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Me llamo John Duck, y soy enterrador, en la necrópolis de Navea, con salida al mar a pocos metros de donde trabajo. Últimamente ya no entierro, prefiero el turno de noche, vigilar a los muertos para que ningún vivo les perturbe la paz eterna, su sueño hasta el fin de los tiempos. Hacía una semana que un compañero había enterrado a una joven damita de diecisiete primaveras, justo el día de su cumpleaños; y por la foto que pusieron bajo la cruz, era decididamente bella, bellísima en extremo, imaginando el resto de su lozano cuerpo, que debía ser muy apetecible.

A la octava noche de su sepelio hubo tormenta con gran aparato eléctrico. Numerosos rayos impactaron en las más altas cruces, y tales estruendos me produjeron una gran jaqueca. Cogí mi negro paraguas y salí del camposanto para dirigirme a la playa, llamada de los náufragos. Me senté en la empapada arena corriendo un riesgo muy grande, pues mi mente no quiso que me percatara de ello.

Las nubes del horizonte eran un espectáculo grandioso de verdad, pero dantesco, incluso pavoroso. Entonces, por donde el horizonte empieza a curvarse, apareció una dorada silueta iluminada por tenaces relámpagos. Se trataba de un gran velero, antiguo, incluso muy antiguo, como los que usaban los piratas de los mares del Caribe, como un galeón, sin duda alguna. Me froté los ojos por si estaba soñando, pero aquel poderoso barco se iba aproximando a la costa, hacia mí, inexorablemente.

Era hermoso, y dorado como el oro puro, y su numeroso velamen era de terciopelo morado resplandeciente. Se escucharon varias voces y botaron una chalupa, y a ella descendió por una escala de cuerda la sombra de un hombre que portaba una gran gorro... pirata. En pocos minutos tomó tierra aquella barquita de dos remos. Sin duda era el capitán del navío el que descendió a tierra, pero no tenía buen aspecto, no en vano su cara no tenía resto alguno de carne, pues era una calavera totalmente descarnada, aunque le asomaban por debajo del sombrero unos largos y finos cabellos plateados. Se detuvo ante mí, con los brazos en jarra...

¡Levantaos! me ordenó con firmeza irrevocable.

¿Quién sois vos? osé preguntar mirando su portentosa espada.

Soy en gran pirata... el piratón garfio de oro dijo llamarse mostrándome el brazo derecho bien desplegado del cuerpo.

¡Sus deseos, son órdenes, señor! exclamé poniéndome vertical y muy estirado.

Así me complace dijo sonriendo y mostrando sus brillantes dientes descarnados . Conducidme ante Lady Marianne, prestamente.

Pero señor... si está muerta y enterrada...

Enterrada sí, ¡bellaco!, pero duerme en un dulce letargo.
Vamos pues sin tardanza ni rodeo alguno, mi capitán.
Amablemente y como se debe de hacer, le conducí hasta su amada bajo tierra depositada.

¡Ya huelo su embriagador perfume, el de mi amada Lady Marianne! exclamó llorando por las cuencas vacías mientras miraba la foto sobre la tumba. Traedme una cruz, lisa, sin adorno alguno... ¡raudo!

Obedecí de nuevo y volví con ella, siendo de notable tamaño,y arrebatándomela de las manos, y dándole la vuelta, invirtiéndola, la extendió con su brazo con mano hacia la tumba...
¡Atrás imprudente! ¡Corréis grave riesgo si no os retiráis unos metros!
Con más aparato eléctrico aún, la pesada lápida comenzó a moverse hasta caer sobre el fango.

Entonces un rayo comunicó la cruz con el gancho de oro y el ataúd empezó a elevarse despojándose mientras de la tierra engusanada que la cubría, y mansamente se posó sobre la mencionada lápida. Con el garfio de oro rodeado de llamas fatuas abrió la tapa de la caja de pino podrido, mostrando a Lady Marianne en su sudario de seda.

¡Oh, mi dulce amada! ¡He regresado de entre los muertos! no paraban de caer rayos y centellas por doquier. ¡Haced vos lo mismo!

Perplejo me encontraba, por supuesto, observando aquella aberración de la naturaleza. Y ciertamente, la finada joven abrió los vidriosos ojos, incorporándose a continuación con parsimonia delirante.
¡Sí, mi amor! dijo ella con reseca y engusanada boca. ¿Habéis traído el galeón dorado?

¡Sí, mi adorada Lady Marianne! ¡En la playa de los náufragos nos espera, y con toda su tripulación al completo!

¡Llevadme prestamente en vuestros fornidos brazos!
Dicho y hecho. Fui tras la singular pareja sin hacer mucho ruido. Se subieron al bote y partieron hacia el formidable barco de oro, y en pocos minutos se perdió por la curva del horizonte, mientras les despedía diciendo adiós con mi paraguas aunque hubiera dejado de llover.

Regresé al cementerio para ver la tumba profanada por el piratón garfio de oro y arcanas artes del más allá, pero todo estaba en su sitio, como si nada hubiera acontecido. Pero he aquí, que sobre la lápida y bajo la inscripción de la difunta, ubicabase una nota manuscrita pegada por el agua, ya con la tinta muy corrida, aunque se podía leer con nitidez:

"El tiempo no existe.La realidad supera la ficción y no se puede explicar. La vida y la muerte son distintas e iguales al mismo tiempo.Solo perdura y es real el amor,que tampoco puede explicarse."

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