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El peluche

¿Te acuerdas de mi panda de ojos verdes? El que me regalaron en la feria hace seis años, ¿te acuerdas? Fue el peluche que más quise de todos… ¡Me alegro que te acuerdes! Ya sé que hace mucho tiempo que no jugamos con él, pero ¿podrías venir a mi casa a jugar un poco? Él pobre dice que te extraña mucho. Quiere que le cantes esa canción que tanto le encantaba de cuando éramos niños. ¡Te esperamos!

Con amor, K.

Mensaje recibido a las 21:32 horas

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No vengas… por favor, no vengas. Él está durmiendo. No sé qué hacer. Mató a mis papás. Es celoso. Ayúdame. Llama a alguien, pero no vengas. NO VENGAS.

Mensaje recibido a las 22:02 horas

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Estos son los mensajes que ella me dejó, como último testimonio. Y créeme que aún así, todavía no sé por dónde comenzar. Todos estos eventos pasaron tan rápido que es muy confuso y que todavía me cuesta creer que ella… bueno, no sé qué pensar sobre todo esto. Recuerdo que ella tenía un gusto exorbitante por los peluches. Desde que estábamos en el kínder, antes que cualquier juguete, séase una muñeca o un balón; siempre prefería a los muñecos de felpa. Puedo decir que su habitación florecían peluches desde cualquier esquina a donde mirase. Su pasión por esas criaturas de felpa la llevaban a pasearlos por donde quiera, a comer con ellos, y a dormir con ellos. Desde perros y osos Teddy hasta unicornios y dragones, ella los coleccionaba y los amaba sin importar tamaño, color o el tipo de criatura.

Ergo, hubo un muñeco que era muy especial y por lo tanto, el más amado de todos.

Se trataba de un panda del tamaño de un perro mediano, con grandes ojos verdes claros y con un brillo excepcional. Le encantaba ese muñeco porque decía que, con esas órbitas resplandecientes, parecía que estaba vivo.

Me contaba que no había día en que no lo arrullara y lo arropara por las noches, por lo que lo trataba casi como si fuera su propio hijo. Era de entender que a esa edad, pues… simplemente éramos niños, y para sincerarme pues también tuve ese tipo de fantasías.

No tengo idea de que fue lo que le pasó a ese muñeco en estos últimos seis años. Ella creyó que yo me lo había robado y me había dejado de hablarme por eso. Me preocupé bastante por ella ya que nunca ha sido así, además es mi amiga de toda la vida. Créeme que me había sorprendido bastante sobre su extraña histeria, sólo por la pérdida de ese monigote. Debo confesar que una parte de mí se alegró de que se extraviara…


Sé que puede que esto se escuche muy extraño, pero nunca me gustaron los ojos de ese panda. Parecía que el brillo de éstos, que esas verduzcas órbitas que resplandecían como el sol, te examinaban como si quisieran mirar dentro de ti. Justo como lo haría cualquier animal que caza, que acecha, que se aprovecha del hecho de que lo veas como sólo un muñeco… sin tener la leve sospecha en qué hay detrás de su mirada esmeralda.

Y bueno… después de recibir los mensajes de texto que ella me envío, ambos sabemos lo que pasó después.

Sabes a qué me refiero.

Justo después de que leí esos mensajes, fui a su casa. Estaba muy molesto, porque pensaba de que se trataba de una broma de muy mal gusto. Estaba a unas casas por llegar a la dirección cuando encontré a la distancia decenas de luces parpadeando y a la vez, una muchedumbre rodeando cierta casa. Había supuesto lo peor.

Mucha gente estaba gritando por doquier. Tres patrulleros se encontraban estacionados a lado de una ambulancia. Una mujer sumamente perturbada y gritando no podía ser controlada por tres oficiales, ya que había sido víctima de la histeria. Dos camillas con sábanas blancas estaban tapando dos cuerpos inertes respectivamente, dejando escapar hilos de sangre por el camino que los enfermeros describían mientras los transportaban hacia la ambulancia. Érase en sí un verdadero caos.

No tardaron en interceptarme los oficiales. Creyeron que fui partícipe de ese siniestro al notarme que estaba extremadamente asustado.

Abusos verbales, abusos psicológicos, torturas… es difícil soportar todo eso, pero nada… absolutamente nada, sin importar qué tipo de suplicio los oficiales me hagan pasar, podrá hacerme olvidar aquellas desgarradoras palabras que esa horrorizada mujer vociferó a todo pulmón:

“¡Ojos verdes! ¡Monstruo de ojos verdes!”

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