus, CC Propitius Fidelium.

De lo poco que podía recordar de la universidad pude reconocer que eso era latín, pero su significado era desconocido para mí... y francamente, no quería averiguarlo.

El sábado 24 de Diciembre recibimos una inesperada visita en la mañana, el Padre Fredo vino a nuestra casa, como buenos cristianos le ofrecimos un desayuno y que se pusiera cómodo. El insistió que con una taza de café era suficiente, que había venido con intenciones muy específicas; y así era, no podía creer lo que me pedía, pensé inmediatamente que me estaba culpando por la muerte de los Morgan. Fredo nos pedía que nos fuésemos de Rosemary inmediatamente. No dudé en exigirle que me explicara a que se debía tan ridícula petición y me aseguró que la vida de mi familia corría riesgo. Poco puedo recordar de aquella frustrante conversación, pero intentaré describirla para ustedes.

 - Hijo, por favor, tienes que entender...-

- ¿Entender qué? ¿Que me está corriendo de su vecindario? En primer lugar, y con todo respeto, usted no es quién para decirme qué hacer o a dónde ir. En segundo lugar, ¿Por qué habría de irme de mi casa?

 - Ya te lo dije, tú y tu familia corren un grave riesgo, hijo mío.-

-¿Riesgo? ¡¿RIESGO DE QUÉ?!-

- Troy, el hijo de los Sabatch me dijo que te vio haciendo un breve "tributo" a los Morgan, y que viste lo que estaba escrito en su cochera. Eso significa, "la fe es la enfermedad de nuestra sociedad, CC El Azote de los Fieles"

 - ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?-

-¿Nadie te ha dicho nada cierto?-

-¿Sobre qué?-

-Sobre CaraCaballo -

-¿Quién?-

-CaraCaballo, El Azote de los Fieles. Es un alma perdida, un engendro olvidado de Dios. Durante años ha estado matando a todos aquellos que promulguen su fe, alegando que la fe es una enfermedad, un cáncer que debe ser eliminado o nos destruirá a todos.-

 -Todo este teatro solo para advertirme de un satanista loco, pudo haberme dicho que consiguiera un arma...-

- No lo entiendes, el no es un satanista, es un vengador. Toma las vidas de todo aquel que promulgue cualquier tipo de fe, judíos, musulmanes, hindúes, satanistas, cristianos, nadie se salva de su ira. Tú y tu familia han estado haciendo demasiado ruido, canciones cristianas, oraciones, fiestas dominicales, loa vecinos querían advertirles pero CC la habría tomado contra ellos... su única esperanza es irse de aquí, preferiblemente a un lugar civilizado, una metrópolis de ser posible. Aléjense de lugares espirituales. Solo vayan a un lugar moderno, el no los encontrara allí.-

 - Esto es una locura, lo siento Padre, pero voy a tener que pedirle que se retire, está asustando a mi familia.-

- Hijo, por favor, escucha...-

- Padre, por favor, no quiero ser grosero y mucho menos tener que echarlo de la casa. Por favor, váyase.-

 - Está bien, pero una advertencia antes de irme, tenga un arma a mano, retire todo símbolo religioso de su casa, eso aumenta su cólera, cierre puertas y ventanas... y lo más importante "causa est omne"-

 -Entendido, lo haremos, adiós padre- y cerré la puerta apresuradamente tras él.

Inmediatamente pensé que me estaban tomando el pelo, que el Padre debía estar mal de la cabeza. Mi familia me miraba con caras de evidente pánico, lo que acababa de describir Fredo era un dantesca locura. Recuerdo haberle dicho a mi esposa Olivia que se calmara, que el padre había perdido la cabeza y que el lunes iría a la basílica para denunciar el incidente ante el cardenal. Me arrepiento de no haber seguido sus instrucciones.

La noche pasó, y era 25 de diciembre, después de ese susto navideño que nos regaló el padre Fredo no teníamos ganas más que de quedarnos tranquilos en casa. Nevó bastante ese año y las tormentas estaban afectando al servicio eléctrico, las fallas eran normales y ni nos molestaban.... hasta que llegó la noche. Aproximadamente a las 8:25 empezó a pegar un ventarrón, en menos de media hora las luces fallaron, pusimos velas en la sala y no pude evitar el impulso de cerrar todo y coger mi calibre 22. Olivia me regañó por llevarlo en mano, dijo que los chicos se asustarían, le encontré la razón así que lo guardé en su repisa lo cuál fue un grave error.

Pasamos la noche como familia, cantando canciones navideñas y cristianas a la luz de las velas y con la guitarra que Ómile recibió por Navidad aquella mañana. La nieve caía y el viento agolpaba las ventanas, haciéndolas traquetear de vez en cuando, la visibilidad era casi nula, pero podía sentir algo, algo mirándome fijamente desde afuera de la casa.

A las 11:25, después de cenar, decidimos ir a la cama, mañana había que volver al trabajo y no podíamos trasnochar. Cada quien fue a su cuarto mientras yo revisaba las cerraduras, estaba nervioso, podía sentir el escalofrío de ser recorrido con una mirada de ira; tomé el 22. Y me fui a mi habitación luego de asegurar todas las entradas. Olivia me regañó nuevamente, de ninguna manera iba a dejar que metiera el rifle a la alcoba. Lo dejé afuera y entré nervioso a la recamara dónde Olivia esperaba en la cama. Pero por primera vez en nuestro matrimonio era yo quien no estaba de humor. Ella claramente se enojó ante mi negativa y se durmió de malas, como solía hacerlo cuando se enojaba por cualquier banalidad.

La noche prácticamente siguió un curso normal hasta que el reloj marcó las 2:00 am.

Tenía el sueño intermitente, seguía dándole vueltas a las palabras del padre Fredo; ¿Y si tenía razón? ¿Y si de verdad había un asesino dispuesto a matarme a mí y a mi familia por tener fe en el señor?.

No podía mas, los nervios me mataban, decidí que necesitaba distraer mi mente de tantos pensamientos irracionales; así que me levanté, bajé las escaleras y me dirigí a la cocina por un tentempié, una cerveza y me encaminé a la sala de estar para distraer mi mente con una película. Me detuve cerca del librero, vi la colección de enciclopedias, tomé un tomo al azar, lo abrí y me quedé en la primera página sobre la ilustración y sus teorías sobre la razón, lo dejé abierto sobre el sofá y encendí el televisor, cambiando los canales al azar en busca de algo bueno que ver, encontré una de mis favoritas, "La Pasión de Cristo" y me dediqué a verla; logré calmarme después de unos minutos de ver la película.

Hasta que sentí algo bajar violentamente por las escaleras.

 Fue entonces cuando mi vida cambio, el punto sin retorno que me hace preguntarme cada día "si tan solo hubiese estado con ella... si hubiese llevado el rifle...". Caminé dudoso hasta el corredor de la escalera, estaba oscuro y no podía ver nada, el interruptor estaba en la pared adyacente, lo accioné y vi el cuerpo de mi amada Olivia tirado a los pies de la escalera, cruelmente mutilado y torturado, con un crucifijo incrustado en su boca a modo de mordaza, otro clavado en su abdomen y el otro en su entrepierna. Las lágrimas eran abrumadas por mis ganas de vomitar, la mujer a la que había amado durante tantos años ahora estaba mutilada a mis pies, perforada por crucifijos que yo mismo le había regalado. ¿Qué engendro podría haber realizado tal acto de crueldad? Quién haya sido, seguía en la casa.

Quiero aclarar que me arrepiento de lo que estoy por contarles, y que desde que esto paso, no ha pasado un día en que me torture a mi mismo por el pésimo padre que fui. Cuando vi el cadáver de Olivia, lo último en lo que pensé fue en mis hijos, envió seguridad, en venganza o en llamar a la policía... solo quería sentarme a llorar sonreí su cuerpo. Y así lo hice, me faje a llorar sobre el cadáver desconsoladamente, esperando que el bastardo que lo hizo me matara ahí mismo... fue entonces cuando entre en cuenta, demasiado tarde de hecho.

Frente a mi vi la sombra de un hombre, parecía estar vestido con traje por la forma de su sombra, pude ver el cuchillo en su mano.... pero lo que de verdad me extrañó, fue la forma de la sombra de su cabeza. Sentí que me agarraba del pelo y me subía a su altura, se acercaba a mi oído y vi de reojo su... hocico. Así es, tenía un hocico marrón. Escuché su voz grave, exageradamente grave. " Noli resoicere post tergum"

No entendí lo que dijo, parecía latín, el padre Fredo tenía razón, este "hombre" había escrito ese mensaje. Despabilé, lo golpeé con el codo y lo pateé en la entrepierna me volteé y pude verlo, era un hombre alto, delgado, con piel blanca, usaba un traje elegante negro, camisa negra y una corbata roja... y una máscara de caballo. Su altura y contextura imponían miedo, era extrañamente aterrador, el cuchillo ensangrentado en su mano tampoco ayudaba a que se viera más sutil. El pánico se apoderaba de mí, le di otra patada en el estómago y salí corriendo por las escaleras, trate de ir hasta donde estaba el rifle.... pero no estaba, el bastardo debió de haberlo tomado o escondido. Me devolví pero ahí estaba el, frente a mí, mirándome fijamente con su cuchillo en mano.

No puedo realmente asegurarlo, pero podría jurar que podía ver sus ojos a través de las fosas nasales de la máscara, parecían ser negros con unos aros rojos brillantes que yo supongo que eran sus pupilas. El terror se apoderaba de mí, no tenía idea de lo que este psicópata haría ahora; de pronto empezó a caminar lentamente hacia mí y mi corazón se aceleró a mil. ¿Y ahora qué hago? ¿A dónde voy? Súbitamente llegó un pensamiento traumante a mi cabeza.... Mis hijos. ¿Qué le habría hecho ese bastardo a mis hijos? El pánico y el coraje llegaron a mí de golpe, y justo a tiempo.

Tomé un jarrón de la mesa y se lo arrojé velozmente a la cabeza, acerté. Se echó para atrás rápidamente, recuperándose del contundente golpe. Aproveché mi ventaja y le di un rodillazo al estómago y traté de tomar su cuchillo pero él respondió golpeándome en la cara, haciéndome chocar contra la pared y caer al suelo. Ninguno de los dos nos habíamos recuperado de los golpes, pero no podía darme el lujo de esperar, traté  de incorporarme tembloroso y dando tumbos al levantarme y caminar, tan pronto cómo obtuve algo de estabilidad empecé a correr hacia el cuarto de los niños, cerrando la puerta tras de mí y poniendo el cerrojo. Respiré aliviado por haber encontrado refugio y trate de calmarme; la luz estaba apagada, no podía ver nada y sabia que él me había visto entrar a la recámara, así que decidí encender la luz y ver si mis hijos estaban bien. Lo que vi me dejó frío, una visión que me atormenta y persigue en mis pesadillas cada día, una dantesca visión que me hace dudar si quiero seguir viviendo cada día.

La habitación estaba hecha un desastre, con todos los cajones revueltos, la ropa tirada por doquier... y la sangre de mis hijos estaba derramada formando charcos color escarlata alrededor de la alcoba. Mi Ruth, mi amada Ruth, estaba crucificada en medio de la habitación, usando los maderos de las camas y los bloques metálicos del mecano de mi hijo como clavos, en su frente estaba el crucifijo de plata que le había regalado en su décimo cumpleaños, clavado e incrustado; su cuerpo estaba mutilado salvajemente, sus brazos, sus piernas, sus pequeños senos ya no existían siquiera, curiosamente, la única parte que había sobrevivido la masacre intacta, era su entrepierna.

En cuanto a mi hijo, no lo vi a simple vista pues estaba colgado del techo, con una soga hecha de cuerdas de su guitarra y algunas corbatas blancas que ahora estaban teñidas de su inocente sangre; sus brazos estaban cortados como si de un suicidio se tratara, las gotas carmesí caían formando un gran charco bajo él. A diferencia de Ruthy, el degenerado no fue tan misericordioso con mi hijo. Sus pantalones estaban abajo, y de sus ya de por si masacradas piernas corría un hilo de sangre, cuando miré bajo él descubrí que faltaba algo, después, pude encontrar su miembro cercenado en el suelo.

Aquella asquerosa visión acabó con mi sanidad, me daba igual morir o sobrevivir. Este engendro quería matarme, ¡Que lo hiciera, que me hiciera el favor de acabar con mi miseria!.

Pensé en salir a dejar que me acuchillara hasta que la vida se escapara de mi cuerpo. Lo medité por algunos minutos, observando con morbo y tristeza los cuerpos desfigurados de mis hijos, acercándome a los charcos formados con su sangre para mezclarlos con las lágrimas que caían de mis ojos. Finalmente, decidí lo que iba a hacer.

Un instinto, un solo instinto recorría mi espina, un escalofrío violento y voraz que me exigía una sola cosa... Ver su sangre derramarse en las alfombras de mi sala. Revolví el cuarto con desesperación en busca de algo con lo que abrirle el cráneo a ese degenerado asesino. Busque en el armario y encontré un bate de aluminio de mi hijo, tome algunas piezas del mecano y trate de afilarlas, también tome algunas de las revistas de mi hija y me las coloqué con cinta adhesiva en brazos, piernas y el pecho. Me preguntaba en donde estaría mi 22. Pero ya era muy tarde para buscarlo.

Tomé valor, tragué grueso y puse mi mano en el picaporte, abrí la puerta rápidamente y salí en un salto hacia el pasillo.

No había nadie. Al menos no frente a mí.

Sentí el corrientazo de dolor de lo que solo podía suponer era el cuchillo del asesino, lo sentí retorcer dentro de mí, creando una herida grande y dolorosa que me hizo arrodillarme, luego otra en mi espalda, cerca de los omóplatos, no sé qué tan profunda era, pero me costó respirar después de eso. Me pateó y tumbó al suelo, poniendo su zapato elegante en mi cuello, acuchilló mi abdomen sacándome otro grito de dolor. Me tenía contra las cuerdas, podía ver mi sangre derramarse en el suelo de caoba que mi amada Olivia había escogido años atrás. Lo vi a los "ojos", estaba listo para dar la estocada final, y yo listo para recibirla. Pero aunque estuviera ansioso de reencontrarme con mi familia, solo quería saber una cosa. Lo mire fijamente.

 -¿Por qué?-

No respondió, solo detuvo su mano e hizo un sonido gutural al que se le escuchaba un pequeño vestigio de curiosidad.

-¡¿Mataste a toda mi familia, Por qué?!-

Bajó su cuchillo.

- ¡Dame una razón!-

- ¿Quieres una razón?- Dijo con una voz que fácilmente podía pertenecérle a un veinteañero. Me quede frío cuando habló, y no sabía qué hacer cuando me extendió su mano para ayudarme a levantar. Me negué y aparte su mano violentamente, el la retiro hasta su bolsillo y sacó un tira de tela gruesa blanca, una sotana ensangrentada.

-Est autem fides nostra societate morbus- y vi su puño volar hacia mi cara.



Extraído del reporte policial sobre el Caso Morgan-Robertson, un día antes de que Émile Robertson, padre de Ómile y Ruth Robertson y conyúgue de Olivia De Robertson muriera en el Hospital General del condado de Moonwater por heridas graves causadas por objetos punzo-cortantes. Declarado culpable de las muertes de ambas familias, diagnosticado de alucinaciones severas y sociopatía...

By: Zaqueo Wayne

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