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Fondos-noche-estrellada
ESTO OCURRIÓ hace más de sesenta años, en Sauce Norte, municipio rural de Entre Ríos. En ese lugar Don Luis tenía una estancia de varios cientos de hectáreas, que dos veces por semana visitaba en su flamante Ford A.

La estancia se encontraba rodeada por bosques de eucaliptos y contaba con una granja y una modesta plantación de lino, atendida por un capataz y seis peones. El día que ocurrieron los hechos, el Ford había sufrido un desperfecto mecánico en el camino, por lo que Don Luis llegó con retraso a la estancia.

El Sol ya había comenzado a caer y las sombras de los eucaliptos cubrían gran parte de las plantaciones. Don Luis se apeó del vehículo y uno de los peones nuevos corrió a abrir la tranquera. Cerca del lugar había una vieja trilladora, donde unas gallinas se habían acurrucado a la espera de la noche.

Y entonces sucedió algo muy curioso. Las gallinas despertaron y comenzaron a aletear enloquecidas. Salieron disparadas en distintas direcciones, y Don Luis creyó que un perro o algún otro animal las había espantado. Pero en los alrededores no había nadie, aunque una niebla súbita había surgido de las entrañas del suelo.

“¿Qué es eso, patrón?”, preguntó el peón nuevo, señalando hacia una sombra que se les acercaba.

Y entonces los hombres contemplaron, aterrorizados, una figura blanca que surgía del granero y enfilaba corriendo hacia ellos. Aunque en realidad no corría, porque sus piernas permanecían inmóviles flotando a unos diez centímetros del suelo.

La figura llegó a la tranquera y de repente se esfumó, dejando un rastro de niebla detrás de sí. Don Luis comenzó a santiguarse y a rezar un avemaría. Al rato llegó el capataz, quien al escuchar la historia asintió muy serio.

“Siempre, en esta época del año, sucede lo mismo”, explicó.

“Se trata del Romualdo Reyes, un antiguo peón, viejo compañero mío, que hace mucho murió decapitado. Una plancha de acero cayó del techo del granero y le cortó la cabeza. Yo no estaba presente cuando ocurrió, pero dicen que el cuerpo de Romualdo corrió sin la cabeza unos diez metros antes de caer. Llegó a la tranquera y ahí quedó, aferrado con ambas manos a los alambres”.

Cuando Don Luis le preguntó qué habían hecho con el cuerpo, el capataz señaló hacia el bosque de eucaliptos.

“Lo enterramos ahí. Aunque nunca pudimos encontrar la cabeza. Había unos perros al momento del accidente, y supongo que se la llevaron. Creo que por eso el espíritu del pobre Romualdo no puede descansar en paz”.

Pero Don Luis se manifestó escéptico ante la teoría del hombre:

-Discúlpeme que disienta con usted, pero mi difunta madre, Dios la tenga en Su Gloria, era curandera y me enseñó muchos de los secretos del más allá, por lo que algo conozco de estos asuntos- dijo con parsimonia.

-Y sé muy bien que los espíritus no se preocupan por la suerte de sus osamentas. Si persisten en esta tierra, es porque algo importante les quedó pendiente y por lo tanto se niegan a marcharse.

-Y entonces, ¿qué es lo que cree que sucede con el espíritu de Romualdo?

-Traiga un farol y una pala- ordenó decidido Don Luis.

-Iremos al bosque y desenterraremos los huesos para averiguar la verdad.

El capataz, tragando saliva, asintió. Al rato regresó con lo que su patrón había solicitado, y juntos fueron al bosque. Buscaron el viejo sepulcro, señalado con una cruz desvencijada al pie de unos eucaliptos añosos, y se pusieron a excavar.

Al cabo de una hora de duro trabajo, se encontraron con un esqueleto sin cabeza, envuelto en unos harapos roñosos. Don Luis volvió a santiguarse y comenzó a rebuscar entre los restos.

Y al rato, de uno de los bolsillos del pantalón podrido del muerto, extrajo un papel recubierto en celofán. Era una carta, y comenzaba así:

“Mi querida, mi amada Francisca…”

Leyó en voz alta, bajo la luz del farol. Era una desgarradora declaración de amor, escrita por Romualdo. El desafortunado peón estaba perdidamente enamorado de una mujer llamada Francisca Angerama; aparentemente pensaba entregarle la carta el día que murió.

Don Luis plegó la carta y se la dio a su capataz.

-Éste es el verdadero tormento de Romualdo. Ahora sólo habría que darle la carta a esa tal Francisca, si es que aún vive, y entonces el pobre peón tendrá su merecido descanso.

-Yo se la daré- dijo el capataz, guardándose el papel en la camisa. Don Luis le dirigió una mirada de sorpresa.

-¿Usted conoce a la mujer?

-Claro- dijo el capataz, y esbozó una sonrisa melancólica.

-Francisca es mi esposa. Esa misma noche dejó la carta bajo la almohada de su mujer, y desde entonces el espíritu de Romualdo no volvió a verse en los alrededores.

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