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Llegas del colegio, cansado pero feliz. Por fin te le declaraste a la chica que más te gusta, y sorprendente mente ella corresponde al sentimiento. Tuviste un problema con los típicos bravucones, pero un amigo (el que menos esperabas) te salvo de una paliza segura; ahora formaba parte de tu pequeño círculo selecto de amigos confiables.


Porque claro, no a todos les cuentas tus problemas o tu vida en general. Y este chico se lo gano, o eso crees.


La maestra que más odias no se presentó y eso significo clase libre ¡Y sin examen! Así que lo pasaste con tu novia, tu nueva novia quien tanto te gusta y que no está nada mal. No es muy popular, pero lo suficiente para que todos sus admiradores te observen con odio y envidia por ser el afortunado novio.


El profesor de literatura te elogio por tu trabajo, y aunque no lo demuestras frente a todos, te hizo inmensamente feliz, puesto que la literatura es tu pasión oculta. Pero no lo dices, porque… bueno, papá se molestaría si su hijo no es jugador de futbol.


Pero da igual, este día fue particularmente bueno, y no hay que menospreciarlo ¿No? Aunque claro, si no hubieras estado tan feliz, te hubieras dado cuenta. Lo hubieras notado, aunque fuera de reojo. Incluso pudiste haberlo escuchado. Pero no, ibas feliz, que ni eso notaste.


No viste que la calle estaba inusualmente vacía. Ni que el cielo estaba un tanto gris, raro para ser una tarde de verano.


Pero bah, ¿Eso que importaba? Pronto estarías en casa, tomarías un merecido baño, comerías esa deliciosa comida que solo tu mamá puede preparar, estudiarías y descansarías. Después de todo, te lo mereces, eres un hijo ejemplar y tu día fue muy bueno…


Pero claro, de repente recuerdas que no todo es perfecto cuando entras en tu casa y nadie te responde. Tu mamá nunca sale ¿O sí? Quizás solo fue una emergencia y pronto regrese. Todo estaba ordenado, así que quizá se fue a ver a tu abuela, o sus amigas… Aunque tu abuela vive muy lejos, y sus amigas están de viaje… Pero bueno, estar solo no es tan malo, te da más tiempo para vagar un poco antes de hacer los deberes.


Vas a la cocina, esperando ver una nota que diga:


“Lo siento hijo, tuve que salir, pero te dejo tu comida. Con amor, Mamá”…


Pero no, no hay nada, y eso te desconcierta. Quizás en el comedor… Te asomas y no, tampoco hay nada. Esto te asusta.


“¿Le habrá pasado algo a mamá?” piensas con horror, e intentas llamarla.


Pero, al tocar tus bolsillos y buscar en tu mochila recuerdas que, curiosamente, no encontraste tu celular esta mañana… Es raro, ya que siempre lo tienes por las emergencias que puedan suceder.


Un miedo te invade, pero intentas ignorarlo. Subes a tu habitación y prendes la computadora; la espera es impaciente… te sientes extraño, como si algo faltara, pero no sabes qué. Sigues intentando ignorar ese sentimiento, y accedes a tus cuentas… pero no puedes. La ventana solo te marca el error “Ésta página no existe”.


Esto aumenta tu nerviosismo, pero intentas controlarte. Te asomas por tu ventana, y no ves a nadie. Es raro, porque tus compañeros siempre están por las calles. Es un vecindario pequeño, por eso lo sabes. Pero hoy no hay nadie, ni siquiera los más pequeños. ¿Qué carajos pasaba? De nuevo ese miedo que intentabas ignorar, ahora es más fuerte. Te sientas frente a la computadora y tecleas algo.


Pero no aparece nada… Escribiste “Estoy vivo”… y no apareció nada.


Te desesperas, te levantas y tiras las cosas del buró, gritas, lloras, ríes como desquiciado. Vuelves a la computadora, pero ésta se encuentra apagada.


“¿Qué rayos…?”


¡Pero si estaba prendida!


¿Cómo fue que se apago así de repente?


Intentas prenderla, pero no parece funcionar. Quizás la luz se había cortado… Sí, es lo más probable… Pero ¿Cómo, si el reloj de pared estaba encendido?


Es demasiado, el terror te invade. Tanto que ahora sí lo notas. Esa sombra que te siguió desde la escuela. La vez de reojo, pero al voltear, no hay nada.


Te sientas en la cama y te tallas los ojos. Intentas ver el exterior, pero nuevamente esa sombra llama tu atención. Pero como en la ocasión anterior, se va tan solo volteas la mirada… Y el pánico te invade.


Todo se mueve de reojo, pero al enfocar, todo está quieto. Esto no puede ser bueno. Intentas salir, pero la manija no funciona. Quieres llorar, la desesperación no te deja pensar.


Te vas a tu baño, te mojas la cara y te ves al espejo. Estás pálido, pero es normal, estás asustado. Y cuando sales, ahí está…


Esa cosa negra, alta… No se le ve la cara, puesto que la tiene tapada, pero sientes y sabes que te está observando. Quieres gritar, pero el sonido se atora en tu garganta. Quieres huir, pero tu cuerpo no te responde. La cosa se te acerca, y derramas un par de lágrimas. Finalmente, un sonido sale:


“No… Por favor…”.


Pero de nada sirve. Eso te toca y… Ves luz… Ahora lo recuerdas…


El mal día, las peleas con todos, tus pésimas calificaciones, la soledad de todos los días… La salida de la escuela… Ese gran tráiler que no viste por estar al teléfono… Ahora todo tenía sentido.


Pues claro, ¿cómo iba a estar tu madre en casa, los niños jugando, o tus compañeros vagando, si estaban en tu funeral?

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