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«Querido lector, los eventos que narro a continuación forman parte de una trilogía. Si el presente relato ha sido de su agrado también puede encontrar la segunda y tercera parte en esta Wiki. Gracias por leer. »

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Hacia la mitad del siglo XXI el planeta azul llamado Tierra era un lugar convulso. Corrían aires de cambio y el viejo orden mundial que había prevalecido desde finales de la Gran Guerra parecía resquebrajarse. Nuevas potencias pujaban por desbancar a las antiguas y la China destacaba sobre todas ellas, disputando la hegemonía a los ya decadentes Estados Unidos de América.

Para demostrar al mundo de lo que era capaz, el Gigante Asiático se había embarcado en un programa de misiones a la Luna cuyo objetivo era colocar en un futuro próximo a sus astronautas sobre la superficie del Satélite, con una ambiciosa visión comercial que pretendía establecer los principios para la explotación de sus recursos minerales. La respuesta no se había hecho esperar y los Americanos se lanzaron a la carrera por arrebatar a la nación del Dragón Rojo el primer puesto hacia la dominación Selenita, evocando los peores tiempos de la Guerra Fría. La posibilidad de una tercera y definitiva Guerra Mundial nunca había estado tan cerca.

Fue entonces cuando en las más altas esferas de la Administración Americana se dio la orden para retomar con la máxima prioridad el programa espacial, cuyos fondos habían quedado congelados por la crisis bélica, apremiando a sus responsables para que una misión tripulada pusiese los pies de forma inminente sobre la superficie del satélite. Sólo un puñado de personas conocían los motivos de tal decisión, pero aquella mañana de Mayo de 2037 otros tres ciudadanos americanos estaban a punto de ser informados sobre unos hechos que cambiarían para siempre sus vidas.

Artemisa Editar

Los astronautas se encontraban reunidos. El Teniente William McDowell, la Coronel Sarah Walker y el Capitán de la Marina Peter J. Smith llevaban varios meses preparándose junto con decenas de compañeros para una eventual misión a la Luna enmarcada en el programa Artemisa, bautizado así en honor de la hermana gemela del dios Apolo. Todos deseaban ser los escogidos para tripular el quinto lanzamiento del Proyecto, que llevaría a un ser humano hasta la superficie del satélite desde que el Apolo XVII lo hiciera por última vez en 1972, pero la reciente crisis internacional había congelado los planes de la Agencia, postergando también las ilusiones de los astronautas.

Cuando penetraron en la sala, cuatro personas impecablemente trajeadas los estaban esperando. Lo que les comunicaron los dejos boquiabiertos.

Las fotografías que están contemplando fueron tomadas durante los años 1969 al 72, en el marco del programa Apolo. Creo que ha llegado el momento de comunicarles que no todos los bulos propagados alrededor de la carrera espacial son falsos. Por increíble que les parezca, esas construcciones existen y fueron ampliamente documentas y filmadas por los astronautas que alunizaron durante el programa Apolo. Desconocemos quien las edificó y con qué propósito, pero sí sabemos que son antiguas y quienes las utilizaron hubieron de abandonarlas hace mucho tiempo.

El motivo por el que están ustedes aquí es debido a que hace cinco días un suceso ha vuelto nuestros ojos de nuevo hacia el satélite. Hace exactamente cinco días que hemos comenzado a recibir una transmisión en clave, una clave que no hemos podido descifrar... ¡Desde “la Cúpula”!

El asombroso baile de imágenes mostraba una construcción semicircular sobre la superficie polvorienta del satélite. Los tres astronautas tenían los rostros pálidos e inexpresivos.

La señal habrá sido captada sin duda por los observatorios de otros países, pero actualmente sólo dos Naciones tienen la capacidad de poner en un corto espacio de tiempo una misión tripulada sobre la superficie de la Luna. ¿Adivinan cuál es la otra, señores?

Uno de los hombres en traje pronunció las siguientes palabras despacio, como si con ello fuera a conseguir que su audiencia entendiese mejor la relevancia de su significado.

– ¡Bajo ningún concepto debemos permitir que lo que quiera que se encuentre en esa maldita cúpula caiga en manos Chinas! Irán ustedes allí y traerán de vuelta a la Tierra el origen de esa transmisión. ¿Han entendido?

Alunizaje Editar

El trayecto hasta la Luna transcurrió sin contratiempos y los astronautas se entretuvieron en simular una y otra vez en los ordenadores de a bordo los procesos de entrada en órbita y alunizaje. Ya en las cercanías del satélite el transbordador realizó la maniobra de orbitación, decelerando su velocidad al tiempo que daba una vuelta alrededor de la cara oculta para quedar atrapado por su tenue gravedad. Una vez concluido el proceso y estabilizada la nave, los astronautas comenzaron con los preparativos para alunizar. El Capitán Smith quedaría a cargo de la nave principal, mientras la Coronel Walker y el Teniente McDowell descenderían en el vehículo lanzadera hasta posarlo en las proximidades de “La Cúpula”.

En ello estaban cuando se recibió una inquietante transmisión desde el centro de control de Houston. Los telescopios que vigilaban día y noche la superficie lunar entre las intersecciones del Mar de la Tranquilidad y el Mar de la Serenidad, donde se encontraba la misteriosa construcción, habían detectado cierto movimiento en la misma, como si algún objeto emergiese de su interior. Ese fue el escueto comunicado, el resto tendrían que averiguarlo ellos mismos.

Cuando al fin Sarah Walker y William McDowell se acomodaron en la lanzadera, los equipos médicos a los que estaban conectados sus trajes espaciales registraron un aumento repentino de las pulsaciones, pese a haber sido entrenados para actuar de la manera más fría posible. Estaban a punto de partir en busca de una forma de vida alienígena y nadie podía asegurarles que allá abajo no los aguardase cualquier otra sorpresa. Al fin, con un ligero siseo la lanzadera se separó del transbordador y encendió sus motores, para precipitarse sin remedio hacia lo desconocido. Ya no había vuelta atrás.

La Cúpula Editar

La nave consiguió descender sobre una planicie a unos trescientos metros de la Cúpula. En pocos minutos los astronautas bajaron del vehículo y se encaminaron hacia su destino. Ante ellos se levantaba una edificación semicircular que debía de medir poco menos de cien metros. Parecía construida con el mismo material que la superficie lunar y no se apreciaban en su estructura puntos de unión, como si hubiera sido levantada en una sola pieza. Se podía adivinar sin embargo el desgaste provocado por la erosión y en la cima se vislumbraba un cráter que había derrumbado parte de la cúpula, probablemente producido por algún pequeño asteroide.

En la base de la Cúpula hallaron una abertura sin puerta alguna que la cerrase. Se dirigieron hacia allí deseando dar media vuelta y penetraron al interior suplicando en su fuero interno que el destino les permitiera salir indemnes. La luz que se colaba por la abertura era tenue y tuvieron que encender los potentes focos que incorporaban sus cascos espaciales.

Se adentraron sintiendo sus corazones martilleándoles las sienes. La ansiedad crecía y con ello su nerviosismo también. Conforme avanzaban se podían observar formas y figuras en las paredes, restos que supusieron eran de los habitantes de “La cúpula”. El recorrido resulto muy agotador, habían caminado 6 horas sin éxito alguno, no encontraron nada y cuando ya, vencidos por el cansancio, se disponían a salir del lugar, el Teniente McDowell sintió un leve cosquilleo en el hombro izquierdo. Se tocó. Tenía un bulto debajo de su traje. De pronto ¡horror! El bulto parecía tener vida propia; se movía convulsivamente.

La ansiedad crecía. El bulto también había crecido y seguía con sus violentos movimientos. Su condición psicológica empeoraba. El bulto sobresalía en su costado. Parecía que algo pugnaba por salir al exterior, lo que le provocó una fuerte aversión.

De pronto, vomitó. Grandes cantidades de vomito inundaban su casco. A medida que vomitaba, el bulto disminuía de tamaño y él se sentía mejor. Pasados unos minutos, la excrecencia había desaparecido por completo. La Coronel Walker decidió regresar a la nave lo antes posible.

El Huésped Editar

Al examinar al teniente, notaron que de su sangre emanaba un olor nauseabundo. Ahora la excrecencia se había transformado en un gran forúnculo de unos siete centímetros de ancho y unos diez de largo. ¡Le sobresalía diez centímetros de su cuerpo! Se movía con movimientos rápidos; movimientos laterales y fuertes estiramientos hacia fuera. La coronel Walker no podía creer lo que veían sus ojos.

¿O se estaba volviendo loca o estaba soñando? El forúnculo tenía una serie de hendiduras y repliegues que ¡formaban una cara!, una pequeña cara de gesto amenazante, salvaje. Con el pasar de las horas la cosa emitía un olor pútrido y había crecido aún más. La cara era ya perfectamente perceptible.

La base en la Tierra ordeno el traslado inmediato del teniente a la estación más cercana para su posterior estudio. Mientras tanto una capa mohosa se iba extendiendo por todo el cuerpo del teniente. Al llegar a la estación Mars II examinaron la forma bizarra de la cara, el rostro era muy extraño: sus ojos se veían rasgados, la boca era anormalmente grande y la cabeza demasiado pequeña, parecida a la de un bebe.

Un fulgor verde tóxico de textura humeante se escapaba de entre los vacíos del cuerpo, de pronto la cara abrió los ojos e intento ponerse en pie ante la mirada atónita de todos. Su cuerpo se comprimía y se expandía como un acordeón cada vez que daba un paso, un ejército de esporas lo cubrían.

El organismo ahora huésped, hizo al cuerpo del hombre eclosionar dando como resultado unos tentáculos muy finos, como hilos plásticos, petrolíferos, con una bifurcación dual en el extremo. Sin desprenderse de su base, salían disparados hacia los orificios nasales de los demás individuos que se encontraban en la estación, hasta incrustarse con violencia en lo más hondo de su tabique.

Gritos de dolor mientras les sangraba la nariz. Espuma blanca, muy espesa, salía de la boca de las víctimas mientras sus ojos, inyectados en sangre, teñían totalmente la córnea de un color rojo muy intenso; casi coagulado.

A pesar de la aparente fragilidad de esos tentáculos, estos conseguían levantar los cuerpos hasta cinco metros del suelo antes de absorber sus fluidos vitales.


La Administración Americana trató de contactar sin éxito alguno a la estación Mars II, tampoco se supo nada de la nave de los astronautas, era evidente lo que había pasado.

Catorce años después la estación espacial China decodificó un mensaje perdido. Una transmisión en inglés que decía así:

Todos están muertos, no estoy triste ni feliz. No siento ansiedad ni depresión, estoy muy tranquila. Él es mío y yo suya. Sus ojos no paran de mirarme, nunca se detiene, fabricamos muerte…

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