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El catorce de febrero es una fecha hermosa, ¿no amigo? Pues bien, te diré que sí. Si estás aquí, es que te interesa mi historia: la historia de un condenado a muerte, la de la mujer con la que pasaré el último de mis días y de nuestro romance.

Todo comenzó hace unos dieciséis años... Ella lloraba en su primer día de preescolar y yo la consolé, tan solo la tome de la mano y la obligué a seguirme hasta nuestra aula.

Esa fue la primera vez que la toqué.

Durante los siguientes años, ella evitó hablar conmigo; se avergonzaba y titubeaba, con nadie más que  conmigo, yo era especial para ella.

Cuando el tiempo pasó, ambos terminamos en la misma clase en un colegio. Poco a poco me acerqué a ella durante aquel primer año, hasta que la consideré mi amiga; también fue mi pareja aunque sólo en los bailes, a ella le gustaba bailar conmigo y yo lo sabía. Me sonreía mientras jugaba con su falda de flores; no he vuelto a bailar con nadie más.

Ella era tímida y eso la hacía débil, lloraba constantemente y era muy torpe pero eso la volvía linda, mas no todos pensaban igual... Poco a poco, nuestros compañeros la marginaron aunque yo jamás cambié mi actitud, supongo que desde entonces estaba destinado a quererle.

La ignoraban, la insultaban y la ridiculizaban; rompían sus útiles, los robaban, se los arrebataban. Ella no era mala pero en tan solo semanas la destrozaron a tal punto que en medio de la clase tuvo un ataque de pánico e incluso se orinó.

La orina mojaba sus medias y yo no podía hacer nada, las burlas resonaban y sólo quería alcanzarla desde mi extremo del salón y abrazarla, ponerla contra mi hombro y consolarla como el día en que hubo un terremoto; oír las burlas de mis amigos y compañeros me enfermó, los odié desde ese día.

Los siguientes años el abuso hacia ella aumentó de forma preocupante. Un día, ella consiguió una amiga, la chica nueva de la clase. Pero ella no era una buena persona...

Mientras comía, Josefa (como recuerdo que se llamaba esa niña) se me acercó y me dijo:

– Sebastián, ¿sabías que le gustas a Anna? –Escupí mi comida por la sorpresa; yo le gustaba. Fingí que no me importaba y esperé a que esa niña se fuera.

Tan sólo tenía nueve años pero ya sabía con quien quería pasar mi vida, no se me ocurrió nada mejor que confirmar aquello. Fui directo con Anna y le pregunté:

– ¿Es cierto que te gusto? –No respondió, pero sus mejillas sonrojadas y su hermosa cara de pánico me mostraron la verdad.

Al siguiente inicio de ciclo escolar no la vi, pregunté a mi madre y ella sólo me dijo que se había cambiado de escuela porque la habían empujado en las escaleras. La última vez que la vi tenía un moretón enorme en el brazo.

Con el tiempo me resigné a que no la vería más, que no volveríamos a bailar juntos, que ella no volvería a avergonzarse por dar un mal paso en un baile... Pero la seguía queriendo, jamás tuve una novia; me sorprendí atesorando su imagen de la época en que teníamos ambos seis años.

Nunca me di cuenta de que ella sabía dónde vivía, y que mi madre y la suya seguían en contacto; no hasta hace poco.

A mi casa llegó ella vestida con pantalones cortos negros y una blusa gris sin mangas, con una camiseta blanca con cuadros de líneas azules sobre esta. Su cabello llegaba hasta sus caderas...

Lloraba y en cuanto la reconocí la apreté contra mí.

Estando los dos solos en mi casa (que era propiedad de mi madre), no pude evitar la tentación; la tomé para mí, la castidad a la que nunca le había dado importancia terminó cuando decidí tomar todo de ella: su cuerpo, sus sentimientos, su inocencia, su virginidad; pasé mis manos por su cuerpo, fui el primero en ver la blancura de sus pechos, mis labios fueron los primeros que rozaban los suyos.

Ella, que era pura, fue mía; todo fue tan perfecto... Hasta que ella me dijo al verdad.

– He matado.

– ¿A quién? –Pregunté sin darle importancia aquello; ¿como podría hacerlo si ella me importaba tanto?

– Él era mi novio, pero ni siquiera lo había besado ni lo quería, pero se parecía a ti. –Esa confesión no me importó, no cambió mi opinión de ella pues yo la amaba, la necesitaba y la quería a mi lado. Ella se abrazó con más fuerza a mí y me dijo –Quiero matarte...

– Ah, no sé… –Fue  mi breve respuesta, la bese en la mejilla y le dije –Quiero pasar mi vida junto a ti, pero quiero que sea más larga... El tiempo no me basta para compensar estos años.

Con eso ideamos el plan perfecto, una forma de estar juntos y que ella pudiera tener la porción de "mi muerte" que necesitaba.

Salimos juntos una noche sin que ninguno de nuestros familiares o amigos supiera y encontramos a un chico como yo: misma forma de rostro, mismo largo de cabello, misma altura. Juntos, lo matamos.

Era un conocido de ella. Fue extraño... Era tan parecido a mí que podría ser mi hermano, fue como acabar conmigo. Ella lo ahorcó con sus manos cubiertas con guantes y yo le ayudé a cortar el cuerpo con una segueta. Le quemamos el cuello y la punta de los dedos y lo dejamos en una zona conocida por los cuerpos que abandonaban los traficantes.

Después de ese asesinato en equipo, hemos dejado las cosas por un tiempo.

No la he visto en unos meses y he hablado con mi madre para enterarme a través de los chismes algo de ella: se ha ido de casa. Ella vendrá, lo sé y volveremos a matar, hasta que ella este complacida.

Cuando ya no esté conforme con las imitaciones de mi persona, aceptaré mi muerte. Pero para eso falta mucho, no tengo una cara muy común pero es cuestión de buscar. Creo que mis familiares por ahora servirán, no estoy dispuesto a dejar a la mujer por la que he esperado años. Eventualmente, llegará el momento en que me matará, sólo espero retrasarlo lo suficiente.

Quizás si ha persuado de perseguir a nuestros antiguos compañeros... Creo que me encantaría escuchar a Josefa gemir de agonía, y a ella también le encantará.

En este hermoso día de San Valentín tengo el regalo perfecto para mi amada: una chica de nombre Josefa para jugar un rato.

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