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-María, hermana, ¿qué estás haciendo acá? Creí que…

-¿Que estaba muerta? Pues no, no lo estaba, Juan.

-¿Cómo has estado hermana María? – Preguntó sospechosamente Miranda.

-Tú no eres Miranda- dijo –, Sofía tampoco eres, mucho menos eres mi hermana Diana.

-María, entonces, ¿quién es este? – interrogó Juan.

-Este es…

-Señores, olviden la conversación, debemos continuar con el exorcismo.

-Perdón, señor sacerdote, pero es que ella es a la que llamaba este demonio.

-Jajajaja, se puede sentir en el aire. Se puede oír en tus palabras. Puedo ver en ese rostro varonil el miedo que te provoco… jajajaja- Se burlaba aquel ser.

-¡Astaroth! – Dijo María- Lo único que te pido ahora es que dejes en paz el cuerpo de esta joven. Y libera las almas de Sofía, Miranda y… también la de mi hermana Diana.

-Te puedo dar las de las 2 primeras condenadas que nombraste, pero a Diana, ¡jamás! Te olvidas que me regalaste su alma, en vez de la tuya, por… no sé… ¡un amor que ni siquiera funcionó! Luego de asesinar a esas 3 chicas sin culpa.

-¡María!

-Cállate.

-¿Cómo pudiste vender el alma de tu hermana solo por alguien que ni siquiera te amaba? Y encima asesinaste a esas chicas. ¿Por qué? – Llorando decía Juan

Los exorcistas quedaron sorprendidos.

-Lo hice por amor, Juan. Además, ella nunca me dio eso. Jamás me demostró afecto y merecía la muerte y algo más.

-Es que tú no eres nadie para juzgar su alma, su espíritu, ¡nadie!

-Jajajaja, ¿si no es él crees que no será nadie, Juan?

-No.

-Eres un sinvergüenza, jajajaja... ¡Ahhh!

-Por Dios, por el espíritu de Jesús yo te ordeno irte de este cuerpo- Repetía el exorcista.

-Nadie me lo manda.

-¡Yo te expulso! – Dijo otro. A la vez que el maléfico demonio "Astaroth" gritaba con furor blasfemias.

María, totalmente con odio, se abalanza hacia Miranda (Astaroth) y comienzan a golpearse. Mientras que el cielo se comenzó a tornar de un gris total, y un viento enorme invadía la sala. Los exorcistas, asustados, continuaban rezando al igual que Juan.

-¡Muere! (Tomando con las manos una cruz puntiaguda le traspasa el corazón).

-¡NO!- grita Juan – ¿María, por qué lo hiciste? Ahora ellas y Diana jamás serán libres.

-(Llorando) Acabé con lo que una vez comencé, mi trabajo está hecho.

Pero el demonio a un continuaba vivo y sacándose la cruz del corazón. Se lo traspasa por la cabeza a María y ésta si muere al instante. En ese momento, una brillosa luz cubre el cuarto y un espectro terrorífico se asoma. Juan trata de reconocerla, pero era inútil saber quién era. Era nada más y nada menos que Diana, su pequeña hermana, ahora ya grande. Muy penosa, se acerca los cadáveres de María y el de Miranda.

-María, hermana, no te imaginas el dolor que me hiciste pasar, nunca te lo perdonaré. Merecías la muerte y mucho más, Sofía, perdón. Jamás quise lastimarte ni condenar tu espíritu, pero estaba asediada por aquel demonio que ahora ya se ha ido, y con ustedes. En tanto a ti, Miranda, todo fue mucho peor, te la pasaste sufriendo. Ese demonio se hizo pasar como tu amiga imaginaria utilizando mi nombre y mi apariencia. Mis más sinceras disculpas, pues ahora tú, estás condenada también…

-¡Diana! Te acuerdas, de mí, soy yo tu hermano Juan

-Sí, por supuesto, te amo hermano. Perdóname tú también, pero no creas que me iré. Estaré más cerca de lo que te imaginas.

-Ay, hermana Diana. – Decía.

-Hasta luego.

La luz se apagó y todo volvió a la normalidad. Los exorcistas que se hallaban desmayados despertaron y, muy espantados, se alejaron del lugar. Saliendo ante el terrible desastre en la habitación de aquel antiguo convento.

Afuera estaba mucha gente, prensa y curiosos intentando enterarse de alguno de los sucesos. Juan se encontraba confundido y por la misma razón se acerca al cuerpo de Miranda. ¡No era posible! Esta no tenía ni un solo rasguño, ya no sangraba. Poco a poco ella se levanta.

¡Pumm!

-Señor Juan, soy yo el abogado Pedro, ¡déjeme entrar!

-Adelante, pero llame a los paramédicos, hay un herido y un muerto. Apúrese.

Las horas transcurrieron y la noticia volvió a recorrer esta vez el mundo entero, que ya sabía lo que había pasado. Por otro lado, Juan se hallaba en el hospital esperando junto al abogado Pedro noticias de Miranda. Entonces llega el doctor acompañado de la joven.

-La jovencita está dada de alta, no tiene nada por qué preocuparse.

-Muy bien. – Contesta Juan.

-Bien, ¿pero y tus padres, niña?- Interroga el abogado de la familia del alcalde

-No sé, aún no llegan.

-No te preocupes, yo la llevo a su casa.

-No, Juan, ella debe ir al internado. Después será trasladada a la carcelera por los cargos que se le acusa.

-Lo sé.- dijo Miranda.

-Yo la llevaré en un momento, así que puede irse. Debo conversar con ella.

-Está bien. Recuerda que afuera está la prensa,por favor, deben tener cuidado.- Dice el abogado

-No te preocupes.

-Bien.

El abogado se retira.

-Señorita Miranda, esto ha sido muy terrible. Perdimos los espíritus de 3 personas, Sofía, María y el espíritu de…

-De Miranda.

-¿El tuyo? No puede ser

-Digo que el de Miranda también se fue.

-Entonces tú eres.- Intrigado dice Juan.

-Mamá.

-¡Diana!

-La misma, te dije que no me iría.

A la mañana siguiente, no se sabía nada de ellos. Ni una información. Según los doctores, ellos salieron a las 4 de la tarde, y ya no se les había vuelto a ver. Se les buscó por aproximadamente 2 años en vano, sin hallar respuestas a sus interrogantes. El exorcismo realizado se había olvidado y la historia se alejó a medida que pasaban los años. Hasta la noche de un 20 de mayo, unos jóvenes estudiantes se instalaron en la selva de campamento y completamente aterrorizados presenciaron aquel hallazgo. Eran los cadáveres del abogado Juan y la señorita Miranda. El del abogado se podía presenciar la asfixia, mientras que lo más espantoso fue el del otro cadáver: Miranda estaba atada con las raíces de los árboles y había sido cruelmente golpeada con unas escrituras en el abdomen que decían:

“Fui liberada de la maldición, pero ahora yo me encuentro atada ante a mi perdición”

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