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20:52 31-10-2008.


El Crematorio

¿Has escuchado alguna vez el crepitar que producen los cuerpos en el crematorio?¿Has visto como se mueven y gritan los muertos mientras se están consumiendo en las llamas? Yo lo he visto y juro por Dios,(si existe), que no quiero volver a tener aquella experiencia del crematorio del Cementerio General.

Estábamos varios estudiantes en el funeral del padre de una condiscípula y por esas cosas de adolescentes nos separamos del grupo al acabar éste, tan sólo para probar nuestro valor entrando a las criptas que estaban abiertas, mientras los otros contaban hasta cien. Luego salíamos corriendo por los pasillos del cementerio, riendo y gritando, sin saber que alborotábamos el descanso eterno...

Éramos, como dije, adolescentes y en esa etapa todos saben que se transgreden fronteras, que después nos pasarán la cuenta.
De pronto, entre el griterío y las risotadas, escuchamos a lo lejos o traído por el viento, que sé yo, unos gemidos lastimeros: Era una procesión fúnebre en dirección al crematorio.

Quedamos sin aliento al ver pasar el ataúd sobre un carro que emitía chirridos que se ahogaban en el Cementerio, tirado por el encargado de las fosas y tras de él, una mujer de riguroso luto que ocultaba su cara tras un velo calado que caía de su sombrero. Nadie más iba en el triste cortejo.

Uno de nosotros, a éstas alturas no recuerdo quién, tuvo la idea de seguir el funeral como si fuésemos parte de la familia y así poder ver desde platea la cremación.

Nos colocamos uno a uno tras la mujer que en ningún momento se volvió a nosotros (seguía en su lastimero llanto) y avanzamos paso a paso, aguantando con fuerza la risa que escapaba nerviosa de nuestros dientes entrelazados; más allá se divisaba el crematorio y un olor extraño nos invadió.

De pronto, nos detuvimos y el hombre que había arrastrado el carro, nos miró sorprendido, pero continuó en su faena:

Abrió una pesada puerta de metal y tiró desde el horno una especie de bandeja que tronó y nos hizo sobresaltar; allí de manera muy fácil como si fuera un muñeco, tomó el cuerpo que había sacado, no sé en que momento del ataúd y lo colocó sobre aquella bandeja, para luego introducirla de nuevo. Se volvió hacia la mujer y le preguntó con voz acostumbrada:

- ¿Metal o vidrio? Creo que ahí fue donde dimensionamos en lo que nos habíamos metido, pero ninguno se movió. Hubo un largo silencio, donde se podía escuchar la respiración de cada uno de nosotros. La mujer contestó de forma extraña:

- ¡Viiidriooo!.

El hombre nos miró (quizás siempre pensó que éramos parte del funeral) y como nadie dijo nada, se encojió de hombros y en vez de cerrar la pesada puerta, jaló desde arriba de la entrada del horno un cristal que selló, con cuatro abrazaderas, en forma de cruz, dejando ver el cuerpo que se anidaba dentro. Luego, se agachó y dijo algo que no entendí, para luego dar paso al fuego que poco a poco comenzó a consumir el cuerpo.

Nos agrupamos junto a la mujer y ésta levantó su velo: Tenía su rostro cubierto de golpes, totalmente amoratado y lleno de cicatrices que no opacaban el brillo intenso y malicioso de sus ojos.Yo iba a retirarme junto a algunos amigos y el hombre desaliñado, cuando la mujer exclamó eufórica:

- ¡Te lo dije, Aliro; un golpe más y estarías muerto...!

Quedamos en silencio contemplando la escena y fué ahí, en ese mismo momento, cuando escuchamos un alarido espantoso, seguido de golpes secos; nos miramos y sin mediar palabra dirigimos nuestras miradas hacia la puerta del horno.

Allí, entre las llamas se retorcía feroz el cuerpo del hombre; gritaba, como un loco,s e sentaba y se recostaba como un animal embravecido; estiraba sus brazos y golpeaba con fuerzas el vidrio mientras era consumido por el fuego; se revolcaba gritando, sí, gritando; creo que dijo un nombre, pero... No lo recuerdo bien. Jamás había estado tan asustado...

Todos estábamos petrificados. Como si de ello dependiera su vida, el sepulturero trató de cerrar con todas sus fuerzas la puerta de metal, pero el hombre muerto ya había roto el vidrio y comenzaba a sacar sus quemadas y sangrientas manos por la puerta.Todos gritamos, algunos salieron corriendo, pero aquella mujer se quedó impávida ante el espectáculo.

El sepulturero, logró cerrar la puerta de metal y cerrar el candado; dentro se oía el grito desgarrador y los golpes del cadáver que lentamente se fueron ahogando para dar paso al crepitar del fuego. El olor que habíamos sentido al llegar, se hizo más intenso...
La mujer, respiró hondo, dio las gracias a todos y se marchó.

Nosotros quedamos estupefactos; sin decir nada, nos retiramos del cementerio.

Comenzamos a sentir un murmullo escabroso que no puso los pelos de punta; miramos en todas direcciones, pero yo no ví nada; sólo sentía aquel olor putrefacto en el ambiente que me quedó en el cuerpo por varios días.

Ésto ocurrió cuando tenía 16 años. Hoy,a los 89,aún siento el crepitar de las llamas, ese olor que inunda mi habitación y el grito y los golpes secos que me sobresaltan cada noche. Sé que es el cadáver del crematorio...

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