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Dos camiones cargados de mocosos partieron del estacionamiento del Instituto un martes, a las ocho de la mañana, rumbo a una tétrica hacienda para celebrar un retiro, el director había asegurado a los niños que “allá” no harían sino jugar y divertirse, Luis, el asmático, guardó silencio. 

Llegaron a la hacienda por la tarde, los mocosos bajaron del camión en tropel, el único que mantuvo la cordura fue Luis (un religioso que sintió lástima por él). Llegó al dormitorio y enseguida lo surtieron de almohadazos, acabó en el suelo, rezando entre dientes por que no le sobreviniera un ataque de asma. Dos religiosos lo salvaron de la tunda; reprendieron a los aprovechados y les ordenaron congregarse en la capilla, Luis se levantó, se encaminó a la capilla y, con misal en mano, oró “Que termine esta pesadilla, Dios mío.”

Las actividades consistían en celebrar misa, hacer ejercicios espirituales y vagar en grupos para conversar sobre temas místicos, pero los escuincles sólo gozaban las horas de recreo, Luis no era bienvenido en grupo alguno, de modo que siempre terminaba solo; durante los recreos, los niños jugaban fútbol, béisbol, organizaban carreras y fastidiaban a Luis, una gavilla de crueles integrantes se acostumbró a empujarlo, darle puñetazos en el estómago, arrastrarlo por una hectárea, ocultarle sus efectos personales, etcétera.

Ningún religioso se percataba de esto. A la hora de dormir, Luis lloraba, procurando no hacer ruido; pero una noche falló, fue escuchado y, como castigo, sus compañeros lo desnudaron, lo ataron a la cama y lo amordazaron con sus propios calzoncillos, Luis sintió que enloquecería, sus torturadores lo contemplaron con los dientes apretados y las caras enrojecidas. “¡Son demonios!”, pensaba Luis. “¡Demonios!”

Concluyó que no le quedaría más remedio que ser como sus compañeros: rudo, insolente, cruel, sólo así dejarían de molestarlo.

Le dijo al confesor que ya no quería ser bueno, y a cambio recibió media hora de regaños y la orden de rezar quinientos padrenuestros y hacer actos de contrición, al borde de la locura, Luis vagó por el campo y de pronto se vio rodeado de molestadores, para sorpresa de todos, Luis opuso resistencia; un atacante avanzó y un puño cerrado le estrujó el estómago y la nariz, cayó al suelo y rompió a llorar, los otros lo tomaron por las axilas y huyeron a la carrera; Luis se sintió liberado de sus problemas, pero la noticia de su pelea llegó a oídos del director, quien se encerró con el muchacho en su habitación y, tras sujetarlo por las muñecas a dos arbotantes, lo fustigó con un látigo de tiras.

El castigado perdió el sentido, pálido, macilento, casi inmóvil, Luis se dispuso a esperar la muerte, sus victimarios nunca lo dejarían en paz, de algún modo sabía que no sobreviviría al retiro, prefirió no volver a rezar, el resto de los niños continuó gozando su estadía en la hacienda, y seguir vapuleando a Luis fue una idea que no escapó de sus torcidas mentes; un religioso recién ordenado, quien no había tenido la oportunidad de advertir el maltrato que recibía Luis, aprovechó la última tarde del retiro para organizar un juego de las escondidas.

Los niños consideraron que el juego era estúpido, pero no se negaron a llevarlo a cabo cuando maquinaron una nueva diablura contra su taciturno compañero, justo antes de que se dispersaran por todo rincón de la hacienda en busca de un escondite, el descongestionador de Luis desapareció, él no se dio cuenta en principio; al ver que más de cien demonios corrían en su dirección, escapó desesperado, decidido a hallar un escondite, estaba seguro de que no volvería a soportar otra vejación.

Su correría se interrumpió en la cocina, donde vio hacia todas partes y descubrió una alacena cuyas puertas estaban entornadas, entró en el mueble y se puso de espaldas contra la pared, que de pronto cedió, era una puerta que daba a un pasaje sombrío, donde, gracias a unas pequeñas ventanas enrejadas, entraba algo de luz del exterior; en cuanto Luis, oyó pasos frenéticos que enfilaban a la cocina, se internó en el corredor y se alejó tanto como pudo, contento de haber cerrado la puerta secreta a sus espaldas.

Incapaz de poner en tela de juicio la sagacidad de sus torturadores, decidió esconderse en el espacio más recóndito que ese sitio pudiera ofrecer, ignoraba que los demás desconocían ese pasaje, se ocultó en un nicho, con las rodillas a la altura del mentón y las piernas abrazadas; lo cubría la oscuridad, pero podía ver un trozo de suelo, donde no había sino hojarasca, tierra y raros insectos.

Vio tres al principio, eran pintorescos, parecía que eran híbridos de grillos y arañas, y que sus cuerpos habían sido tallados en madera, semejantes alimañas se dirigían inexorablemente hacia él, agudizó la vista “¡Son caras de niño!”, concluyó, y en vano trató de abandonar el escondite, estaba atorado en el nicho.

Comenzó a faltarle el aire, no podía respirar, sentía que sus pulmones se iban estrechando lentamente pero inflexiblemente, su rostro pálido se cubrió de sudor, apenas pudo deslizar una mano hacia su bolsillo, y descubrió que lo habían matado desde hacía rato, emitió un gemido desgarrador, que se tornó en un chillido cuando un cara de niño comenzó a trepar por uno de sus brazos.

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