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El cielo ya se había oscurecido y llovía copiosamente. El agua se deslizaba por la pared de vidrio del consultorio; la pared cristalina separaba un patio interior donde algunas plantas temblaban bajo la lluvia.

Dentro del consultorio estaban Ortiz y su paciente. El paciente le comunicaba sus pesares, recostado en un diván de esos que usan los psicólogos; Ortiz tomaba notas en una libreta, tras su escritorio. Se sacó los lentes, dejó la libreta en el escritorio y le dijo al paciente:

- Le aseguro que lo suyo es solo una perturbación del sueño -afirmó nuevamente Ortiz-. Usted se despierta cuando aún está paralizado, como ya le expliqué, y por eso no puede moverse por un instante. No es que haya algo sentado sobre su pecho, nada de eso.

- Sí, sí, pero, ¿y si lo mío es algo diferente? No solo siento que no puedo moverme, también siento las patas de lo que me aplasta con su peso. Nunca me atreví a abrir los ojos, pero siento que esa cosa aproxima su cara a la mía. No oigo que respire, pero está ahí, a centímetros de mi rostro, seguramente sonriendo asquerosamente, y…

- No siga -lo interrumpió Ortiz-. Todo eso que se imagina solo contribuye a su confusión. Tiene que creer en mí, de otra forma las sesiones no servirán, ¿entiende?

- Comprendo, doctor, pero, ¿cómo usted puede estar tan seguro si no está ahí cuando duermo, cuando esa cosa aparece?

- Bueno, confío en lo que me han enseñado y en mi experiencia. ¿Sabe? Me ha dado una idea. Usted es el último paciente. Hoy pensaba quedarme algunas horas aquí leyendo un libro que publicó un amigo. Quédese y duerma un rato, yo lo vigilo. No le voy a cobrar nada extra, claro. ¿Qué le parece?

- No sé si podré dormir aquí…, pero me parece buena idea. Si aparece algo usted tendría que verlo, ¿no?

- Si hubiera algo, sí, pero no lo hay. Cierre los ojos y trate de dormir.

Ortiz comenzó a leer el libro. Fuera seguía lloviendo monótonamente y el agua se deslizaba sin cesar por el vidrio. El ruido de la lluvia era un susurro que invitaba a dormir, y contra lo que el paciente suponía, se rindió ante un sueño que lo dominó rápidamente.

Ortiz lo vigilaba cada tanto mirando por encima de sus lentes. El libro resultó ser bastante aburrido. Se acomodó mejor en el sillón e hizo un esfuerzo por mantenerse concentrado. De pronto le pareció que el texto no tenía sentido. Cuando miró hacia el paciente, había un monstruo peludo sobre su pecho. Tenía una apariencia simiesca, pero su cara era demoníaca, tenía dos cuernos retorcidos y el rostro oscuro. El monstruo volteó hacia Ortiz y sonrió repulsivamente.

El psicólogo nunca había sentido tanto terror en su vida, era como una descarga de locura, del miedo más puro. Pero como era un hombre fuerte de espíritu, reaccionó ante aquel terror. Tomó el libro y se lo arrojó al monstruo. Y en ese mismo instante se sacudió en el sillón como si hubiera caído en él, y al mirar hacia el paciente, ya no había ningún monstruo; el libro que creía haber arrojado estaba sobre sus piernas. ¿Había sido solo una pesadilla? Nunca lo supo con certeza, siempre le quedó una duda, porque desde esa noche el paciente no volvió a experimentar aquella sensación horrible.

Fuente: http://cuentosdeterrorcortos.blogspot.com

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