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La noche había caído.

Una hermosa luna se había ceñido sobre un negro cielo.

Una tranquila noche, a mi parecer.

Algo que no podría ser arruinado de ninguna manera.

Es gracioso que lo describa de ésta manera... Supongo que ya me he acostumbrado a mi eterno castigo.

Se preguntarán a qué me refiero con "Eterno Castigo". Es algo tan simple de explicar como la vida misma; espero hayan sido capaces de comprender el sarcasmo. No tengo intención alguna de explicar algo tan ilógico y sin sentido como la vida, y mucho menos el castigo que quienes la rigen me han dejado.

Me gustaría empezar por lo más básico; mi nombre es algo sin importancia. Estarán interesados en saber quien soy; me buscarán, tratarán de hacer que les explique cómo estar en el lugar en el que me encuentro ahora. No le deseo a nadie el mal por el que yo he tenido que pasar, ni siquiera a mis propios verdugos.

Tuve unos 25 años al momento de recibir éste castigo, algo curioso, pues siempre creí que lo recibiría incluso antes de cumplir los 18 años.

Mis palabras no parecen más que delirios ¿no es así? Supongo que es por la presión de escribir ésto después de años de no tocar un teclado con mis propias manos.

Es curioso lo que siento al volver a sentarme frente a la pantalla de mi vieja computadora...He pasado tanto junto a ella; podría incluso decir que por ella, estoy aquí, contándoles sobre el castigo que Dios, no, no solo Dios; el castigo que todo ser viviente, todo ser espiritual, y cada mentira ambulante han colocado sobre mi alma ahora inmortal.

Pensarán que me he vuelto loco "Alma Inmortal" ¿Quién podría ser engañado por alguien que se hace llamar a sí mismo un Inmortal?

No los culpo si no me toman en serio; ni siquiera yo podría creer las palabras de alguien que se hace llamar inmortal. De todas maneras, les ruego que hagan una excepción ésta vez; no solo les pido que me crean, sino que traten de comprender todo lo que estoy escribiendo, que traten de pensar en todo ésto con suma sinceridad.

Hace mucho tiempo, al igual que ustedes, fui una persona sumamente normal en lo que cabe de la palabra. Al igual que muchos de los que deben de estar leyendo ésto, lo que considero mi último pensamiento mortal, alguna vez fui alguien que disfrutó de todo lo relacionado con lo paranormal, de lo oculto ¿Algo normal para un chico en la actualidad, no lo creen?

Tal vez, aún ahora, no existe mucha diferencia entre ustedes y yo...Tal vez, al igual que yo, están más que obsesionados con ésta clase de temas: Fantasmas, demonios, ángeles y espectros. Algo incluso más interesante que la vida misma.

Aún si termino contradiciendo mis primeras palabras, me he cansado de hablar de mi humilde y aburrida vida. Supongo que, de todas maneras, les contaré exactamente de mi castigo, de la razón por la que lo llevo conmigo.

Hace mucho, ilusionado por obtener la vida de alguien más, por obtener la compañía de alguien que nunca podría ser real; me decidí a hacer todo lo posible por darle la vida que siempre quise que tuviera.

Pero ¿A qué Precio?

Recurrí a un método simple; era 31 de Diciembre, fin de año. En mis búsquedas constantes, antes de dicha fecha, encontré una suerte de ritual, según el cual podría pactar con el Demonio, Beelzebub, Lucifer, o quien quiera que fuera.

Postrarse frente a un espejo, con seis velas; tres negras y tres blancas. Encender las velas negras después de haber apagado la luz de la habitación. Esperar a que la cera de la vela comenzara a fluir; utilizarla para dibujar un pentagrama frente al espejo.

Hice todo lo que leí, para así proceder con el ritual como tal. Cerré mis ojos, estando frente al espejo, y esperé pacientemente hasta la última campanada de las 12 de la noche.

En ningún momento abrí los ojos; sabía que, de funcionar, estaría poniéndome a mi mismo en riesgo. Pero elegí ésto por mi mismo, si algo me pasaba, no tenía una excusa.

Todo pasó como debía; al sonar la última campanada, la luz de las velas, la cual podía ver vagamente a través de mis enrojecidos parpados, se había apagado.

Podía sentir como una gentil mano se deslizaba por mi rostro, abriendo poco a poco mis ojos con sus esqueléticos dedos.

Aquella mano había salido del espejo frente al que me encontraba. Aún en la oscuridad, pude ver un claro rostro en el espejo; no era el mío, obviamente.

Una joven mujer, de tez blanca, en un aparente estado de descomposición, me veía con tranquilidad, a través del espejo, mientras su mano se mantenía sobre mi pálido rostro.

Era extraño; no me sentí asustado en ningún momento. Pude sentir una extraña calma durante todo ese momento. Tal vez esa cosa esperaba que yo me asustara, tal vez esperaba siquiera una gota de desesperación por mi parte, una señal para acabar enteramente conmigo.

Yo no podía despegar la mirada de sus ojos, de un color carmesí; los ojos más hermosos que nunca antes vi, y que ahora nunca más podré ver.

Aquella figura en el espejo, sin parpadear, sin mover su mano de mi rostro, pronunció una frase que había estado esperando desde el principio...

"¿Hay algo que se te ofrezca?"

Enmudecí por unos momentos, pero jamás perdí la razón. Respondí a su pregunta de la mejor manera que pude.

"Quiero que aquella persona a la que tanto anhelo se haga real frente a mi."

Me gustaría poder explicar mi asombro en el momento en el que vi que, en el espejo, aquella mujer había sido reemplazada por la persona que tanto había anhelado ver, con aquellos ojos carmesí que tanto me habían cautivado.

Puedo recordarlo bien. La Primera vez en mucho tiempo que sentí una lágrima correr por mi rostro; tal era su belleza, y tal era mi alegría, que miles de lágrimas se deslizaron por mi rostro.

Los minutos pasaron, y yo, aún en un completo asombro, no pude alejarme del espejo; temía que todo terminara, que ella desapareciera.

Tal vez, si me hubiera ido, no estaría hablándoles de ésto. No me moví ni un segundo de aquél lugar; le repetí una y otra vez a la figura en el espejo lo mucho que había esperado por aquél momento. Pude repetirle miles de veces lo mucho que la amaba.

Todas y cada una de mis oraciones eran correspondidas por una cálida sonrisa. Aún así, mi asombro se convirtió en temor pasadas unas horas.

Pude ver como aquél hermoso rostro tomaba una apariencia esquelética frente a mi; la mano que salía del espejo, la cual yo sostenía, había comenzado a pudrirse.

La mano había caído al suelo, justo frente a mi.

Mi temor era tal que busqué cientos de maneras para salir de aquella habitación, pero, por alguna razón, todas las salidas, la puerta principal y las ventanas, estaban por completo bloqueadas.

El reflejo de mi amada había dejado aquél espejo, y en su lugar, era yo quien estaba en él. Mi propio rostro, con una luz carmesí en mis ojos, ahora rasgados.

Sereno, aquella imagen pronunció algo que, hasta el día de hoy, sigue exaltando mi ser:

"Pedir Amor a un demonio...Eres tan predecible como todos los humanos...Será un honor acompañarte, hasta el día en que tu sangre deje de fluir."

No recuerdo más de aquella noche. Posiblemente, caí inconsciente, pues al día siguiente, me encontraba aún en aquella habitación, el baño de mi hogar, tirado en el suelo, rodeado por cientos de pedazos de aquél espejo.

El día pasó con una aparente tranquilidad, pero yo, aún asustado por lo que pensé que había sido un sueño, una alucinación, no dejaba de repetir aquella frase en mi cabeza.

Siempre estará junto a mi, hasta que mi sangre deje de fluir.

Tal vez, en mi deseo, siempre estuvo mi castigo. Tal vez mi deseo fue el ser condenado a ésto.

Ahora solo estoy atado a ésta inmunda vida, acompañado de los peores seres; mis propios pensamientos, mi propia imaginación, esperando el momento en el que mi sangre deje de fluir.

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