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Luciano apareció por allí a media tarde y le entregó gustoso la misteriosa tarjeta de plástico. El prelado le dio la mano mientras le miraba con orgullo.

- Sabía que podía contar con vuestra discreción. Es hora de devolver esto a su lugar.


Estuvo a punto de detenerlo para preguntarle sobre quién había robado esa información, pero se mordió la lengua porque quería alejar la atención de sí mismo lo máximo posible. Esperaría un par de días y luego entraría en la cámara. El que hizo esas fotografías seguramente vio la punta del iceberg. Él podía acceder al lugar donde se habían tomado las fotos de esa tarjeta. Lo que al principio era un simple juego de orgullo se convirtió en una obsesión por descubrir lo que tantos años había guardado la Iglesia. Nunca lo contaría a nadie, pero tenía que entrar y descubrir absolutamente todos esos secretos.

Los periódicos dejaron de hablar del misterioso espía del Vaticano apenas tres días después. Decidió hacerlo de madrugada aquella noche, se despertaría a las cuatro de la mañana y entraría cuando nadie más pudiera verle.

Cogió las llaves y fue con la sotana puesta, que le escudaba perfectamente en la oscuridad si es que alguien le veía acceder a la cámara. Ésta se encontraba en el interior de la catedral de San Pedro y a esas horas la plaza estaba completamente desierta.

Abrió los pestillos de la puerta de la sacristía y desde allí recorrió los inmensos pasillos de la catedral hasta llegar al enrejado que impedía el paso a los turistas, más allá de la capilla. No había tenido ningún encuentro, cosa que no le sorprendió ya que a esas horas hasta el papa debió terminar de rezar en su alcoba. 

Al fin alcanzó la puerta blindada que estaba tras varias rejas de seguridad. Era de madera reforzada con acero que tenía tres cerraduras. Las llaves estaban en su bolsillo.

Abrió con sumo cuidado de no hacer ruido cada una de las cerraduras y la puerta se abrió. Ésta chirrió en sus goznes y él se mordió el labio inferior deseando que ese estridente sonido no llegara a ningún vigilante. Para asegurarse de que nadie le pudiera descubrir cerró todas las puertas tras de sí y una vez dentro del almacén más secreto del mundo se sintió a salvo.

¿Cuándo fue la última vez que entró alguien ahí?


Probablemente el ladrón del que hablaban los periódicos fue el último y antes de él podían haber pasado años desde la última visita.

Él había entrado cuando se le asignó la tarea de salvaguardar las llaves del lugar. Nadie más que el papa sabía que él las tenía, sólo él podía acceder a esa cámara. Saberlo le dio tal inyección de adrenalina que deseó perderse el día entero enfrascado en todas aquellas curiosas lecturas que tenía entre manos.

Se acercó a la primera estantería y vio títulos en latín. Libros antiguos que no le llamaron la atención, probablemente eran los nombres de todos los cristianos que habían sido bautizados desde el principio de los tiempos del catolicismo.

Más allá se veían dos estanterías de metal oxidado donde reposaban carpetas y dossieres de cartón. Se acercó y leyó los títulos de algunos de ellos: Apariciones de la Virgen María en Laos, en México, en Europa... 

Abrió la primera carpeta y vio fotografías de un manantial donde, según decía, se había aparecido la Virgen a una campesina. La gente del lugar creía ciegamente en la veracidad de las apariciones pero el que redactaba el informe lo negaba por falta de pruebas milagrosas. 

Desechó leer más dossieres, seguramente no decían mucho más. La Iglesia mandaba a los más escépticos investigadores y por eso ninguna cosa se había aprobado desde Fátima. En total solo se reconocían tres lugares sagrados en los que la Virgen había hecho acto de presencia: Lourdes, Guadalupe y Fátima, y todos esos dossieres debían ser más de un centenar. Se preguntó hasta qué punto eran falsos testimonios o la Iglesia se había vuelto mucho más estricta y realmente todas esas apariciones fueran ciertas.

En ese rato se le había ido una hora y su reloj marcaba las cinco de la mañana. Si quería llegar a tiempo a los oficios de las seis debía salir en menos de una hora. Desde luego era interesante lo que encontró, pero estaba decepcionado. Aún no tenía algo que le sorprendiera de veras.

Pasó junto a armarios de libros antiquísimos, de más de cuatrocientos años. Abrió uno de ellos y vio nombres, fechas y lugares. En el título decía "Ordenaciones sacerdotales del siglo XVI".

-Dios santo, quién podría querer leer todos esos libros. ¿Y para qué los guardan?

Siguió paseándose hasta llegar a un cofre de madera y esquinas doradas. Vio una cerradura grande, como las antiguas y supo que debía ser una de las del pesado llavero que cargaba en su bolsillo. Probó una por una hasta que dio con la que encajaba y giraba. Levantó la tapa y se quedó mirando su interior con cierta confusión.

Había un libro y el resto eran cajas numeradas con números romanos. Estaban perfectamente colocadas. Abrió el libro y empezó a leer:

I-. Osario de San Nicolás.


II-. Pie derecho de Santa Teresa de Jesús.


III-. Relicario con la sangre de San Cristóbal. 

- Cielos, hay relicarios para fundar cientos de parroquias nuevas -susurró, aburrido.Cerró el baúl y continuó buscando. Le quedaban diez minutos, calculando la hora al ver su reloj. Por cada cosa que veía se le quitaban las ganas de seguir buscando.

Allí solo había libros muertos, objetos sin valor, no entendía por qué era tan grave que alguien hiciera fotos a un lugar tan deprimente.Se acercó a una vitrina de cristal y vio libros antiguos con títulos que no le llamaban la atención.

¿Qué esperaba encontrar?

¿Pruebas de que existían los extraterrestres?

Negó con la cabeza avergonzado por pensar tales tonterías.Hasta que llegó a una mesa con un ordenador encendido. Al lado encontró un archivador de tarjetas de memoria como la que robaron. Uno de los cajones en miniatura estaba abierto y se quedó asombrado cuando vio que la habían dejado dentro de la ranura de la máquina.

El monitor estaba apagado... Se le secó la lengua por respirar con la boca abierta, aquello era lo que protegió unos días atrás. Se preguntó si estaría desbloqueado y podría descubrirlo con tan solo pulsar el botón del monitor.

Sin perder un instante lo pulsó, movió el ratón y la pantalla mostró una carpeta abierta con múltiples fotos y un documento de texto. El título era:

"Investigación de los sucesos antiguos de la India". 

En 1921, en las excavaciones de Harappa y Mohenjo-Daro, se descubrieron multitud de cuerpos en una fosa común de una antigüedad de doce mil años. Según los escritos religiosos del Mahabharata. "El pasaje claramente habla del combate en los cielos y del rugido de bombas que estallaban en los continentes.", "Era una explosión desconocida como una gigantesca expansión de muerte, que redujo a cenizas la raza entera de los Vrishnis y los Andhakas. Tras unas horas la comida y los alimentos devastaron a aquellos que sobrevivieron a la explosión y los soldados intentaban lavar en vano su equipamiento y vestidos".

Tomás revisó el resto de documentos. Por este motivo se enviaron teólogos para esclarecer los hechos y dieran luz sobre lo que realmente ocurrió en ese lugar hace doce mil años. Según los científicos solo una explosión nuclear pudo causar ese grado de radiactividad en los cuerpos. 


En la siguiente página encontró fotografías de esqueletos e informes antiguos con imágenes extrañas. El resto eran entrevistas a los expertos que aseguraban que aquello no tenía el menor sentido. En el año diez mil antes de Cristo ni siquiera la civilización egipcia descubrió la rueda. Sin embargo allí les sacudió una guerra nuclear y además, las escrituras sagradas del Mahabharata, lo explicaban con inquietante exactitud.

Tomás tuvo que asimilar eso con calma.

No era algo tan extraño como para considerarlo secreto peligroso. Si era cierto no cambiaba nada ya que no era fácil de demostrar y además no tenía que ver con la Iglesia. Puede que tuviera algo que ver con las lluvias de cuarenta días que asolaron el mundo en el diluvio. En la Biblia se hablaba de un tiempo de pecado en el que Dios quiso borrar del mapa a la raza humana.

¿Y si no había sido Él el causante del diluvio, sino el propio hombre con esa guerra atómica?

Eso explicaría que una sola persona pudiera llegar a construir un arca tan grande. Solo hacía falta ayuda mecánica para conseguirlo. En cualquier caso, seguía siendo cuestionable y de difícil demostración. Entendía que la Iglesia investigara el asunto y que hubiera guardado silencio al respecto aunque no se perdería mucho si saliera a la luz.


- Un momento...

Una de las fotografías que era de un sacerdote católico estrechando la mano de Albert Einstein y la foto era del año 1944. El que estaba con él era el mismo que firmaba esos papeles. 


- No puede ser -susurró, sorprendido.


En uno de los archivos aparecían las firmas de ambos. La del célebre científico y la del sacerdote y era una presentación formal de los sucesos ocurridos en la India, doce mil años atrás. En el documento se relataba con detalle casi científico que en un tiempo antiguo existía algo capaz de destruir enormes zonas geográficas con armas basadas en uranio concentrado. 


Tomás se quedó estupefacto, eso sí era información delicada. La iglesia entregó a Einstein la clave para terminar con la segunda guerra mundial. La bomba atómica que diseñó se basó en esos documentos. Claro, ninguno de los dos, ni el sacerdote ni Einstein, podían augurar el alcance devastador de las armas que se diseñaron después. 


- Vaya, ni siquiera hemos sido nosotros los inventores de la bomba atómica -susurró, comprendiendo que en realidad la habíamos copiado de una civilización más poderosa que se extinguió a si misma hace doce mil años.

- Esto sí que hay que mantenerlo en secreto. Los que odian a la iglesia no dudarán en echarnos la culpa de los ataques a Japón.


Miró su reloj, eran las seis y media, se le había echado el tiempo encima y aún tenía tantas cosas que ver... Empezaba a ser interesante lo que encontraba.

Sacó la tarjeta de memoria de la máquina y la metió en el cajoncito del que la habían sacado. Abrió el siguiente y sacó la memoria, la puso en el ordenador y esperó a que se abriera el contenido. Por suerte no necesitaba claves.

La carpeta que se abrió tenía menos fotos y un documento llamado "El secreto de los Rosacruces".

-Intrigado lo examinó y vio que tenía tres páginas. Comenzó a leerlo ignorando el apremio de la hora. El documento hablaba de una orden secreta, una secta, que investigaba magia negra y heredaba conocimientos esotéricos que solamente enseñaban a los discípulos que hubieran superado las pruebas que se les imponía. Se les atribuía poderes sobrenaturales como visiones futuras, viajes astrales temporales... El que firmaba el documento aseguraba haber sido testigo de uno de esos viajes, el de su maestro, que había decidido documentar el futuro inmediato de la humanidad. El documento, fechado en 1978, estaba escrito a mano. Era un archivo escaneado y tenía una letra difícil de leer.

Se lo leyó entero y sonrió con escepticismo. Había adivinado la caída de Estados Unidos como primera potencia mundial a causa de la destrucción de las torres gemelas, las guerras contra Afganistán e Irak, e incluso había sido capaz de predecir la terrible crisis económica que asolaba a las grandes naciones, el surgimiento de China... Y llegando al 2012 el escrito se interrumpía con una misteriosa frase que no tenía mucho sentido para Tomás:

"En la Europa de los servidores del mal se alzará un líder al que todos seguirán y que llevará al desastre a la civilización, tal y como la conocemos." Y ahí terminaba el secreto.

- Menuda tontería -susurró Tomás, cerrando el documento.

Era tarde, sacó la tarjeta de memoria y la puso en su sitio. Luego extrajo la anterior y la colocó donde la había encontrado. Salió de la cámara y cerró tras él todas las cerraduras. Tenía que volver a las oraciones de la mañana, para dar la misa y, regresando a su rutina, se dio cuenta de que todos esos secretos estaban allí guardados por una razón: A nadie le importaban.

FIN

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