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Esta historia narra la leyenda urbana del monstruo de Margart. Margart queda ubicada en el departamento de Canelones, son muchas las hipótesis planteadas sobre esta leyenda, realidad o no a quedado en las mentes de los habitantes de canelones y a sido muchas veces contada.

HistoriaEditar

Margat es una pequeña localidad ubicada al noroeste de Canelones (Uruguay), equidistante a cinco kilómetros de la capital del departamento y de la ciudad de Santa Lucía.

En otra época fue bastante popular debido a su estación de trenes, y de hecho todo el pueblo nació y creció en torno a la actividad de esta estación. En la actualidad se desarrolla en la zona una versátil actividad comercial que va de desde apuestas horti-frutícolas y criaderos de pollos hasta una industria de aceite de semilla de zapallo.

Por esta razón es en ocasiones visitada por muchos turistas que llegan desde lejos a conocer tales emprendimientos y a llevarse sus productos.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, se desarrolla en Margat una vida muy apacible, en la que se mezclan sin alboroto las tradiciones criollas con las de los italianos y españoles.

No obstante, el día dieciocho de octubre de 1993 este silencioso paraje se vio drásticamente conmocionado por un episodio que lo convirtió en el centro de la atención mediática del país.

La noche de aquel día, don Guillermo Delgado, un vecino de la zona ya entrado en años a quien se recuerda recio, de pocas palabras y de carácter noble y humilde dio público un testimonio de un suceso extraordinario que le había tocado vivir:

Según dejó saber este señor en sus declaraciones, iba aquella vez cerca de la medianoche transitando tranquilamente en su caballo por las cercanías del arroyo Canelón Grande cuando en determinado momento, justo antes de llegar al puente sobre el arroyo Melgarejo, comenzó a escuchar unos sonidos extraños que provenían de la espesura del monte.

Al principio pensó que podía ser el lamento de algún gato perdido que maullaba de hambre o de miedo en la soledad.

No obstante, le bastó prestar un poco más de atención para comenzar a albergar la sospecha de que en realidad se trataba de algo diferente. Más aún, Delgado podría jurar que en el momento que lo sintió por primera vez aquello se parecía a una queja velada y entrecortada, como si se tratara de los sollozos de un pequeño bebé.

Preso de un sentimiento de profundo asombro, don Guillermo Delgado detuvo su caballo y luego de bajarse del mismo lo sujetó contra una de las estacas del alambrado.

No podía ver muy bien de dónde procedían los ruidos, pero como era un hombre de campo, y por ende sumamente diestro en el arte de seguir un rastro en la oscuridad, no tuvo inconvenientes en internarse entre los pastizales que bordeaban el camino de tierra en procura del origen del misterio.

Orientándose en la penumbra llegó hasta un montón de matas entre las que se encontraba un envoltorio de trapos sucios, que se movía vagamente. El hallazgo parecía no dejar lugar a dudas:

Aquel bulto de color blanco cobijaba a un niño en su más tierna infancia, casi un bebé, que lloraba bajito.

Desde lo más recóndito del alma le sobrevino a Delgado una gran ira ante el pensamiento de que aquel indefenso bebé, con frío y tal vez también enfermo, hubiera sido abandonado allí, en pleno chircal.

Ninguna criatura en su sano juicio, pensó, sería capaz de semejante barbaridad. Y como parecía obvio que una pena muy profunda lo aquejaba, pues el bebé lloraba con insistencia, y él no tenía idea de qué hacer para calmarlo, se dijo que lo mejor sería llevarlo lo más pronto posible ante alguna autoridad que pudiera hacerse cargo.

Sin más trámite, y con el corazón todavía estremecido por el descubrimiento, tomó la criatura en sus brazos, se subió con ella al caballo y comenzó a trotar hacia la localidad de Margat.

En el camino, Delgado comenzó a advertir algunas cosas raras. De hecho ya al levantar al bulto del suelo, le había llamado un poco la atención que el peso del mismo era muy débil y su consistencia demasiado blanda, como si no se tratara exactamente del cuerpo de un niño. Pero lo que más le impresionó, sin duda, fue escuchar que el llanto del bebé comenzó a desaparecer poco a poco, y que dio paso a otro de una naturaleza diferente.

No es fácil describirlos con precisión, pero a grandes rasgos el anciano dejó saber que consistían en una suerte de ronquidos de garganta completamente inhumanos, semejantes a los que producen algunas bestias enfurecidas.

Al darse cuenta de esto, y aún negándose a aceptar la evidencia que le presentaban sus sentidos, el anciano cedió al impulso instintivo de retirar un poco los trapos para ver el hallazgo con mayor claridad, cosa que hasta entonces no había hecho por temor de exponer al niño a los rigores del frío.

Abrió un poco el envoltorio entonces, pero no pudo advertir casi nada, pues aunque la noche estaba coronada por una gran luna llena, en aquel lugar el monte es muy cerrado y las ramas de los árboles no dejaban pasar la luz con facilidad.

En consecuencia, pensó que lo más conveniente sería salir de esas tinieblas y llevar consigo el bulto hasta la otra orilla, donde el panorama se presentaba más despejado. Así lo hizo, y durante todo el camino, mientras los cascos del caballo tronaban sobre el hierro y la madera del puente, don Guillermo Delgado continuaba escuchando aquellos ruidos desagradables.

Cuando por fin llegó a su destino, y quiso otra vez separar un poco los trapos mugrientos y arrugados para liberar al bebé, el anciano fue testigo de un cuadro que jamás hubiese podido imaginar.

Según dio testimonio Delgado, aquello que llevaba en sus brazos presentaba notorias diferencias con cualquier otra criatura en su más tierna infancia. La cabeza, por ejemplo, era demasiado grande para el tamaño del cuerpo, como si el cráneo padeciera algún tipo de malformación.

Su piel era dominada por una tonalidad blanquecina, y estaba impregnada de una sustancia gelatinosa. Su boca estaba un poco descolocada, y dejaba entrever unos dientes agudos y afilados. Y las uñas de sus manos y de sus pies eran desmesuradamente largas, como garras. Pero lo más terrible de todo eran los ojos de la criatura:

Un par de ojos rojos, semejantes a los de un gato, de aspecto siniestro y que centelleaban como candelas en la oscuridad. Ni bien terminó de abrir el envoltorio la extraña criatura atacó con ferocidad a don Guillermo Delgado.

Se abalanzó sobre él con sus garras y con sus dientes, provocándole algunas heridas en el rostro que el anciano conservaría por mucho tiempo. Ante esto, Delgado solo atinó a arrojar aquella diabólica criatura con sus trapos y todo muy lejos, tan lejos como le dieron las fuerzas. Luego, apuró las ancas de su caballo y salió disparando a todo galope en una dirección cualquiera, tratando de alejarse lo más pronto posible del lugar.

Poco más tarde, ya un poco más calmado, contó por fin lo sucedido a las autoridades de Margat, para que tomaran cartas en el asunto.

De este modo, su aterradora experiencia tomó estado público. La historia corrió como reguero de pólvora en Margat. No había por entonces un sólo habitante del pueblo que no conociera la leyenda. Tal fue la repercusión que muchos medios de prensa del país se hicieron eco de ella.

Las radios y los diarios de Santa Lucía, Canelones y Las Piedras llegaron hasta la localidad a realizar todo tipo de investigaciones periodísticas de lo ocurrido. E incluso se dieron cita también varios medios de prensa de Montevideo, que hicieron circular el relato de los extraños sucesos en primera plana por varios días.

Fue precisamente a raíz de esta conmoción que comenzaron a saberse una gran cantidad de datos sobre esta criatura, bautizada de una vez y para siempre como el "Monstruo de Margat".

Muchas de ellas, en su momento, fueron divulgadas en los medios pero también hay otras menos difundidas que puede conocer cualquiera que se tome el trabajo de conversar mano a mano con los vecinos del lugar. Entre las historias más conocidas se cuentan aquellas que tratan de explicar qué o quién sería el monstruo, y cómo habría llegado allí.

Una de ellas refiere que el monstruo de Margat es en realidad el misterioso sobreviviente de un extraño accidente ocurrido poco tiempo atrás.

Según cuenta esta leyenda, cierta vez un matrimonio viajaba en su auto por la ruta 11 junto con su pequeño hijo, que por entonces tenía apenas un par de meses de edad, cuando en determinado momento, y por causas que se ignoran, fueron víctimas de un accidente de tránsito.

Los dos adultos murieron en la ocasión, pero a pesar de múltiples investigaciones el cuerpo del niño jamás apareció. Según dicen algunos vecinos, este niño logró sobrevivir en el monte y es precisamente él, deformado por las heridas, el terrible monstruo del que hablan los habitantes del pueblo.

Otras hipótesis proponen la posibilidad de una broma. En efecto, pues como allí cerca –a unos 7 km., más o menos se encuentra un internado psiquiátrico conocido como "Colonia Echepare", hay quienes dicen que el monstruo de Margat podría ser en realidad una suerte de impostura montada por algún paciente con una deficiencia mental que logró escapar de la institución.

Probablemente este interno escuchó en algún lado la historia del monstruo y esto lo motivó a dar con el hábito de disfrazarse y esconderse al acecho en la oscuridad del monte a la espera de que pase la gente, y luego los asusta saliéndoles de imprevisto en su camino.

Pero más allá de los sentimientos encontrados de escépticos y creyentes, lo indudable es que hay muchos otros testimonios de gente en Margat que aseguran que el monstruo todavía anda dando vueltas por allí.

Entre los testigos más frecuentes de la presencia del monstruo se cuentan aquellas personas que durante las horas de la noche transitan ya sea por el puente Melgarejo o por el llamado "Puente Viejo", ubicado a pocos metros del anterior, como así también aquellas que circulan caminando y en bicicleta por las inmediaciones de la zona.

Muchos de estos vecinos aseguran que en reiteradas ocasiones como le pasó a don Guillermo 155 han sido atacados por la bestia, que los ha arañado o mordido en las piernas al salirles al paso.

Otros, cuentan que al oscurecer se pueden advertir por ahí toda suerte de pasos, gritos y ruidos extraños. Asimismo, hay quienes juran que a veces también se ve, aunque no con mucha claridad, a una extraña figura de baja estatura deambulando entre las charcas y moviéndose en secreto entre los pastizales. E incluso también hay testigos que afirman que en ciertas noches se puede advertir centelleando en la oscuridad el fulgor de sus amenazantes ojos rojos.

Por lo demás, la relación que se estableció entre el monstruo y los habitantes de Margat ha ido cambiando con los años. Al principio, por supuesto, la gente del pueblo asimiló con cierto escándalo la idea de que a su alrededor estuviera viviendo esa aterradora criatura. Más aún, hay quienes cuentan que cuando se hizo conocida por primera vez, la historia provocó cierta alarma o preocupación entre ellos.

Un buen ejemplo de esto el caso del propio Guillermo Delgado, pues es sabido que aquel encuentro produjo un impacto emocional tan fuerte en el anciano que, desde entonces, éste debió ser internado en un geriátrico o en una casa de salud de Canelones,donde ahora vive con más de ochenta años.

Entre los habitantes del pueblo, quienes resultaron especialmente impresionados y casi alterados por la historia fueron los niños.

Tal fue así que cierta vez, en la escuela pública del lugar, las maestras decidieron utilizar como excusa la leyenda del monstruo para que los niños hicieran algunos dibujos, con el propósito de que se liberaran así de sus miedos.

Aquella actividad sirvió para constituir un valioso archivo acerca de la imagen de la bestia que había en el imaginario de la gente de Margat. Estos dibujos todavía se conservan, la TV los ha mostrado en varias oportunidades y si uno los mira con atención verá que en todos ellos el monstruo, siempre de aspecto amenazante. Se parece bastante a la descripción que aportara don Guillermo.

Pero ahora las cosas son muy diferentes. Al margen de lo terrible que podría parecer el tener que acostumbrarse a vivir con la presencia de un monstruo rondando los alrededores, todos en Margat acabaron por aceptar la idea de que un nuevo visitante había llegado a ese pequeño pueblo y que tal vez no se irá jamás.

Se ha convertido incluso en una especie de referente para toda la gente de la zona, un atractivo turístico y una marca de identidad. Tal es así que, por ejemplo, en las despedidas de curso de fin de año de las escuelas, se suelen llevar a cabo algunas reconstrucciones de varias de las leyendas que lo involucran.

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