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Los primeros rayos del alba se abrieron paso entre la intensa niebla hasta iluminar con un tenue resplandor los aletargados ojos del hombre que yacía, semidesnudo, sobre la hojarasca del cementerio. Este leve resplandor fue suficiente para despertarle, e inmediatamente se revolvió sobresaltado al darse cuenta de lo que había ocurrido. Como ya tantas noches, se había escabullido dentro de algún olvidado cementerio, pala en mano, para yacer con alguno de sus habitantes. Sin embargo esta vez, quizá por la confianza que da la costumbre, se había rendido al sueño tras yacer con su silencioso amante, se dejó llevar por el sopor posterior al placer.

Inmediatamente se levantó y se puso los pantalones, buscando frenéticamente con la mirada a su compañero sexual de anoche. No lograba encontrarlo, y eso le ponía cada vez más nervioso ya que estaba convencido de que lo había dejado a su lado, cuando tras el coito cayó rendido sobre la húmeda capa de hojas que hizo las veces de cama. La tumba seguía abierta como el la dejó y la pala abandonada en el mismo lugar donde la arrojó horas antes, mientras se disponía a dar rienda suelta a sus deseos sexuales más profundos. Sin embargo su inconsciente amante, su enfermiza parodia de compañero sexual, había desaparecido por arte de magia.

Temeroso de lo que pudiera suceder si alguien había descubierto su despreciada tendencia sexual, se abalanzó frenético sobre los arbustos tras la tumba, arrancando hojas y ramas como un torbellino y haciéndose sangrar manos, brazos y piernas. Pero allí no había nada. El cementerio era pequeño, pero estaba muy descuidado y el follaje crecía por doquier, lo que junto a la densa niebla que había acompañado el desafortunado amanecer de aquél hombre hacía prácticamente imposible una visión clara del área que le rodeaba.

Incapaz de pensar con frialdad, aterrorizado ante las posibles consecuencias de que alguien desvelara su desviación, corrió de un lado a otro buscando ver asomar un pie huesudo o una mano putrefacta de algún arbusto, detectar la fuente del profundo hedor que ahora creía sentir levemente y que le había resultado anoche tan excitante, o encontrarse de bruces el cadáver en algún lugar cercano movido por quién sabe qué fuerza casual. Sin embargo su búsqueda era en vano.

De repente, se dió cuenta de que ya no sabía donde éstaba la tumba abierta de la que había partido, ni tampoco la salida de ese horrible lugar. El camposanto era pequeño y el lo sabía, pero la situación no era precisamente alentadora y su frenetismo no hizo más que aumentar. Sin poder acallar un quejido de terror, salió a la carrera hacia ningún sitio, buscando únicamente encontrar la salida de aquél pequeño infierno que parecía haber cerrado sus fauzes tras su entrada.

A pesar de que la incursión nocturna fue sencilla, ahora todo era muy distinto. El follaje parecía haberse incrementado cien veces, y también el tamaño de aquel lugar que ahora parecía infinito. Corriendo y tropezando con las lápidas, cayendo y raspándose con las ramas, el sudor y la sangre chorreaban por su cuerpo generando un desagradable olor que invadía su nariz cada vez que respiraba, ya fuera para poder seguir jadeando o bien para emitir desesperados quejidos.

De repente sus cuerpo se paralizó en un colapso nervioso, cuando sus ojos, nublados por el sudor y la sangre que goteaban desde su frente, no tuvieron otro remedio que contemplar la escena que a menos de dos metros de su nariz había aparecido, como llegada directamente desde el Infierno. El cadáver al que había poseído anoche se encontraba ante él, completamente erguido y balanceando lentamente su cuerpo, con su enorme mandíbula desencajada que parecía reír ante la pronta venganza, un gesto que hacía parecer a aquel cadáver monstruoso estar disfrutando al pensar en los tormentos que le aguardaban a aquel hombre en el único lugar en el que merecía acabar: el Infierno.

El corazón del hombre se detuvo, y con un leve quejido aspirado cayó al suelo, sangrando, con sus miembros retorcidos y sus ojos vidriosos. El segundo necrófilo, que había colgado el cadáver robado en la verja del cementerio y que se había escondido cuando oyó los ruidos, se irguió y sonrió. "¡Caray, qué suerte!." Dijo. "¡Uno fresco!"...

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