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He trabajado en centros de reinserción social e instituciones mentales en todo el país, en incontables ciudades y pueblos. El trabajo no está mal y pagan mejor que en la mayoría de los empleos de baja categoría que he tenido.

He tratado de ser una buena chica, ser amable y cortés con otros, pero mi trabajo me ha afectado. Para ayudar a los enfermos y a los arruinados necesitas endurecer tu corazón y aceptar verdades desagradables con respecto a las personas. Aceptar que algunos adictos no quieren restaurarse. Parece que la compasión a veces complace las ilusiones de los enfermos, mientras que a otros hay que restringirlos por su propio bien.

No diré el nombre o la ubicación del lugar en el que trabajo ahora, sólo que he estado aquí mucho tiempo. Cuando recién fui contratada, la paga era poca y el horario muy reducido, y no estaba en posición de quejarme. Había trabajado de recepcionista por una semana o dos cuando un hombre llega, caminando con determinación hacia mi escritorio y preguntándome por ver a El Holder de la Negación.

Una mirada de confusión debió formarse en mi rostro, porque él se volvió en forma muy repentina, bastante impaciente. Me gritó y yo me encogí de hombros, dio un puñetazo en el escritorio e insistió por ver a El Holder de la Negación. Aún estaba tratando de calmarlo cuando mi supervisor llegó. El Sr. Musil miró al hombre y éste se quedó en silencio.

La-sonri

El Sr. Musil se inclinó hacia mí y me dijo "Todo está bien" y llevó al hombre por un pasillo por el que habré pasado unas cien veces sin haberlo notado nunca. El hombre me miró con una sonrisa sombría. Me deslumbró, no había excusa para tanta rudeza como esa y estaba irritada porque fue calmado muy rápidamente por mi supervisor. Me hizo sentir incompetente.

Otros llegaron después, todos exigiendo ver a El Holder de la Negación, todos gritando y haciendo la misma escena sólo para que el Sr. Musil llegara y los calmara. Caminé tras ellos una o dos veces, sólo por curiosidad, por saber qué pasaba. Cada vez, el Sr. Musil los guiaba a través de una puerta, los encerraba y se iba. Me sonreía cuando dejaba pasar a esas personas.

Una vez dejó la llave puesta en la cerradura y yo casi abro la puerta. Pero cuando mi mano tocó la llave, sentí una sensación enfermiza de culpa, una sensación difícil de digerir en mi interior que ya había sentido antes, cuando hacía algo que provocaba que me castigaran, donde sólo yo era la culpable. Quité la llave y la dejé sobre el escritorio del Sr. Musil. Él se fue más temprano esa tarde.

No fue sino hasta el día siguiente cuando me enteré de lo que le sucedió. El cómo condujo su auto con su esposa e hijos lanzándose desde un puente. El cómo las ventanas estaban bajadas y los cinturones de seguridad abrochados, y el cómo parecía que ninguno de ellos intentó salir del auto. Todos estaban perfectamente sentados cuando la sucia agua del río los precipitó y los ahogó.

La vez siguiente que alguien llegó demandando ver al Holder, me escondí. No pude soportar sus gritos, así que corrí a la habitación de atrás con la esperanza de que la embarazada, de ojos rojos, se fuera a buscar a su "Holder de la Negación" en otro lugar.

Ella estuvo gritando por ocho minutos cuando fui al escritorio del Sr. Musil y encontré la llave que dejé allí. La guié a través de la puerta al final del pasillo sin la más mínima señal de malestar. Aunque me pregunté si el Sr. Musil tenía la costumbre de dejarlos salir más tarde durante el día. Él siempre bloqueaba la puerta, por lo que seguramente no estaban saliendo por su cuenta. Debía haber otras salidas en aquél lugar. Era lo más probable.

No te preocupes por eso.

Después de la mujer embarazada, la siguiente persona en preguntarme por el Holder era un hombre joven, que apenas comenzó a gritar, le dije tajantemente:

"Sólo te llevaré allí si dejas de gritar y me preguntas amablemente".

Él miró alrededor, desconcertado, y repitió su pregunta más cívicamente. Temblaba mientras lo guiaba a la puerta, así como los siguientes que también vinieron por el Holder. Todos con miradas perdidas en sus rostros, por unas pocas palabras que no se habían esperado.

A partir de entonces me hice cargo de aquellos con ojos tristes, que querían ver al Holder. Eran en mayoría hombres, pero también llegaron muchas mujeres. Casi todos ellos tenían una mirada seca y aspecto siniestro en sus caras, y los pocos que no sonreían más brillantemente, me asustaban. Llevé a los que vestían harapos y trajes a la medida. Llevé a los con cicatrices y tatuajes, con larga barba y sonrisa tímida, de piel clara u oscura, y venas que sobresalían a la superficie. Ninguno regresó.

Sentí mucha ternura por aquellos que eran más tranquilos, de mirada resquebrajada. Me sentía como una madre dejando a un niño enfermo en su cama. Con los arrogantes, de miradas crueles que guiaba a través de la puerta, riéndose interiormente, sentía una inexplicable, maliciosa satisfacción. Por mi vida que no podría decirte por qué; después de todo ellos pedían que los guiara a través de esta puerta, ¿no es así?

Esto suena como si esas personas llegaran todos los días, pero es sólo porque ellos llegaban a través de todos estos años. Raramente llegaban, y en forma aleatoria. Algunos meses pasaban sin nadie preguntando, a veces llegaban dos el mismo día, sólo unas horas después.

He visto a muchos sólo porque llevo aquí mucho tiempo. Los malos hábitos que usé para evitar que me despidieran —llegar tarde, distracciones, mi tendencia a salir y volver y organizar juntas secretas que me distraían… ninguna de esas cosas molestó a nadie mientras continuaba guiando a los Buscadores por la puerta. Me tomaba horas. La gente me cubría de mis errores y comenzaron a mirarme curiosamente, la misma forma en que miraba al Sr. Musil.

Poco a poco me surgía una duda. Me preguntaba;

¿Qué tal si no hay una segunda puerta o una salida de esa habitación?

Nunca había visto nada más que oscuridad ahí adentro, nunca tomé más de unos segundos en mirar accidentalmente.

¿Qué tan grande puede ser?

Toda esa gente iba y nunca regresaba, debe estarse llenando el lugar. Podría haber sido mejor si poca gente hubiera entrado allí.

Durante el tiempo que me entretenían esos pensamientos me di cuenta de la existencia de un botón bajo el escritorio. No sé si ya estaba de antes allí, duro, con joyas y de color ámbar, pero si lo presiono cuando un Buscador viene, las luces en la habitación parpadean y empiezan a brillar. Y cuando estaba cegada, sentía algo suave recorrerme y un olor fétido, y cuando las luces regresaban a la normalidad, todo se iba, y el Buscador desaparecía. A veces dejaban un desgarro en la alfombra o una mancha oscura que debía limpiar, pero al menos no tenía que enviarlos a todos por el pasillo.

Presionaba el botón con los Buscadores que no aprendían que yo valoro la compostura y en aquellos que no se comportaban cortésmente. Cuando veía desdén y burla en los ojos del Buscador, presionaba el botón tan fuerte que rompía la piel de mi mano. Comencé a confortarme con la blancura de las luces y los apagados gritos que sonaban como una canción. Usé cualquier excusa para presionar el botón y no enviar a un Buscador al pasillo. Ellos todavía no regresan…

… Hasta que un día, un hombre regresó. No me gustó desde que llegó, con su vestimenta y mirada fuertes, y ojos vacíos. Iba a presionar el botón antes que alcanzara el escritorio, pero algo detuvo mi mano. Se inclinó y me preguntó, de forma muy cortés, por ver al Holder. Algunas personas temblaban con miedo visible, otros la escondían, y muy pocos eran capaces de aguantarla. Pero este hombre carecía de eso, como una historia carece de final. Me heló la sangre.

Sentí un gran alivio al enviarlo por la puerta. Me dio una gran sonrisa y guiñó un ojo, luego desapareció entre la oscuridad. Lo encerré, tropezando fuera y fumé hasta que una pequeña excusa que me calmara regresó a mí, cuando volví a mi escritorio y pretendí estar ocupada con algo de papeleo.

Oí pasos provenir del pasillo por el que tantas veces crucé sin duda, y el hombre de ojos vacíos regresó. Llevaba algo en sus manos. Algo cubierto de pelo o lo que parecían largas tiras de pelo húmedo arrastrado a través de sus dedos. Traté de presionar el botón que trae la luz blanca y limpia, la luz que era pura, para que cubriera esa fealdad. Él me detuvo. Él se movió más rápido que lo que mis ojos podían seguirlo y me detuvo, manteniendo mi mano en la suya, mostrando una sonrisa diabólica y chasqueando la lengua. Su sonrisa era demasiado amplia. Estaba segura de que me tragaría.

Aterrorizada, sólo le hice una pregunta:

¿Qué vas a hacer conmigo ahora?

Creí que me mataría. Pero hizo algo mucho peor, me explicó algunas cosas. Me dijo lo que le pasaba a cada persona que enviaba por el pasillo. Me dijo, en gran detalle, las pruebas que los demás habían fracasado y las torturas que ellos sufrieron. Me dijo lo que le pasaba a los Buscadores bajo la cegadora luz que me impedía ver los que les ocurría, cómo eran despedazados y arrastrados hacia los calientes filamentos de cada ampolleta encendida. Me contó sobre el Objeto que he estado ayudando a guardar, y sobre la cosa extraña que me ayudaba también a protegerlo. Me hizo ver todo lo que había estado haciendo.

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Se fue. Yo no lo hice.

Los Buscadores aún me preguntan por el Holder de la Negación. A veces los guío por la puerta, otras enciendo el botón. No sé si hay algo exactamente que ellos estén buscando. Nadie más ha regresado. He tratado de ser una buena chica, ser amable y cortés con otros, pero mi trabajo me ha afectado. Para ayudar a los enfermos y a los arruinados necesitas endurecer tu corazón y aceptar verdades desagradables con respecto a las personas. Para atar tus pensamientos por tu propio bien.

El tricobezoar que el hombre llevaba es el Objeto 138 de 538. Y yo soy la última de las pruebas que debes enfrentar para encontrarlo.

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