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El recuerdo de la noche anterior me perturbaba. Su voz tétrica y seca resonando en mi oído estaba presente en mi pensamiento a todo momento.

Soy una persona escéptica, pero estoy seguro de que alguien pasó sobre mi espalda una garra. Una garra afilada, mas no la pasaron con fuerza, sino como una caricia y me dijeron algo al oído. Algo que no era ningún idioma que conociera. Sólo cerré los ojos y dormí.

A la mañana siguiente, todo era muy confuso, el frío era tan denso que casi podía palparlo. Necesitaba aire fresco, necesitaba hablar con alguien y sentir la calidez de su compañía. Bajé por las escaleras hacia la sala de estar, y la miré. Nunca me había dado cuenta de lo sucio que era. Había cajas vacías de pizza, latas de cerveza, envases de refresco, un cenicero a tope. Olía a alcohol y a tabaco.

Decidí ignorar lo depresiva que resultaba mi casa en su interior y salí por la puerta de enfrente, caminé descalzo por el jardín hasta llegar a la acera… Me sentí liberado, por alguna extraña razón. Tomé mi celular y sin pensarlo ni saber a quién, ni por qué, marqué.

—¿Aló? —Tan pronto escuché esa voz mi corazón se aceleró, y sonreí.

—A… Aló, Mel, ¿cómo estás? —Melissa siempre me gustó, era casi perfecta. Su pelo negro y lacio acostándose en su espalda… era hermoso. Su piel blanca, y dientes perfectos. El tono de su voz era casi angelical. Y si no fuera porque dice que siente las energías negativas y esas cosas, le daría el título de “perfecta”.

—¡Ezio! ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo ha pasado!

—Podría estar mejor, y déjate de sarcasmos porque nos vimos la semana pasada. ¿Estás libre esta noche? Necesito platicar con alguien, y fuiste la afortunada.

—Tú siempre tan simpático. ¿Te parece bien si llego a las doce de la noche? Salgo de trabajar tarde.

—¡Excelente! Necesito limpiar esta pocilga y darme una buena ducha. No es que quiera impresionarte, pero mi aspecto y el de mi casa están para dar lástima.

Estaba muy feliz por la visita de Melissa, en realidad sí quería impresionarla. A punto de las diez la casa estaba impecable, así que me duché, me vestí informal, pero con estilo, y me puse mi mejor loción. Puse algo de jazz y encendí unas velas.

—¡Llegaste temprano! Debo reconocer que estoy feliz por ello.

—Puedo notarlo, Don Juan —Sonrió—. Está todo listo media hora antes, muy bien. Pero si querías conquistarme, debiste elegir claveles, y no rosas —Me avergoncé mucho, pues ella sabía que me gustaba, pero hacerlo obvio era incómodo.

Así pues, le conté todo lo que había pasado la noche anterior; la garra, la voz, mi miedo. Ella me dijo que lo único que podía decirme era que quizá lo soñé, o que había sido un ente maligno, pues los benignos no poseen garras, según me explicó. No pude creer ninguna de las dos, o me negaba a creerlas. Sé distinguir un sueño de la realidad, y eso no era un sueño; y no creo en demonios, fantasmas o entes malignos. Decidí dejar de hablar de eso y mejor preguntarle cosas de su vida. La noche transcurría y la botella de vino tinto se consumía. Colillas de cigarro se apilaban en el cenicero, las manecillas del reloj avanzaban muy rápido, y las risas no se hicieron esperar. Fue hasta las tres de la madrugada cuando hubo un ligero silencio, que rompimos con un beso. Fue inercia, instinto, o no sé; pero los dos nos lanzamos el uno al otro. Sus labios eran tan suaves que creí que podía arrancarlos en cualquier momento, sabían a vainilla, y su perfume era tan ligero pero penetrante, tan delicioso. No quería que ese beso terminase jamás.

—Espera —dijo.

—Lo… Lo siento, Mel. Yo sólo…

—¡Shh! ¡Cállate!, hay alguien arriba.

—Eso es imposible. Tú sabes que vivo solo… ¡Oh, ya entendí! Tú quieres que…

—¡Ezio, es en serio!, deja de bromear. Yo sé que vives solo, pero, siento que hay alguien.

—”Sientes” que hay alguien… ¿Empezarás de nuevo con tus cosas de psíquica-vidente? Vamos arriba, para ver lo que “sientes”.

Mientras subíamos por las escaleras, me arrepentí de haberme burlado de Melissa. Cada quien podía creer, sentir y ver lo que quería.

—Aquí es —le dije, y abrí la puerta.

Era un cuarto sencillo. Sólo estaba un televisor, una cama, la computadora, algunos pósters de mis bandas favoritas y adornos que no sabía lo que significaban, pero por como estaban hechos me parecía interesante colocarlos ahí. Y en la pared que estaba justo frente a la puerta de entrada, sostenida por clavos, estaba mi reliquia más valiosa. Una espada de la cual tampoco sabía la historia, pero su impotencia era enorme. La espada era muy ancha y con tres ondulaciones en forma de espinas en la base de la hoja. El guardamano era de metal gris oscuro, con uno negro, tenía la forma parecida a un moño. La empuñadura era de piel, con bordado de oro, y la cabeza era un cuadro dorado con una cruz grabada por ambos lados.

—¡No puede ser! —gritó con un chillido casi ensordecedor—. ¿De dónde sacaste esto? —me preguntó mientras sostenía en sus manos un objeto metálico de color azul y con adornos en dorado. Era una especie de ojo que era sostenido por una línea vertical y por otra que iba en dirección diagonal y se curvaba al final. Era muy parecida a una letra R, pero con pupila.

—Quizás en alguna de esas tiendas de antigüedades que frecuento —dije dudando por la confusión del alboroto, pero sabía que sí lo había comprado en la tienda de antigüedades.

—¿Y no tienes ni la más mínima idea de lo que es?

—No —dije avergonzado. Nunca pensé en averiguar las historias de las reliquias que adquiría. Sería algo interesante contar algo así. Luego salí sobresaltado de mi ensimismamiento con los gritos desesperados de Melissa.

—Esto, Ezio, se llama Udjat. También conocido como “el ojo que todo lo ve”. Uno de tantos símbolos utilizados en rituales satánicos para llamar a presencias diabólicas, malignas. En Las Escrituras se sabe que el anticristo perderá un ojo y un brazo. Pero no debemos olvidar que Satanás no es omnisciente, como lo es Dios, por lo que, para lograr estar presente en muchas partes, va a necesitar algún objeto material para “ver todo”.

Por primera vez en mi vida dejé el escepticismo a un lado y creí todo lo que Mel me dijo. Después de todo, la garra, la voz, el frío que hacía y la tristeza que se podía sentir. Inmediatamente se lo quité de las manos sin decirle nada.

—¿A dónde vas?

—Voy a deshacerme de esta porquería.

Justo cuando iba a abrir la puerta de enfrente, ésta se cerró sin que nadie la tocara. Melissa soltó un grito ahogado.

—Vamos al patio. —La tomé de la mano y la llevé a toda prisa a la parte de atrás, pero pasó exactamente lo mismo, la puerta se cerró por sí sola y no podíamos abrirla, con nada. Luego un olor fétido comenzó a dar. Era un olor a sangre, carne podrida, sudor; era muy desagradable, y ambos lo notamos, pero no me dieron ganas de vomitar. Ese olor, más bien, me daba ganas de llorar.

Subimos de nuevo la escalera a toda prisa y pronto notamos que de la parte de abajo de la puerta del baño salía un humo muy denso. De ahí provenía el desagradable olor. Abrí la puerta y sentí un ardor increíble en mis manos y mi cara.

—¿Estás bien? —preguntó Melissa preocupada al escuchar el grito que, en vano, traté de ahogar.

—Sí, es sólo que… las puertas, el humo, el Udjat. Todo esto es tan raro, ¿por qué están pasando todas estas cosas?

Parecía como si hubieran escuchado mi pregunta y me la hayan respondido al instante, pues cuando el humo del baño se había dispersado, en el espejo empañado se podía leer muy claramente “Belial”, algo que yo no podía entender.

—Belial es uno de los cuatro príncipes de la corona del Infierno —dijo Melissa tan pronto volteé a verla confundido.

—¿Y qué hace ese demonio aquí en mi casa? ¿Por qué decidió aparecer? ¡No entiendo un carajo de nada!

—¿Qué no lo ves? ¡Tú lo trajiste a tu casa, cuando compraste el Udjat! Quizá esto sólo fue un portal.

—¿Qué vamos a hacer si no podemos salir de aquí?

—Necesitamos rezar. Toma mi mano y no la sueltes.

Coloqué el Udjat en el piso, y nos sentamos. Así fue como iniciamos nuestro “ritual” de purificación. No parábamos de rezar, una y otra vez, pidiéndole a Dios que pusiera nuestras almas a salvo de algo que ni siquiera sabíamos lo que era. Tenía que tener fe y lo sabía. La situación me resultaba tan extraña, tan terrorífica, que no sabía qué más hacer sino encomendarme a una fuerza mayor. Pero mientras más rezábamos, peor se ponían las cosas. El olor fétido y putrefacto estaba ya lastimando nuestras fosas nasales; al ver la cara de Melissa supe que ella también lo creía. Ya no estábamos solos en mi habitación, nunca lo estuvimos.

—¡No está funcionando, Mel! ¡Todo está empeorando! ¡¿Qué es lo que está pasando?!

—Tranquilo, Ezio. Necesitamos tener fe, necesitamos creer en Dios, en que…

Tan pronto dijo eso, Melissa se elevó por los aires como si alguien, o algo, la estuviese sosteniendo del cuello. Yo no sabía qué hacer, me quedé atónito a lo que mis ojos veían y se rehusaban a creer. Melissa sólo pataleaba en el aire, luchando por su propia vida. Fue cuando mi mirada se conectó con la suya, que entré en razón. “Tengo que hacer algo”, pensé, y lo primero que se me ocurrió fue tratar de golpear a lo que sea que estuviera estrangulando a Melissa; pero mi cuerpo atravesaba todo el lugar. Lo que sea que fuera no se podía tocar. Fue entonces cuando abrí mi cajón y tomé un crucifijo de oro bendito, y apuntando hacia donde se encontraba Melissa, dije lo siguiente: “In nomine Patris et Fillii et Spiritus Sancti”. En seguida, Melissa cayó al suelo, tosiendo y respirando hondo. Guardé el crucifijo en mi bolsillo.

—¿Estás bien? ¿Qué ha sido eso? —No esperaba en realidad ninguna respuesta, sólo abrazaba a Melissa con todas mis fuerzas. Quería que sintiera los latidos de mi corazón y se sintiera segura, aunque eso fuera imposible… Aunque fuera infantil.

Melissa no decía ninguna palabra, estaba inmóvil, yo estaba nervioso. Miré su cuello y ahí estaba. Era una marca que, aunque nunca había visto en mi vida, sabía que se trataba de una mano o de unas garras, ¡unas garras! Eso fue lo que me acarició en la noche… Si tuviera que describirla, habría dicho que era como la letra Y, pero alargada. Estaba seguro que lo que estaba ahí en mi casa, no era humano, ni animal. Era algo de otro mundo… del inframundo. Seguí rezando con toda la fe que me era posible, con toda la convicción, y abrazando a Melissa con todas mis fuerzas. Y luego un estallido me sobresaltó, provenía de la cocina. Por primera vez en minutos, Melissa gesticuló sus primeros movimientos, retomó la compostura sentada con las piernas cruzadas, y me miró fijamente.

—Te amo, Ezio. —No podía creer lo que me estaba diciendo, estaba halagado, confundido, sonrojado.

—¿Qué? Es decir, yo también te amo, Melissa, te amo mucho, pero… ¿por qué ahora?, ¿por qué así? —Me moría por gritar de felicidad. Melissa y yo juntos por fin. Pero sabía que no era el momento de enloquecer, o que quizá ambos ya habíamos enloquecido.

—Porque temo que no salgamos de esta noche, Ezio. Quería decírtelo por si pasara cualquier cosa. —Me tomó de la mano y me dio un beso en la mejilla.

—El estallido, ¡la cocina! —exclamé después de volver a poner los pies sobre la tierra.

Bajamos rápidamente hasta la cocina para investigar el estallido. Todo estaba tirado, parecía que un tornado hubiese pasado por ahí y arrasado todo cuanto pudo. El refrigerador estaba volcado, de la alacena se habían tirado todos los platos, restos de vidrio y porcelana inundaban el piso con sus pequeños fragmentos. Las tuberías se habían roto y el agua salía a chorros. Ya no nos sorprendía, sólo queríamos encontrar una salida y terminar con todo eso de una vez.

—¡El estudio! —exclamé.

—¿Qué hay con el estudio?

—Tengo agua bendita en uno de los cajones. Dijiste que podía ser un demonio, ¿no? Pues quizá esto pueda funcionar.

En el estudio, corrí rápidamente hacia el escritorio, abrí el primer cajón y comencé a buscar. Había papeles muy viejos, plumas, lápices, una foto de Melissa…

—¡Aquí está! —dije mientras sostenía en mi mano una botella pequeña de vidrio.

Corrimos de nuevo hacia mi habitación. Buscaba cualquier excusa para tomar a Melissa de la mano.

Tan pronto comenzamos a rociar cada parte de la habitación, un humo negro y pesado empezó a brotar de las paredes hacia el centro de la habitación, formando un solo bulto de humo tan denso que se podía tocar. Cada segundo que pasaba, dejaba de ser un bulto gaseoso y comenzaba a tomar una figura antropomorfa… ¿Zoomorfa?

—Qué es… ¿Qué es eso? —preguntó Melissa, aterrorizada.

—En realidad esperaba que tú lo supieras, ¿sabes?

Pronto tuvimos frente a nosotros… algo espeluznante: una figura que excedía los 2 metros de altura. Era negro de todo el cuerpo, a excepción de sus ojos rojos, como la sangre, y con algunas especies de tatuajes en su torso y brazos. En lugar de una mano tenía tres garras que, aparentemente, podía mover a placer. Su mano izquierda era grande y tenía uñas largas y afiladas. Sus piernas eran muy peludas, y en lugar de pies, tenía pezuñas. También tenía dos enormes cuernos, muy similares a los de un cimarrón.

Finalmente me armé de valor.

—¿Quién eres y qué quieres? —No sabía cómo había reunido la valentía, ni sabía qué hacer luego de que me respondiera.

—¡BELIAL! —gritó el demonio eufórico, y enseguida comenzó a hablar en el mismo lenguaje en el que, una noche antes, me había susurrado.

—¡Corre! —le grité a Melissa, que no vaciló ni un segundo y se echó a andar. Mientras corríamos hacia abajo, tropecé y creí haberme quebrado el brazo. Intentábamos desesperadamente abrir la puerta de enfrente, pero sin éxito.

—No podemos irnos sin el Udjat —le dije a Melissa.

—¡Ni siquiera podemos irnos, Ezio! Y además, ¿por qué quieres llevarte ese objeto infernal? ¡Mira lo que está pasando! —dijo ella histérica.

Empezaron a escucharse sonidos en la habitación de arriba. Era como si alguien estuviera destruyendo todo a su paso. Reliquias quebrándose, la cama rompiéndose. Belial estaba muy enojado.

—Melissa. Yo, sin querer, ocasioné esto. Y tengo que hacerme responsable. Aunque no podamos salir de aquí, tengo que hacer el intento por llevarme ese estúpido ojo.

—¡¿Y luego qué?! ¡¿Eh?! ¡¿Qué vas a hacer después?! —Estaba enojada.

—Estoy seguro de que existe una manera de combatir esto. La encontraremos, confía en mí.

—Eres muy valiente… —Estaba tan enamorado de ella. Sólo mirar sus ojos y escucharla me hacía desear que nada de eso estuviese pasando, y estar sólo con ella mirando a las estrellas. Eso no era posible, la realidad era otra.

Rápidamente escuchamos a Belial bajando las escaleras a toda prisa.

—Toma, escóndete ahí. Creo que sé cómo llegar de nuevo a mi habitación —le dije mientras le entregaba la botella de agua bendita—. Cuando se esté acercando, lánzalo, y no importa qué pase, brinca el sillón y corre sin mirar atrás. Si tengo suerte me dará tiempo para esquivarlo.

—Pero Ezio, no puedes…

—¡Hazlo, por favor!

Belial estaba llegando. Melissa se escondió, y yo me quedé ahí, parado, sin defensa ni idea de lo que iba a pasar.

—¡¿CREÍSTE QUE TE PODRÍAS LIBRAR DE MÍ TAN PRONTO?!

Estaba sorprendido. No esperaba escuchar nada. Pero ya nada me importaba.

—¡No te creas tan rudo! ¡Ven por mí!

—¡LO VOY A HACER! —gritó Belial, y se lanzó contra mí.

Justo cuando estaba a un metro de mí, Melissa salió y le arrojó el agua bendita a la bestia. Se retorció de dolor, aparentemente, y gemía. Era una escena escalofriante; le salía humo de su cuerpo, y estaba ahí parado nada más, con sus piernas en un ángulo de 90 grados.

—¡Ezio! —gritó Melissa, que ya se encontraba al pie de las escaleras.

Saqué mi crucifijo y tomé vuelo. Corrí hacia Belial, y me deslicé. Mientras pasaba entre sus piernas le clavé el crucifijo en el muslo. Pareció dolerle bastante, pues sólo escuché más gemidos de dolor.

—¿Qué estabas esperando? —me preguntó enojada.

—Lo siento, no supe qué hacer. Todo fue tan rápido.

—¡Anda, vamos!

Corrimos hacia arriba tan veloz como nos fue posible. ¡Olía a rayos! Pero eso en realidad no era importante en ese momento.

—¡Esto es un desastre! ¿Dónde está el Udjat? —Belial había dejado mi habitación hecha un desastre—. Tú busca aquí, yo me iré a aquel rincón a intentarlo, le dije a Melissa.

No había nada. No podíamos encontrarlo. El sonido de Belial reincorporándose se hacía escuchar en la parte de abajo.

—¡EZIO! —gritó Belial.

—Sabe tu nombre, Ezio, ¿por qué?

—No lo sé. Necesitamos seguir buscando, Mel. —Ya nada era más importante que encontrar el Udjat. Ni siquiera escuchar a Belial subiendo a traspiés por las escaleras.

Bajo un montón de escombros, pude distinguir la empuñadura de piel bordada en oro, y el singular cuadro dorado con las cruces grabadas; ¡era mi espada! La tomé y la desenvainé imponente.

—¡Ezio, lo encontré! —dijo Melissa, con un tono esperanzador.

—¡Cuidado, Melissa! —le grité al ver a un enfurecido Belial detrás de ella. Fue muy tarde: Belial atravesó con sus garras la espalda de Melissa, hasta que por su pecho, salían con su corazón, dando sus últimos latidos. El Udjat cayó al piso mientras la sangre de Melissa corría a través de él.

—¡¡No!! —grité, anonadado por los sucesos. Belial sacó sus garras del cuerpo de la pobre Melissa, quien cayó inmóvil y con los ojos muy abiertos al piso. Yo tenía la espada empuñada con ambos brazos, mis venas se marcaban por todo mi cuello. Me sentía débil, desprotegido, furioso. Quería vengar a mi novia.

—¡A ti te voy a llevar conmigo, escoria! —me dijo Belial, con el crucifijo aún encajado en su pierna.

Tan pronto se abalanzó sobré mí con sus garras, hice un movimiento para esquivarlo, y cuando pasaba por su lado le corté el brazo con mi espada. Ahí estaba, la bestia gritando de dolor. ¡Se lo merecía!

—¡Espero que lo pienses dos veces antes de meterte con la escoria, porquería infernal! —E inmediatamente después de dichas estas palabras, abalancé mi espada contra el Udjat, que se destruyó, lanzando sus partes por toda la habitación. Clavando el ojo justo en mi pecho. No sentía dolor, no sentía nada… sólo miraba cómo mi camisa goteaba ya con mi sangre.

—¡Ingenuo! ¡Voy a volver! Te lo a… —Corté la cabeza del Belial con mis últimas fuerzas.

Su cuerpo se incineró entre las llamas que lo consumieron, yo tiré mi espada y caí sobre mis rodillas. Me agaché un poco y le di un beso al cuerpo sin vida de Melissa.

—Al menos no estaremos separados jamás —le dije, y me desplomé en el suelo cayendo a su lado—. Nos vemos del otro lado —me despedí.

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