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No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las asechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar.

Para los hombres que allí vivían, Chiloé, la Isla Grande, era un continente casi desconocido; Queilén y Chonchi quedaban lejos, sólo se navegaban a ellos de tarde en tarde para vender el producto de la pesca; Castro aparecía como una ciudad remota; la esperanza de algunos jóvenes era llegar hasta ella y ahí quedarse o partir para rumbos más distantes, pero esto aparecía como un sueño, como una quimérica ilusión.

Había cultivos en los campos más allá de las casas, sobre todo papas, avena y hortalizas. Algunos vacunos y bastantes ovejas se veían en rústicos corrales, pero principalmente la actividad de todos, el ritmo de la vida, estaba determinada por el mar.

Las mujeres hilaban ellas mismas la lana y tejían frazadas y ponchos, mantas y choapinos. De tiempo en tiempo las piezas que no eran necesarias para el uso del poblado eran vendidas en Chonchi o a las lanchas que pasaban a comprar la pesca. Esto era fácil, pues se trataba de tejidos primorosos bellamente realizados.

Pero éste era un trabajo de las horas libres. En cambio, casi diariamente, sobre todo con la marea baja, las mujeres salían con los niños a recoger mariscos en la costa.

Provistos, mujeres y niños, de un cansancio circular de nimbre, caminaban a lo largo de las playas y los roqueríos buscando cholgas, almejas, choritos, erizos y también jaibas. Desgraciadamente no había ostras como en otras partes de la isla. Con los canastos llenos volvían horas después caminando lentamente hacia las casas. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos los hombres del caserío.

Había de todas edades, dos muy jóvenes y uno muy viejo, conversaban lentamente y de vez en cuando bebían un vaso de chicha de manzana.

El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizás hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Otros saldrían por la costa buscando mariscos. Luego de conversar sobre distintos temas, uno de los jóvenes le preguntó: “Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca? Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento, y sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar”.


Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados por su insolencia, y el mismo joven, abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar. 

Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó casi automáticamente-“Porque yo he visto el Caleuche...Ahora les contaré...”. No era una noche tranquila, la luz vacilante del mechero proyectaba sombras cambiantes y los hombres permanecían silenciosos, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa. El viento huracanado parecía querer arrancar las tejuelas del techo y las paredes, y el mar no era un ruido lejano y armonioso sino un bramido sordo y amenazador.

Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados.

-“Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades.

La tripulaban cinco hombres además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quién se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier.

La segunda noche de navegación se desató la tempestad-“Peor que la de ahora”- dijo don Segundo.

Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. 

El mar, que es el sustento y la aventura del chilote, que forma parte de su vida y es su amigo, se había transformado en un ser extraño y hostil que no conocía la piedad y que quería destruir a esos osados que lo surcaban.

Habían perdido la noción del espacio y del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir.

No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformo en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se desataran su casco y sus velas oscuras. Si no fuera por su velamen, si no fuera por sus cantos, habrías dicho un intenso monstruo marino.

Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar.

El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiguarse y mortalmente pálido exclamó-“¡No es la salvación, es el Caleuche!. Nuestros Huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar”.

El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua.

Al mismo tiempo volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombres les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche.

Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y ésta es la primera vez que la totalidad de la historia salía de sus labios.

“Por eso es que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me harán morir”.

Todos quedaron silenciosos y pareció que encontró el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas.

No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez sólo lo hicieron desde la costa y no navegando.

En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante las noches lo hacen con el profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua; de él surgen música y canciones.

Entonces la muerte estará muy cerca y el naufragio será inevitable.

Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche.

El caleuche

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