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–Papá, tengo miedo – exclamó, jadeante, el niño. Sus ojos dilatados y sudorosos, por la gripe, señalaban el armario –. El cuco nos está mirando…

–No seas tonto, Jona, no existe tal cosa como el cuco o el hombre de la bolsa. Solo son cuentos de la abuela para asustar a niños como vos – explicó el padre, mientras acomodaba las cobijas y daba una mirada fugaz alrededor de la habitación.

El niño esbozó, inseguro, una sonrisa.

El padre se levantó del borde de la cama y caminó hacia el armario. A mitad de camino, el chico le gritó:

–Está bien, papá. Te creo –. El padre sonrió –. Solo, hoy, no apagues la luz, por favor.

–De acuerdo.

Jonatán tosió y se retrepó en la cama. Dio una cándida mirada a su papá, se excusó con un bostezo y cayó, profundamente, dormido.

La gripe lo había golpeado fuerte, sus defensas aún estaban bajas. Necesitaba descansar.

El padre dio un último vistazo al armario, pero sin acercarse lo suficiente ya que negaba la posibilidad de que alguien se encontrase oculto dentro de tan pequeño espacio. ‘No seas iluso, no hay nadie en el ropero.’

Al mirar atrás y ver a su hijo ya dormido, decidió apagar las luces y esta vez, con mera intención, cerrar también la puerta, imposibilitando que la luz del pasillo se colase en la habitación. ‘Lo siento, Jona, pero ya estás grande.’ 

El padre meditó aquel pensamiento por un instante, pero click, sonó el interruptor, seguido del chirrido de la puerta de madera.

Ya en el corredor, Martín alzó la vista y se mantuvo pensativo; observaba una foto familiar que colgaba de un recuadro de marcos dorados sobre el muro color durazno. Era un pedazo de su vida, nítidamente capturado por el fotógrafo de la familia el día en que Jona terminó la infantería (apodo que solía utilizar para mencionar el pre-escolar); su hijo en el centro, su mujer a la derecha y él a la izquierda, todos con grandes sonrisas impregnadas en el rostro. Había sido un día muy placentero y memorable, el comienzo de una nueva etapa; el reemplazo de la bolsa por la mochila, el enterito verde por el guardapolvo…

–Mierda, crecen tan rápido… – se dijo en un sollozo, y emprendió la marcha. Salió del corredor y el sonido de sus pasos se fue apaciguando hasta desaparecer en las lejanías de la cocina, dejando a Jonatán indefenso, sumergido entre las sombras de su cuarto.

Al día siguiente, Martín fue sacado fuera de la cama por el desgarrador grito de su mujer. 

Corrió en calzoncillos, fatuo hacia ella. Sus ojos lagrimeaban al intentar enfocar la vista clara en el camino. Su cabeza aún se encontraba sobre las almohadas.

Al cabo de unos segundos, el lloriqueo desenfrenado de su mujer cesó de golpe, y logró despertarse por completo.

Ella se encontraba de rodillas frente a la puerta de la habitación de Jona, con los pelos enredados y el cuerpo bañado en lágrimas.

Parecía abandonada de sí misma.

– ¡Mi vida! , ¿¡Qué sucede, qué te pasa!? 

La mujer gimió para tragar saliva y contestar pero solo agachó la cabeza y se sentó sobre sus piernas. El cabello enmarañado le cubría el rostro y, con lo que pareció ser su última fuerza, alzó la mano, y con la punta de su dedo índice, empujó la puerta de la habitación.

Jonatán colgaba del ventilador, con ambas piernas mutiladas y una soga atada al cuello. El cuerpo se balanceaba, trémulo, hacia adelante y hacia atrás.

Una de las extremidades descansaba sobre el borde de la cama, donde el padre había estado sentado la noche anterior, segundos antes de haberle prometido a su hijo de siete años que no apagaría las luces. 

–Jo… - balbuceó Martín, intentando articular palabra, pero no pudo.

De inmediato, se abalanzó dentro de la habitación, tomó a su hijo de las caderas y lo descolgó sin delicadeza. Lo llevó sobre la cama .

Lo abofeteó en el rostro:

– ¡Despertáte, Jona, despertáte!...por lo que más quieras, ¡despertáte!

No hubo respuesta.

No había demostrado signos vitales en absoluto; Jona ya llevaba avanzadas horas como adorno de la muerte.

El padre rompió a llorar sobre el cuerpo mutilado de su hijo y desvió la mirada hacia la izquierda, con un movimiento lento y entumecido.

El ropero estaba abierto.

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