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Hace tiempo que no sueño, desde que estuve en el psiquiátrico, creo yo. No es cuestión de contar por qué acabé allí, pero desde entonces perdí la ilusión por vivir y junto con ella, pues eso, la condición de recordar todo tipo de lances oníricos. Hablo de años, de lústros sobreviviendo sin objetivos, sin metas, sin ganas, en definitiva… Sin embargo, en el fondo del ser, aun en estas situaciones, siempre nos queda un hilo de esperanza.

Claro que, en este tiempo, hombre, algún sueño sí ha habido; en alguna siesta, alguna vez que me he despertado a deshora… alguno, muy pocos. A buen seguro que se pueden contar con los dedos de una mano los que he podido recordar, al despertar, en esta década. Además, cuando ocurre este acontecimiento de soñar, esta verdadera fiesta para mi pobre alma, las creaciones de mi cerebro no tienen brillo, no son intensas; recuerdo incluso una pesadilla que sólo supe que lo era por el tema de que trataba, no me aterró, me dejó igual que estaba.

Os preguntaréis, entonces, que qué puede relatar alguien con tan poco espíritu, que cómo una persona como yo, incapaz de sentir ni siquiera miedo, podría envolveros en una lectura escalofriante. Pues bien, os narraré uno de estos pocos sueños que he tenido en esta tristemente larga etapa de mi vida, os hablaré del único que me ha hecho percibir el esbozo de un temblor de piel.

¿Podéis creer que prácticamente ya no me acuerdo y que, sin embargo, lo tuve ayer mismo? Intentaré recordar a la par que escribo.

Estaba relacionado con una antigua cámara de cine, un tomavistas de ocho milímetros, que se llamaban o se llaman. Es bastante antiguo, tendrá como sesenta años, es de hierro y, siendo pequeño, pesa un montón; sorprende.

Lo tengo aquí, aquí en el armario de mi cuarto, y lo acabo de sacar para mirarlo mientras hablo con vosotros, lectores.

Hago esto porque creo firmemente que, cuando alguien lee, es capaz de ver las mismas imágenes que ve la persona que escribe; como si de un auténtico fenómeno telepático se tratara.

¿Nunca habéis leído un libro y después, al ver la película basada en ese libro, os habéis sorprendido al comprobar que es tal y como la habíais imaginado?

Aquí tengo el tomavistas y está frío; este año no tengo calefacción, perdí el trabajo y no he podido pagar el gas. Como vivo en una solitaria casa en medio del campo, me caliento con una estufa de leña y un calefactor eléctrico que pongo junto al ordenador.

Pero yo os hablaba del tomavistas.

No funciona con pilas (porque todavía funciona, aunque sea difícil encontrar película para él y el asunto no tenga sentido, dado los nuevos aparatos de vídeo) funciona a cuerda; sí, sí, se le da cuerda como a uno de esos muñecos de juguete, como a uno de esos ratones de broma. Después, al pulsar una lengüeta metálica que hace de interruptor, el mecanismo se pone en movimiento deslizando el celuloide, que va dentro como en una especie de primitivo casete. 

Cuando miro la cámara ahora, a la luz tan amarillenta de la sucia habitación, pienso que hace juego con todo lo que veo; incluso con el ordenador, aunque sea un cacharro moderno. Vivo solo y paso el día escribiendo, viendo cosas en Internet, cogiendo leña… solamente paro para comer y dormir.

Y, como llevo así tantos años, sin limpiar, sin pintar las paredes, esto resulta muy… no sé, estoy rodeado de colores pasados, de cachivaches, de desorden, de la propia dejadez que me produce mi insensible estado de ánimo; mi triste estado de ánimo. Todo lo que me rodea es como yo, todo llora en seco, sin lágrimas, sin dolor… 

(…)

¿Estáis viendo imágenes o estáis viendo letras?

Ver letras aburre. Yo, cuando leo, tengo que ver imágenes y olvidarme de que veo letras; cuando eso ocurre se pasa el tiempo sin sentir y no me importa cuándo acabaré de leer o si es largo lo que leo. Y cuando escribo me pasa igual. Tengo mucho tiempo, mucho tiempo… O quizá no, o quizá muera pronto, pero no me importa morir; sí me importa el sufrimiento, eso sí que me da miedo.

Cuando era pequeño temía cosas irreales, como los vampiros y las momias, cosas que no existían, y eso me hacía pensar que nada podía haber más horrible que el que esas cosas se hicieran realidad. Hoy sé que hay algo mucho peor, sé que la vida, para algunos, realmente puede ser la más espeluznante historia de terror que jamás se haya imaginado.

Sigo sin recordar la pesadilla, pero lo que fuera me hizo buscarle un significado. Al despertar seguí en la cama, no tenía prisa, nunca la tengo. Le daba vueltas al argumento del sueño (tenía que haberlo escrito antes, caramba) y el caso es que lo relacioné con el armario de mi cuarto en el que guardo el tomavistas; aunque aún no había pensado en él. Hace tres años que murió mi madre y una de las pocas cosas que conservo de su casa, de las que había en su casa, es esta cámara, el resto, casi entero, se lo quedó mi hermanastro.

Sí, con eso estaba relacionado el tema, creo, yo tenía miedo de que me quitaran mis cosas, quizá temía un robo (pese a que ya apenas me queda nada que me puedan robar) tal vez soñaba que estaban a punto de entrar en mi cuarto.

Entonces me acordé del tomavistas, de lo único que tengo que podría un poco merecer la pena robar. El armario sí entraba en el sueño, la cámara no aparecía, simplemente lo relacioné al despertar después de analizarlo. Y, entonces, ah, maravilla, sentí un frío en la espalda, sentí miedo y detrás del miedo alegría; porque había vuelto a sentir, tan sólo por eso, por algo que no se le niega a la mayoría de los mortales.

Pero esa sensación emocionante realmente llegó cuando mi pensamiento se fijó no en ese armario sino en otro; en otro donde estuvo guardado muchos años antes la cámara de cine: uno de los armarios de la habitación de mi padre; que estaba, claro, en la casa en que viví de niño.

Ahí, en el referido armario, también guardaba mi padre otras cosas; sus estilográficas, sus pipas, alguna otra cámara de fotos… Y también allí solía esconder nuestros juguetes de cumpleaños, si es que éstos los había adquirido antes de la fecha señalada en cuestión. 

Hablando de esto, recuerdo que mi hermanastro me quitaba todos mis juguetes y decía que eran suyos, casi nunca podía jugar con ellos, era como si no tuviera nada propio; menos mal que con la ropa no ocurría lo mismo, porque él gastaba otra talla en todo al ser mayor que yo.

Y de eso tenía que ir el sueño, alguien venía a robar, el armario es lo primero que hay al abrir la puerta, lo más cercano, quien fuera el personaje del sueño tenía que abrirlo, aunque me desperté antes (no, no, ya he dicho que no, me desperté sin miedo y prácticamente sin preocupación, nada de sudores fríos).

Entonces, al despertar, es cuando se me ocurrió que la siguiente escena, que nunca llegué a ver, iba ser ésa, alguien entrando abriendo el armario. Estaba claro, mi situación de necesidad, mi hermanastro, la interpretación no podía ser otra.

Porque ¿qué había en el armario, qué podía haber? Pensé, busqué en mi mente. La única pertenencia de mi padre que no se había quedado en propiedad mi hermanastro era ese tomavistas; en ese instante fue cuando sentí el escalofrío, cuando pensé esto. 

Fue otro sueño escaso y anodino mientras lo viví, pero al despertar y darle sentido me maravilló cómo dejaba escapar lo que dormía en las honduras de mi psique, de mi subconsciente. 

No había salido el sol, por el borde de las maderas de las ventanas no se filtraba ninguna claridad. Me levanté, esta vez sí, excitado, vivo, con un poco de miedo en el cuerpo incluso; y me dirigí al armario en busca del tomavistas pensando en que podría ser verdad que ya no estuviera allí o que pasara algo con él.

Mi armario, como el resto de mi casa, es un caos de ropa vieja que huele a humedad por culpa de una gotera silenciosa que queda justo, justo, encima de este mueble, 

No recordaba dónde lo había dejado; ¿en alguno de los tres cajones?, ¿entre las camisas de la parte del fondo?, ¿junto a unas bolsas de calcetines rotos que aún no sé por qué guardo?

Me puse a revolver.

Esta bombilla de bajo voltaje que cuelga del techo sin pantalla, acompañada tan sólo de mis gastados ojos, no ayudaba mucho.

Al final, di con ella, estaba entre la ropa. 

Y aquí la tengo, fría, sobre una tarima metálica que utilizo como mesa, con su visor superpuesto, semejante al de un rifle pero bastante menor en tamaño, con su ocular niquelado… Y con esa mancha marrón más oscura, (porque lleva en el centro una cobertura marrón como de hule) que nunca supe por qué la tiene… O sí.

Ya sí, no lo recordaba, pero ya sí, ya se hizo la luz y por eso he comenzado a contar todo esto. Mi hermanastro no podrá quitarme nunca mi tomavistas porque, cuando vino a hacerlo, yo llegué antes al armario y pude agarrar la cámara del cordón que de ella cuelga para que sea más cómodo llevarla. Yo llegué antes, sí, ahora me río por el triunfo ¡Por una vez yo llegué antes, no me la pudo quitar! No me la pudo quitar… pero, como siempre, no dejó de intentarlo.

¡Lo tenía todo, entendéis, TODO, TODO! Era lo único que me quedaba, el único recuerdo de mi padre, ¡NO PODÍA PERMITIR QUE ME QUITARA EL TOMAVISTAS!

Y no lo hizo, esta vez no lo hizo porque, con el mismo tomavistas, le golpeé con todas mis fuerzas en su grande y fea cabezota; le golpee una y otra vez, una y otra vez… hasta el punto de que su infecta sangre penetró en el petrificado hule que recubre la maciza y antigua cámara de cine, dejando así esta mancha marrón que hoy me ha recordado el homicidio ¡ASESINATO NO! Asesinato no, no, no… no porque…

El tomavistas es lo único que me queda. 

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