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Con cada día que transcurría la guerra parecía más eterna, y con ello, el sueño de regresar con su amada Victoria parecía cada vez más imposible para Christopher. Era un joven soldado de 22 años de edad, y apenas tres meses como recluta.

Su patria lo había separado de Victoria, su aún más joven prometida con quien se casaría cuando volviese a casa; los separaron una semana antes de su boda y todo se tuvo que posponer. Fue asignado al escuadrón 208, compuesto por simples campesinos inexpertos en los asuntos militares. Su sargento los guiaba y la experiencia que tenía era de sólo ocho meses.

No existía otra opción, los enemigos acabaron con los verdaderos soldados en demasiados frentes, se necesitaba reclutar hombres fuertes y jóvenes, al menos para servir de escudos humanos. Sus oponentes tenían armas superiores, soldados sádicos, fríos y calculadores, y su número los sobrepasaba por millones.

En sólo tres meses, los 300 hombres pertenecientes al escuadrón 208 se convirtieron en cincuenta, y en los veinte minutos anteriores una bomba dejó a quince de ellos heridos. Christopher acariciaba el gorro que le tejió Victoria antes de partir, recordando el día que la encontró haciéndolo.

Era otoño, un triste y frío otoño, Christopher partiría en una semana y había pasado los últimos días arreglando todo en lugar de disfrutar a su amada Victoria. Una mañana el canto de un gallo lo despertó, y se dirigió a la cocina, como cada día, para saludar a su esposa; al llegar notó que la mesa estaba completamente vacía y Victoria no estaba en la habitación.

Siempre que él llegaba a la cocina estaba sobre la mesa un cazo lleno de melón partido, servido por su amada como aperitivo antes del desayuno. Victoria era una cocinera excepcional, y que el cazo no se encontrase ese día le pareció demasiado extraño.

De pronto, un gran grito sonó; era de Victoria y venía del estudio. Christopher corrió preocupado de que su prometida estuviese en problemas. Abierta la puerta del estudio, miró cómo una gota caía de la mano de Victoria.

“Quería que fuera una sorpresa”, decía con su dulce voz, “pero torpemente me encajé la aguja y no pude soportar el dolor”. Victoria sostenía entre las piernas un gorro tejido completamente a mano. Estaba a la mitad, pero aun así era verdaderamente hermoso.

“A donde vas el frío es más intenso, tu mente siempre será la mejor arma, y con esto esperaba que no se dañara”.

Christopher sonrió y se acercó a Victoria, quitó el gorro y las cosas de tejido y las puso sobre la mesa de al lado. Después tomó sus dos manos con mucho cuidado; la herida ya no sangraba, pero aún dolía. Christopher le sonrió y besó mientras la rodeaba con sus brazos.

Una semana después él partió, la última frase de su amada fue “Para el frío y la tristeza”. Mientras le entregaba el gorro terminado, Christopher le secó sus lágrimas y besó su frente; era un hasta luego, pero Victoria estaba temerosa, y besó sus labios por si llegaba a ser un adiós.

Christopher soltó su primera lágrima desde que lo enlistaron, los recuerdos lo debilitaron por el miedo de no volver a ver a Victoria. Esa noche le tocaba guardia, estaban en un pantano realmente peligroso donde una emboscada era un plato simple.

Christopher escuchó un sonido próximo a él, miraba cómo los matorrales se movían mientras cargaba su pistola con silenciador; un susurro en la noche, un disparo preciso y todo estaría bien. Christopher esperó, y cuando estaba lo suficientemente cerca, se abalanzó sobre lo que hubiera al otro lado disparándole en la cabeza, justo entre cada ojo.

Viejo, arrugado, verrugas por todo el cuerpo llenas de pelo, piel babosa y mugrienta, enorme para su clase y con piernas realmente grandes.

“Una maldita rana”, pensó cuando vio lo que había matado. A su lado estaba algo realmente curioso, una rosa silvestre. Quedó perplejo ante tal belleza, completamente abierta y con un rojo celeste que brillaba bajo la luna como una pequeña estrella roja. Su tallo era largo y frondoso, con grandes y afiladas espinas.

“Sería perfecta para Vicky”, pensó Christopher guardando su arma y sacando su cuchilla.

“Tendré mucho cuidado de no arruinarla”, y con esto, procedió a cortar el tallo y quitarle las espinas.

Un estruendo lo interrumpió, era una explosión procedente de su campamento, seguida de los gritos de dolor de sus compañeros y una ráfaga de disparos; las espinas se encajaron en su mano, provocando un dolor insoportable que sólo podía soportar, pues si gritaba la muerte reclamaría su alma, y con ello la esperanza de volver a ver a Victoria desaparecería.

El sonido de las llamas consumiendo el campamento era el único ruido que se escuchaba en aquella silenciosa noche. Christopher se ocultaba entre la maleza con la rosa a su lado; pero un disparó hizo que los pétalos se mancharan en sangre y él cerrara sus ojos sin saber qué había sucedido. Su pensamiento final fue “Perdón…”, mientras recordaba la cara de su amada por última vez antes de dormir en la eternidad.

—Ella morirá —dijo una voz grave que hizo a Christopher abrir los ojos—. Así como esta rosa se marchita lo hará su corazón. —Un sujeto alto sostenía entre su mano la rosa que Christopher había encontrado, pero ahora lentamente se ennegrecía y perdía su vitalidad, junto con su belleza.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —preguntó Christopher mirando aquel extraño suceso, demasiado inquieto y asustado. El sujeto portaba un traje negro como la noche y estaban en un cuarto limpio con paredes blancas, vacío, iluminado por dos grandes ventanas a los lados de la habitación. Detrás del enigmático personaje había una puerta blanca de metal, se notaba su gran seguridad.

—Sólo seis preguntas, ni una más, ni una menos —dijo aquel extraño ser mientras sonreía perversamente—. Después sólo podrás decidir, así que elije bien, Christopher.

¿Cómo sabía su nombre? ¿Estaba muerto? ¿Qué había sucedido? Millones de preguntas asediaban la mente de Christopher, pero no se atrevía a decir ninguna. Entonces el sujeto comenzó a hablar:

—Estás muerto y yo soy el Diablo, van dos.

Christopher se asustó con esa respuesta, no había vuelta atrás. Se armó de valor y comenzó a preguntar:

—¿Qué hago aquí?

—Decidir si salvar a Victoria, tres.

—¿De qué?

—De mí, cuatro.

—¿Por qué?

—Su corazón no aguantará tu muerte, y yo reclamaré su alma después de que se suicide, cinco.

Christopher sólo tenía una oportunidad, no debía fallar:

—¿Cómo la salvo?

El Diablo sonrió:

—Pregunta correcta. Verás, tú siempre has sido un hombre puro al que jamás he podido corromper. Respetas y le eres fiel a tu amada Victoria, no tienes vicios, eres caritativo y hasta este momento sólo has matado a una mísera rana, y te sentiste horrible con eso. Para mí eres intocable y un alma realmente valiosa; Victoria es pura al igual que ti, pero un suicidio y será mía.

—Maldito infeliz, no te atrevas a tocarla.

—¿O qué? Tú estarás en el Paraíso, no podrás tocarme, ni a mí ni a ella —Volvió a sonreír—. Pero a pesar de eso puede que tenga a los dos.

—¿A qué te refieres?

Una cuarta sonrisa brotó de su cara:

—Dame tu alma y yo te daré una oportunidad, ése es el cómo; le llevaré la rosa que quisiste darle y junto a ella una carta que escribirás aquí, si es que aceptas.

—¿Cómo sabré que cumplirás?

—No responderé una sola pregunta más, tendrás que arriesgarte, todo o nada.

Christopher dudó, no podía confiar en él; pero tenía que, era su única oportunidad, así que lo arriesgó todo:

—Acepto.

Una sonrisa más perversa y grande:

—Excelente decisión —Estiró su mano hacia Christopher y él la tomó; un dolor invadió su cuerpo, una silla y un escritorio brotaron debajo de él, terminando sentado frente a la mesa en donde había papel y una pluma con tinta—. Escribe y dime cuando estés listo.

Christopher escribió:

Querida Victoria:

Estoy en una habitación blanca con un extraño señor que dice ser el mismísimo Diablo. Me ha dejado escribirte una carta y llevarte una rosa que encontré para ti. La dura verdad es que he muerto, no podré volver a tu lado… espero que me perdones por eso.

Eres joven mi amor, eres hermosa y una mujer impresionante y única, cualquier hombre sería afortunado de estar a tu lado. Hubiera amado ser quien compartiera la vida contigo… pero no pudo ser así.

Duele saberlo, pero ahora sólo me importas tú. Por favor, Vicky, busca a alguien más, alguien a quien puedas amar y te ame igual o más de lo que yo, que te haga tan feliz como siempre quise hacerte; encuentra a alguien que esté a tu lado y pueda hacer todo aquello que quisimos.

No te pido que me cambies, sino que vivas tu vida al máximo. Tienes veinte años, tienes todo por delante, aprovéchalo y se feliz, y por favor, siempre recuerda que te amo y aunque haya muerto no lo dejaré de hacer jamás. Te cuidaré desde donde quiera que esté. Sigue siendo aquella maravillosa mujer de la que me enamoré.

Te ama, Christopher.

Posdata: La vida es hermosa, disfrútala.

—Terminé —dijo Christopher.

—Muy bien —Su sexta y última sonrisa, y el Diablo se fue transformado en una sombra, llevándose consigo la carta.

El cuarto se oscureció y de las paredes brotó sangre sin parar. Christopher no se asustó, una lágrima salió de cada ojo, del derecho por felicidad, pues creía haber salvado a Victoria; del izquierdo por tristeza, pues no pudo decirle adiós por última vez, y en silencio las sombras lo fueron consumiendo poco a poco.

Tocaron a la puerta de Victoria. Ella fue a abrir y encontró en el suelo una rosa realmente bella al lado de un sobre blanco, sin firma. Miró alrededor y no encontró nada ni a nadie, así que volvió adentro. Abrió el sobre y lloró como nunca lo había hecho: Christopher se había ido. La rosa era su recuerdo, así que la plantó en el jardín para mirarla por la ventana cada vez que se levantase.

Los años pasaron y muchos amaron a Victoria. La abuelita Vicky, para los niños del pueblo, tuvo muchos pretendientes, pero ninguno la conquistó; ella sólo amaba a un hombre, y así sería siempre, aunque él ya no estuviera.

La guerra terminó y el vencedor fue un milagro, el ejército enemigo terminó por colapsar y caer ante el nuestro, la rosa silvestre se convirtió en un rosal que cubrió todo el patio de la casa, e inclusive a la casa misma; todas las rosas eran tan bellas como la primera y en las noches era un espectáculo que ver, pues el brillo era hermoso para cualquiera.

Para Victoria ése era el amor que se sintieron Christopher y ella, un amor tan grande que superó a la misma muerte. Al final ella pereció como todos lo hacen, y fue enterrada en medio de una corona de rosas, justo en medio de su patio. Todo el pueblo asistió, pues todos la amaban; ella había sido la mujer más buena de todo el pueblo, en especial en los tan difíciles años de guerra, cuando regalaba su ayuda y su felicidad a aquellos que más lo necesitaban, e incluso a quienes ni siquiera la merecían. Había sido una mujer ejemplar…

Entonces Victoria abrió los ojos, y frente a ella un hombre en un traje oscuro la miraba con una gran sonrisa.

—Seis preguntas, ni una más, ni una menos, después sólo podrás elegir —Victoria miró a su alrededor: un cuarto blanco con dos ventanas que iluminaban el lugar, y una gran puerta de metal frente a ella. El hombre habló—. Así que escoge bien Victoria.

Soldado en una guerra

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