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Copa
La noche era fría y los amigos se habían reunido en el departamento de Hernán para tomar unos tragos. Estaban en el octavo piso y el viento hacía vibrar con fuerza los ventanales. Hernán se acercó a los vidrios y miró hacia fuera, hacia la ciudad iluminada y dormida.

-¿Saben qué?- dijo, entrecerrando los ojos porque estaba algo borracho.

-Creo que esta noche es ideal para hacer el juego de la copa.

Los otros de inmediato expresaron su acuerdo. Todos menos Josefina, que de repente había palidecido y amenazó con marcharse si insistían en jugar. Su nerviosismo era tan patente que los otros jóvenes dieron por terminada la iniciativa.

Sin embargo, la curiosidad había picado y Hernán le preguntó por qué sentía tanto rechazo por un simple juego.

-Por empezar, no es un simple juego- contestó Josefina, todavía nerviosa.


Y luego les refirió una historia que los dejó mudos de espanto. Contó que unos dos años atrás, en la habitación de una vieja casa, ella estaba con sus amigas realizando el famoso juego. Ella no sabía lo que era, y una de sus amigas le explicó. El juego de la copa es una variante simplificada de la tabla guija, le dijo.

Sobre una mesa cualquiera se pone una copa al revés y luego los participantes apoyan el dedo meñique sobre ella. Supuestamente esto crea una fuerza invisible que atrae a todo tipo de espíritus. Las cosas alrededor se mueven, las velas se apagan, la copa misma comienza a deslizarse sin control sobre la superficie de la mesa. Josefina pensó que era una pavada y reía divertida.

Pero su sonrisa se cortó de golpe cuando, una vez comenzado el juego, vio que las luces fluorescentes del techo titilaban. Miró a sus amigas; eran cinco en total, seis con ella, y todas las otras tenían los ojos cerrados y no parecían darse cuenta lo que había ocurrido.

“Me deben estar jugando una broma”, pensó Josefina. Y lanzó una risita, dispuesta a no dejarse intimidar.

Enseguida sintió que alguien a sus espaldas le daba un empujón, y una de sus amigas, que estaba a su derecha, con una voz que no era humana dijo:

“No te burles de los muertos, Josefina”.

Josefina miró hacia atrás. No había nadie. Sintió que la piel de sus brazos se le erizaba y de golpe tuvo una intuición horrible: debajo de la mesa había alguien. No se atrevió a levantar el mantel para mirar. Casi podía percibir la respiración de aquel ente, que lo sentía muy cerca de sus piernas, como agazapado.

Trató de despegar sus dedos de la copa y levantarse, pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas. Parecía que su dedo se había pegado a la copa, que ahora se movía sobre la mesa de un lado a otro con violencia.

“Chicas, dejemos esto de una buena vez”, dijo con voz temblorosa, pero ninguna de sus amigas abrió los ojos.

Parecían sumidas en un trance muy profundo.

“Chicas”, repitió Josefina, tratando de alzar la voz, “les digo que…”

Entonces lanzó un grito. Las caras de sus amigas se habían transmutado. Ya no eran adolescentes de dieciséis o diecisiete años, sino ancianas que parecían muertas desde hacía mucho tiempo. Las ancianas abrieron sus ojos al mismo tiempo, y en un coro horrible y perfectamente sincronizado le dijeron:

“Abriste un portal hacia otro mundo, que muy pronto se cerrará. Pero tú siempre tendrás la llave”.

Josefina por fin pudo salir de su parálisis y salió corriendo de la casa. Cuando las volvió a ver, en el colegio al otro día, sus amigas seguían siendo las de siempre y no parecían recordar nada.

-¿Qué habrán querido decir con eso de que siempre tendrás la llave?- preguntó Hernán, que había escuchado el relato de Josefina en un horrorizado silencio, al igual que los demás. La chica se encogió de hombros.

-No lo sé. Pero por las dudas, siempre me alejo de esas cosas-dijo Josefina nerviosa.

-Haces bien en hacerlo- dijo Hernán, y volvió a mirar hacia la ventana. Y su cuerpo se estremeció: allí, en el reflejo del vidrio, la cara de Josefina era la de una vieja, que le sonreía con una profunda maldad.

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