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Faltaban pocos días para navidad, por suerte había comprado los regalos a principios de diciembre, justo para no hacer compras de última hora. La casa en la que habitaba estaba cuidadosamente decorada, y el árbol de plástico estaba al costado de la sala, junto al sillón. Era obvio que amaba la navidad, era su tiempo favorito del año. Se debía a que cuando era un niño conoció a Santa Claus. Sí, leyeron bien, lo conoció. Pero nunca se lo había dicho a nadie, era un secreto.

Se hizo un chocolate caliente con pequeños malvaviscos dentro, y se sentó en su sillón a recordar aquella maravillosa noche.

Era un veinticinco de diciembre de 1994, cuando tenía apenas seis años. Pasó sus primeras diez navidades en la cabaña de su tío Gerald, en Alaska, donde el invierno arrasaba con sus fuertes ventiscas. En esas fechas toda su familia se reunía para festejar y pasar buenos momentos juntos, momentos que todos llevarían por siempre en sus mentes.

La cabaña se ubicaba cerca de la ciudad, pero tenía un camino, que se podía tomar por el patio trasero, que llevaba a un bosque de pinos. A ninguno de los niños les era permitido jugar ahí de noche, por razones obvias. De todos modos nadie rompía las reglas, o de otra forma habría consecuencias.

Al caer la noche era hora de cenar, por lo que cada persona tomó su lugar en la larga mesa, sirviéndose de aquel banquete que sólo se daba en la época navideña. Los abuelos contaban historias, los tíos las afirmaban, y los niños reían como siempre. ¡Qué hermoso era aquel ambiente familiar! Más tarde todos siguieron con lo suyo, y tomaron de nuevo su individualismo. Había varias habitaciones en la cabaña, al rededor de seis, sin contar los baños ni la cocina; y había cuatro familias conviviendo juntas.

La increíble espaciosidad de la cabaña hacía difícil tener a la vista a los niños, por eso habían cerrado todas las puertas con llave, para mantenerlos adentro, donde estaría calientes y seguros. Todos los presentes eran óptimos padres, siempre al tanto de sus hijos y de brindarles lo mejor. Mas no importaba cuánto protegieran a sus retoños, éstos siempre hallarían la forma de escabullirse y vivir experiencias del tipo “yo era un inquieto, pero si no hubiera hecho eso no sería quien soy hoy”.

Inconscientemente así pensaba Dylan, quien no logró convencer a sus primos de ir afuera. ¡Qué mal! Pero ellos se lo perdían, él tenía muchísimas ganas de salir y hacer un muñeco de nieve.

Revisó por toda la casa para encontrar una puerta abierta, sin tener éxito. Decidió entonces salir por la ventana de una de las habitaciones desocupadas, ¿quién buscaría ahí? Sus primos lo habían perdido de vista, y la única en notar su lugar de huida fue la pequeña Suzanne, una niña autista que no lograba pronunciar palabra. Dylan saltó vistiendo nada más que un suéter ligero, un pantalón largo y una bufanda. Se dirigió a la entrada del bosque, luchando por sacar sus pies de la nieve.

Dando pasos consistentes logró llegar al primer árbol de pino, donde se detuvo a descansar un rato. No había ni pasado diez minutos y ya se encontraba pálido como un fantasma. Su suéter no calentaba tanto como había imaginado, y sus orejas se ponían cada vez más frías. Quizás esta fue una mala idea, pensó inocentemente.

Pronto de entre los árboles escuchó un ruido. Miró asustado y vio un hombre que lo observaba fijamente de frente. Gritó del susto y comenzó a correr hacia la casa, pero su cuerpo respondía lentamente, y la nieve no lo dejaba ver. En un momento calló y no encontraba fuerza para levantarse, pero no iba a rendirse. Apenas aquel viejo se le acercara, lo patearía, y continuaría corriendo. Escuchó como el hombre dejó caer algo al piso y lo levantó, recibiendo en su gordo pecho una innecesaria patada. Tranquilizó al niño y le dijo que no se preocupara, pues lo llevaría de vuelta a la casa.

Desconfiado, Dylan se dejó cargar. El hombre era blanco, con cabello y gran barba blanca, usando anteojos que lo hacían ver más amigable. Estaba completamente vestido de rojo, y usaba también un gorro navideño. No cabía duda, aquel era el mismísimo Santa Claus quien llevaba regalos a todos, y ahora le estaba salvando la vida.

El hombre lo dejó recostado en la puerta trasera y le dijo que no tocara el timbre de la cabaña hasta que lo perdiera de vista. Solamente en ese momento podría pedir que le abrieran la puerta. El niño le preguntó si él era Santa Claus, y el hombre rió a carcajadas (al principio burlonas, luego más amables, simulando al verdadero Santa Claus), y le respondió que sí, y que llevaba regalos a los niños que vivían al otro lado del bosque. Por la enorme sonrisa de Dylan, supo que le creyó, y lo hizo jurar que no podía decirle a nadie que lo había visto o sino no podría seguir repartiendo regalos, y el niño sintió que ahora la navidad dependía de mantener aquel secreto a salvo.

El hombre retomó su camino al bosque, juntó el saco que llevaba y se lo puso en el hombro, y sin voltear atrás se perdió entre los árboles. Fue entonces que Dylan tocó el timbre de la casa repetidas veces, esperando que alguien le abriera rápido. Y ahora habría consecuencias, pero no importaban, había vivido el momento más maravilloso de su vida.

El hombre continuó su viaje complacido con que no tendría que matar al único testigo de su ruta. Su objetivo era asesinar a todas las prostitutas que encontrara, pero nunca a un niño. Él tenía nietos, y habría sentido que degollaba a uno de ellos al matar un niño cualquiera.

No, los niños eran inocentes, pero las prostitutas eran impuras, y las hacía pagar cuando les cortaba el cuello. Finalmente llegó a su pequeña cabaña en la mitad del bosque. Entró, se quitó su abrigo rojo y puso el saco en la sala. Mañana se encargaría de esconder el cuerpo porque ese día era navidad, y ya había llegado tarde a la cena con su esposa.

-¿Qué trajiste? -preguntó la tierna señora.

-Una castaña de ojos oscuros. Se llamaba Carol, de 29 años, bastante bonita, pero muy malhablada. Cuando le pregunté si disfrutaba su trabajo me dijo que amaba lo que hacía. No sabes cuánto asco me dio.
Ojos rojos también

-Seguramente fue un placer asesinarla -dijo con una sonrisa sádica.

-No hay mejor forma de disfrutar la navidad, querida.

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