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Diego, un joven de 25 años, llevaba una vida despreocupada y totalmente egoísta, más que libertad, lo había convertido en libertinaje. Parecía no tener ningún propósito en la vida más que asistir a cuanta fiesta y discoteca fuera posible. El dinero no le era problema, tenia lo suficiente como para vivir esta y otras dos vidas mas, era uno de los herederos de la fortuna de su tío abuelo Bruno Barrios, la cual incluía una hermosa casa apodada Casa Barrios y una vieja fábrica que aun producía mucho dinero, pero el dinero producto de la venta de su parte de la fabrica le interesaba más. Esto último, sumado al dinero heredado, era una verdadera fortuna.

Diego era un tipo vanidoso, individualista y mezquino, no hacía nada que no fuere para propio beneficio. Su porte superficial y egoísta le atraía a personas similares a quienes el apenas podía llamar sus “amigos”. Siempre estuvo rodeado de gente, pero en realidad, desde que se separo de sus padres, siempre había estado solo. El objetivo de cada fiesta era tener una conquista nueva, Diego elegía siempre una mujer atractiva, pues a decir verdad el también lo era, se pasaba la noche entera seduciendo mujeres alardeando de sus riquezas y buen físico, prometiéndoles este mundo y el otro. La mayoría de veces funcionaba, y terminaba la noche en su apartamento o algún lujoso hotel cercano compartiendo la cama con su nueva conquista. A diego le gustaba tomar fotografías durante la noche, las guardaba como un trofeo. Pero siempre, al amanecer, la actitud de Diego hacia sus doncellas cambiaba drásticamente y las desechaba como a un trapo sucio. En su mente una mujer era solo eso, objetos que están a su disposición para usarlas cada vez que a él se le antoje. Había vivido así durante algunos años y no tenía la mínima intención de cambiar ese estilo de vida.

Una noche, se encontraba celebrando juntos con sus amigos su cumpleaños número 26, como era habitual, se encontraba con sus plásticos amigos en una estruendosa fiesta, cualquier excusa era suficiente como para armar escándalo como aquel, para Diego, no era nada nuevo. Pero esa noche, lejos de su cotidiana jovialidad y despreocupación por la vida, se le notaba pensativo, casi ido, parecía no disfrutar la noche como siempre lo hacía. Sus amigos ni siquiera lo notaron, y mientras se encontraba cavilando con la mirada perdida en el espacio, una chica se le acerco y le susurró al oído: “sopla las velas y pide un deseo”; Diego, sin ver atrás, se levanto de la silla donde se encontraba, soplo las velas y en su mente, pidió su deseo: juventud eterna. Hecho esto, sus amigos comenzaron en un frenesí fiestero, cada uno ocupándose de lo propio. El licor fluía por montones, el humo de los cigarrillos enturbiaba el aire que se encontraba ya denso por la bulliciosa noche. Todos habían dejado de lado al festejado, cada uno ocupado en buscar la conquista de la noche.

Diego se encontraba solo, y por primera vez parecía estar meditando sobre su futuro, dirigió la mirada hacia la pista de baile, y ahí, en medio de la multitud danzante, se encontraba una bella mujer simplemente inmóvil, que lo observaba fijamente con una mirada coqueta; pero él se mostro indiferente y casi desinteresado, bajo su mirada al piso por un momento y cuando la levanto nuevamente, se sorprendió al ver aquella hermosa joven parada justo frente a él.

Había atravesado la pista de baile y la multitud que no cesaba de moverse, todo en solo un instante; pero el asombro duro poco, pues la belleza de la joven era cautivante, era tan bella como misteriosa, su cuerpo era escultural, morena de pelo castaño rizado, ojos verdes y ropa tan provocativa que no dejaba mucho a la imaginación. Parecía ser una modelo de revista, simplemente era la mujer más hermosa que Diego alguna vez vio.

Ella se le acerco y se sentó a su lado, poco tiempo paso antes que la conversación amistosa e inocente, se volviera un juego de seducción y coqueteos. Era algo extraño, pues siempre el seductor era él. Como era de esperarse, aquella noche terminaría en un derroche de sexo y lujuria, tanto o más a las que Diego acostumbraba.

Si bien la noche había acontecido de maravilla, la mañana siguiente algo era diferente. Diego se encontraba solo en la cama, su misteriosa y bella acompañante ya no estaba a su lado, esta vez, él había sido el objeto utilizado y desechado. Intrigado y aturdido por un fuerte dolor de cabeza producto de la noche anterior, se levanto de la cama en busca de la hermosa joven, de la cual no conocía ni su nombre.

Tras una corta e infructífera búsqueda, se dirigió al baño para asearse, y fue ahí donde encontró el mensaje que cambiaría su vida completamente. En el espejo del baño, escrito con lápiz labial color rojo escarlata, el mensaje decía: “Bienvenido al mundo del SIDA. Bienvenido al Infierno. Si quieres una segunda oportunidad, llama a mi padre 2999 – 1666”. Diego se quedo incrédulo ante aquel siniestro mensaje, no podría creerlo, será una de esas historias que solo le suceden al amigo de un amigo y que todos saben que nunca son ciertas. Pero para él, esa era su nueva verdad.

Ese mismo día se hizo analizar de VIH, el análisis dio negativo. Diego respiro con alivio, estaba convencido que aquello había sido una muy pesada broma de mal gusto, cometida quizá, por alguno de sus amigos. No le dio mayor importancia a aquel acontecimiento, lo cual después de algunas semanas paso a formar parte del olvido.

Más de un año había pasado, y Diego se encontraba ingresado en un hospital debido a una simple gripe que se había vuelto una seria neumonía. Entre los análisis que le hacían estaba también el de VIH; para asegurarse de los resultados, los habían hecho tres veces; en las tres, el resultado era siempre el mismo: positivo.

Diego se sentía destrozado completamente, su mundo tal y como él lo conocía se le venía abajo, recordó con ira aquella joven, la causante de su sufrimiento, la maldijo una y otra vez, le costaba trabajo creer que le estaba sucediendo a él, iba a morir.

Solo, postrado en la cama de aquel lánguido hospital, en medio de tantos lamentos y maldiciones, recordó aquel número, ¿Cómo podría tener una segunda oportunidad al llamar al padre de aquella joven?, ¿Cómo?; no lo sabía, pero no tenía nada que perder al intentarlo. Saco su teléfono y comenzó a llamar a aquel numero… no sabía que esperar, pero al menos quería saber quién era la causante de su desgracia. Una voz grave, casi inhumana contesto del otro lado de la línea:

Hola Diego, he estado esperando tu llamada, se que quieres una segunda oportunidad.

Pero, quien es usted? Como sabe que soy yo quien le está llamando?

Yo lo sé todo, yo soy tu verdadero salvador, puedo ofrecerte lo que tu desees, solo tienes que pedírmelo

No me vengas con eso por favor, no estoy para bromas, así que si no tienes nada mejor que decirme entonces… Muy bien Diego, entonces te veré en tus sueños…

La llamada se corto en ese momento. Diego intento llamar nuevamente pero la línea siempre aparecía ocupada. No le prestó mayor importancia al asunto y dejo el teléfono de lado. A medida que la noche se acentuaba, el sueño también lo hacía, no paso mucho tiempo antes que él se quedara dormido, era un sueño tan profundo, casi como una posesión, parecía que su mente se liberaba de su cuerpo y se comenzó a elevar… Aquello más que un sueño parecía ser una visión, el enigmático personaje del otro lado del teléfono estaba cumpliendo su promesa a cabalidad, ahora estaba visitando a Diego dentro de sus sueños. Ambos se encontraban en un vacio total, Diego se sentía muy lúcido, sabía que no era solo un sueño, y aquel personaje se encontraba justo frente a él. Pero a pesar de la cercanía era imposible vislumbrar rasgo alguno. El ente se encontraba rodeado por una densa niebla oscura que solo dejaba entre ver una sombría silueta. Aquella sepulcral voz no se hizo esperar:

Estoy aquí, como te lo prometí – dijo aquel extraño e inquietante ser – ¿Qué quieres de mi? ¿Por qué estoy pasando todo esto? Quiero darte la oportunidad de tu vida, puedo concederte todo lo que desees, solo tienes que pedírmelo. ¿Todo? ¿Cualquier cosa? – Pregunto Diego asombrado ¿Dónde está la trampa? ¿Qué es lo que tengo que darte a cambio? ¿Acaso deseas mi alma?

Son muchas preguntas, pero todo depende de lo que desees y de la cantidad de tus deseos, cuanto más me pidas, mayor será el precio – dijo aquella fantasmal figura casi escondiendo una sonrisa.

Diego pensó en la propuesta hecha por un momento, ya había escuchado anteriormente sobre quienes hacen un pacto y al final terminan perdiendo sus almas; no es que creyera en esas banalidades, pero la verdad no quería arriesgarse. Siempre se creyó ser alguien muy listo, así que quería salir más que beneficiado de esta situación. Lo medito por un momento, y luego negoció con su espectral acompañante:

Solo quiero tres deseos – Dijo con seguridad. Dímelos y yo te diré el precio a pagar – Susurraba ansiosa aquella voz Estas son mis peticiones:

1. Quiero tener vida eterna, no envejecer, ser bello y tener mi hermoso cuerpo de 25 años eternamente.

2. Deseo tener el suficiente dinero como para derrocharlo en lo que yo quiera, sin nunca tener la necesidad de trabajar ni tener que preocuparme por la procedencia o la falta de éste.

3. Deseo que nadie, sin excepción alguna, pueda ser dueño o dueña de mi alma, la cual me pertenecerá a mí solamente y a ningún otro ser que no sea yo, y eso te incluye a ti especialmente. Estos son mis deseos, ahora dime tu precio.

Así que nunca podre tener tu alma?, Esta bien, son tres deseos y el precio que tendrás que pagar son tres almas, pero no almas cualquieras, quiero tres almas que hayan sido torturadas por ti hasta morir.

¿Quieres que yo torture a tres personas?

Que sean los tres que tú quieras, no me importa, y para facilitar tu tarea, tendrás salud y gozaras de mi impunidad, sin importar el crimen que cometas, nunca nadie te podrá culpar por ello. ¿Tenemos un trato?

Trato – dijo Diego tras pensarlo un momento.

Aquella niebla comenzó a enturbiarse aun más y a moverse en forma arremolinada haciéndose más grande, la voz en su interior resonaba con estrepito:

Tendrás exactamente 30 días de salud e impunidad, deberás cumplir tu cometido en ese lapso, luego de eso morirás, y si no has cumplido tu me pertenecerás eternamente.

Risas escalofriantes inundaban aquel lugar. Diego se alejaba flotando rápidamente hasta caer nuevamente en su propio cuerpo. En ese momento despertó sintiéndose mucho mejor, sabía que no había sido solo un sueño y ahora, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

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