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El reloj marcaba las 21:40 de la noche. Ella se encontraba viendo la tele en el sillón de su casa como le era de costumbre.

Su hermana duchándose, la madre en la cocina y el padre en la alcoba; todo normal. Al pasar la hora, el reloj marcó las 22:45. A ella le pareció extraño que el agua de la ducha siguiera sonando. La curiosidad envenenó sus venas y subió al baño.

Al llegar, tocó la puerta preguntando por el nombre de su hermana. Tocó varias veces, haciendo un intervalo de unos cuantos segundos para esperar una respuesta. Al octavo intento, no aguantó más y abrió la puerta de golpe. Alterada por la ausencia de reacción de su hermana, abrió la cortina de la ducha que aún hacía sonar el agua.

Sus ojos se abrieron de par en par, sintió su corazón detenerse y se le puso la piel de gallina. Su hermana no había aguantado todo el peso que había conllevado ser una mujer fuerte y hermana mayor. La sangre que brotaba desde su cuello aún se veía salir al ritmo de su corazón, dejando de latir.

La desesperación la hizo gritar despavorida y aterrada bajó las escaleras llorando del shock, gritando por su madre. Al doblar a la cocina, encontró a su madre tendida en el piso mirando hacia el techo bastante interesada. El agua y los platos en el suelo, o al menos sus pedazos. Una caída había sido más que suficiente para romperle el cuello, causándole una muerte inmediata.

Ella comenzó a tiritar. Sus lágrimas se detuvieron por el impacto de la sorpresa. Ella iba a colapsar; era increíble todo esto. Subió con el último golpe de adrenalina las escaleras lo más rápido que pudo en busca de su padre. Lo vio dormido en su cama, como era costumbre. Lo zamarreó gritándole todo lo que sucedía, pero había un problema; él no respondía.

Sus malos hábitos al comer habían tapado sus arterias haciendo que su sangre se estancara. Murió al segundo, limpio e indoloro.

Se aterró ¡Todo salido de una novela de terror! Unos pasos atrás fueron suficientes para creerse todas las escenas sacadas del mejor thriller jamás creado. Ella estaba sola, todo había acabado, no había nadie. El agua seguía corriendo... el agua, la única que la escuchó gritar. Ella lo había perdido todo, una vez más...

Pero bastaron 3 segundos para encontrarse de espaldas a la gran colección de espadas de su padre.

El resto, lo dejo a tu imaginación.

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