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No importaba cuánto corriese: mis piernas no se movían a suficiente velocidad. Parecían ralentizarse con cada paso que daba, mientras que mi pérfido atacante se movía a una velocidad alarmante mente rápida.


Las escaleras del sótano estaban plegadas en el techo, y no conseguía llegar a ellas por mucho que saltase. No lo intenté más que un par de veces, pues el monstruo aprovechaba que me quedaba quieta para cogerme y hacerme daño con sus grandes manos deformes.


Al ser pequeña tenía un punto a mi favor, al margen del tema de las escaleras: era escurridiza. No me ayudaba mucho cuando me aprisionaba contra una pared, pero sí cuando huía. No obstante, podría ser que él deseaba verme correr despavorida y tratar en vano de escapar, pues en ningún momento dejaba de reír despiadada mente con aquel sonido gangoso y chirriante. Sus ojos rojos brillaban con maldad.


Al verme acorralada en la esquina, traté de deslizarme desesperad amente hacia un lado, pero el cogió mi brazo y lo retorció contra mi espalda. Se rió ante mi aullido de dolor y me arrojó contra una estantería, que se desplomó encima de mí.


Me quedé muy quieta, esperando que pensara que me había desmayado o mejor, que estaba muerta. Pero el monstruo de permanente sonrisa era muy listo. Con un solo brazo quitó la estantería, dejándome al descubierto.


―¿Quieres jugar, Cindy? Yo sé juegos muy buenos ―canturreó con voz seca y relamiéndose los labios cortados.


Yo negué con la cabeza, temblando de arriba abajo. Mi vestido nuevo estaba cubierto de polvo y mugre, y mi labio sangraba a borbotones. Un corte en mi brazo latía de forma punzante. El monstruo se acercó a mí con una sonrisa tensa.


―¿No? Venga, Cindy, las niñas buenas deben hacer caso a sus mayores ―me amonestó haciendo crujir mis dedos bajo su sucia mano. Dejé escapar un chillido mientras derramaba lágrimas por el insoportable dolor―. Veamos, veamos, ¿a qué podemos jugar?

Mientras se lo pensaba, deslizó su espinosa lengua por mi rostro ensangrentado. Lo sentí como si fuera papel de lija. Tras unos angustiosos momentos, se separó y se dirigió al lugar donde guardábamos la caja de herramientas. Dejé escapar un gemido de miedo y ordené a mis piernas moverse, pero no respondían. ¿Estaban rotas? Estaba tan dolorida que no podría precisar de dónde venía exactamente el dolor.


El monstruo soltó una exclamación triunfante y se volvió hacia mí. Tenía en la garra derecha cinta aislante, inofensiva cinta aislante. Pero su mirada maliciosa me indicó que no pensaba hacer nada inofensivo. En la mano izquierda llevaba unas tenazas de hierro.


―Bueno, bueno, cómo nos vamos a divertir, Cindy ―informó poniéndome en pie y empujándome contra una silla. ―Pero primero hay que prepararte.


Retorció mis piernas hasta que no pude evitar dañarme la garganta con los gritos y él, satisfecho, las mantuvo en esa posición fijándolas a la silla. Supliqué que parara, pero el monstruo repitió el proceso con mis adoloridos brazos con aire complacido.


El dolor era insufrible. Debía acabar, tenía que despertar. El monstruo terminó de colocarme en aquella tormentosa postura y me paseó las tenazas por la cara.

―¿Ves qué bien? Ahora vamos a jugar.


Chillé como si me fuera la vida en ello y, gracias a Dios, desperté. Temblaba en mi cama como un perrito abandonado bajo una fría noche de lluvia, y mi frente estaba perlada de sudor. Me tomé un vaso de agua que había en mi mesita y abracé al conejito Bunny.


El sueño había acabado.


Me vestí con un vestido de manga larga que ocultó una vieja cicatriz en mi brazo y bajé a desayunar. Mamá había preparado gofres. Me senté en la silla de la cocina y esperé que me sirviera esa deliciosa comida.


―¿Qué tal has dormido, cariño? ―preguntó con voz neutral, como si lo preguntase por obligación. Yo, en mi ignorante inocencia de niña, no lo capté.


―Muy mal, mamá. He tenido un sueño horrible en el que un monstruo muy grande, feo y fuerte me hacía cosas feas ―la informé metiéndome un trozo de gofre en la boca.


Ella me miró como ida y suspiró temblorosamente. No le gustaba que le contara esas cosas, y por eso me ignoró. Cuando terminé de desayunar y me disponía a subir a mi cuarto, mi madre me detuvo.


―Cindy ―me llamó sin mirarme, fregando los platos. Su voz carecía de emotividad, era monótona mente escalofriante. ― Tu padre me ha dicho que se ha inventado un nuevo juego y que quiere compartirlo contigo. Baja al sótano. Ah, llévate esas tenazas de ahí, me ha contado que son importantes para el juego―dijo señalando como si nada a las herramientas de hierro.


La pesadilla había comenzado.

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