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Juan era un muchacho de unos veinte años. Tenía una fascinación por las historias de terror y le encantaba escribir. Vivía en una ciudad del sureste de México, pero por motivos académicos. Transcurría la noche de aquel frío 29 de diciembre del 2013; Juan había estado toda la tarde, desde que cayó el sol, viendo vídeos de terror en una página muy popular de internet y leyendo creepypastas en otra. Sus vacaciones no era aburrida,s pero a él le gustaba hacer esto todas las noches.

La noche específica del 29 de diciembre, él se encontraba escribiendo en su computadora, con música clásica de fondo, cuando sintió la necesidad de fumar un cigarrillo. Se levantó y cogió su cajetilla pero esta estaba vacía; el joven no tuvo más remedio que salir a comprar un nuevo paquete de cigarros, y no era muy tarde, eran aproximadamente las 10: 30. Tomó su dinero y salió.

Las calles que este joven recorría no eran las de una ciudad, sino las del pueblo donde hubo nacido, un pueblito que el conocía muy bien. Algunas tiendas ya estaban cerradas así que se las tuvo que arreglar para encontrar un lugar donde comprar sus codiciados cigarrillos.

Compró sus cigarros y encendió uno. Caminaba de regreso a su casa, la cual no se encontraba muy lejos por ser un pueblo pequeño, pero antes de llegar, en un parque que está una esquina antes de su hogar, se sentó a terminar su cigarrillo. 

En aquel parque era bien sabido que los indigentes se reunían para dormir y más con aquel clima tan frío que azotaba esa noche. Juan se terminó el cigarrillo, lo arrojó al suelo y lo piso para apagarlo, por alguna razón él siempre miraba al suelo cuando hacía esto; cuando Juan levantó la cabeza, frente a él y de una manera muy escalofriante, había un vagabundo. Juan se asustó por un momento pero recobró la compostura rápidamente.

El extraño hombre que Juan nunca había visto, o, al menos no le parecía familiar, lo miró por unos segundos y le pidió un cigarrillo. Juan tomó su cajetilla y le dio uno. Cuando el joven se dio la vuelta para ir a su casa, aquel hombre le dijo: "¿Por qué no te fumas unos conmigo?" Juan se volvió por unos momentos y le dijo que no,que ya era algo tarde y hacía mucho frío, que él debía volver a su casa. Las luces de la esquina parpadearon un poco. El hombre sonrió fríamente. Juan se dio la vuelta y emprendió el camino a su casa, la cual estaba muy cerca.

No pasaron ni diez segundos para que el muchacho se diera cuenta que, por más que caminara hacía su casa, y, aun teniendo a esta a la vista, el camino solo se hacía más y más largo. Trató de correr pero el resultado era el mismo. De repente las luces de toda la calle comenzaron a parpadear; aquel lugar ya no parecía el pueblo que él conocía.

Juan escuchó unos pasa detrás de él, pero no eran unos pasos cualquiera, se escuchaban como sonidos de pesuñas, los cuales hacían ecos por toda la calle. El muchacho miró hacía atrás y a lo lejos pudo distinguir a un hombre que caminaba en dirección a él, pero solo se podía distinguir una gran silueta negra, ya que cada vez que este hombre estaba a punto de pasar por debajo de un poste de luz, este se apagaba.

Juan se asustó mucho y trató de correr lo más rápido que pudo a su casa. Sentía la presencia del hombre a sus espaldas pero no avanzaba de aquel lugar. Miró de nueva cuenta hacia atrás, pero el hombre ya no estaba; regresó su vista adelante y ahora aquel misterioso hombre se encontraba frente a él, pero a unas cuantas esquinas, solo distinguible por la tenue luz de la luna.

El hombre seguía caminando a lo lejos, acercándose al pobre muchacho que estaba muerto de miedo. Juan estaba a solo unos cuantos pasos de su casa y aún así no podía llegar a ella. El sonido de las pesuñas regresó a la calle y se hacía más y más fuerte. Todas las luces se apagaron y Juan solo podía saber que el hombre venía por el sonido de las pesuñas, ya que el joven había cerrado los ojos.

Juan sintió cómo el hombre se paraba delante de él. Escuchó una voz que se le hizo conocida por unos segundos, la voz le dijo: "Levántate", "Saca dos cigarros y fúmate uno conmigo". Por la cabeza de Juan pasó el recuerdo de aquel indigente, pero no lo pensó mucho y sacó los cigarros, Juan seguía con los ojos cerrados. Extendió la mano y sintió como el hombre tomaba el tabaco. Se puso el otro en la boca y este se encendió solo. Juan fumaba y sentía cómo el hombre también lo hacía, ya que podía sentir su respiración. 

Todo era silencio, el único ruido era el de las inhalaciones de tabaco. Juan tuvo curiosidad y abrió un poco sus ojos. El hombre se encontraba frente a él pero solo pudo ver en esa gran obscuridad, tres puntos rojos y uno era la luz de aquel cigarro que se movía por la boca del hombre, los otros dos eran los ojos del extraño. Juan se asustó mucho y los volvió a cerrar.

Aquellos cinco minutos fumando ese cigarrillo fueron para Juan los más largos de su vida. Cuando por fin terminó, el extraño lanzó el cigarrillo al suelo, se escuchó una pesuña pisaba el suelo, como si estuviera apagando la colilla. Pudo oír un: "gracias, pero deberías dejarlo o podrías morir muy joven". Escuchó una risilla fría y toda la pesadez del ambiente y aquel frío macabro desaparecieron. Juan abrió los ojos y todas las luces de la calle estaban encendidas. 

Corrió a su casa y se encerró en su cuarto. Llegó el día 31 y la gente celebraba en las calles, todo era pirotecnia y música en aquel pueblito. Juan estaba callado y temeroso. Ya no salió de noche y mucho menos fumó ese día. Entró a su cuarto, dejando en la sala de su casa a toda su familia festejando. Miró algo extraño. En el escritorio de su habitación había un pequeño regalo. Lo abrió para darse cuenta que se trataba de una cagetilla de cigarros, lo cual era muy raro ya que nadie de su familia sabía aún que él fumaba. Abrió la cagetilla para darse cuenta que solo había dos cigarrillos en ella.

Salió a la calle y la lanzó con todas sus fuerzas. Se quedó parado un momento y miró con horror como los cigarrillos se encendían solos. Al fondo se escuchaba a la gente gritando la cuenta regresiva del años nuevo. Los dos cigarrillos se apagaron tan rápido como se encendieron; en su oído derecho y cerrando los ojos, escuchó como aquella voz le susurraba: "Me alegro que hayas dejado de fumar, ahora no morirás joven". La presencia desapareció y en el fondo se escuchó el grito de "FELIZ AÑO NUEVO" junto con fuegos artificiales y mucha felicidad. 

Solo han pasado cuatro días desde que empezó el año, cuatro días en los que Juan ha estado tentado a fumar un cigarrillo, una adicción tan arraigada no se va tan fácilmente, pero cada uno de estos cuatro días y durante las 24 horas de estos ha podido más el miedo que la adicción y Juan no ha tocado un solo cigarrillo. 

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