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“¿Cuánto tiempo lleva así?”

Una vez que guardó su café en el escritorio, Sam se volvió hacía mi pensativo, tratando de seleccionar las palabras a articular. Nunca lo había visto así, siendo él quien ha trabajado en el negocio por años. Crímenes mayores o “los-que-atendemos-la-basura”, como él dice, ha sido su área predilecta desde que lo ascendieron a subteniente. Quién sabe qué tantas cosas ha visto en todo el tiempo en el que ha estado trabajando, además a él nunca parecía afectarle.

Hasta este momento.

Hoy llegué media hora tarde a la oficina y no había visto a Sam desde entonces. Siendo las siete y media de la noche, llegó en compañía de tres detectives y de una persona mayor, quizás de unos treinta o cuarenta años. Éste llevaba una gabardina café y una corbata roja, misma que contrastaba con unos lentes de armazón grueso y negro, acompañado de un singular rostro pálido y arrugado.

Según algunos compañeros, nadie había podido sacarle alguna palabra.

“Desde que llegó, Abril”, respondió trabajosamente. Su frente se había ceñido y sus ojos buscaban algo en su escritorio. De inmediato, señalaba varios documentos y unas fotos.

Unas horribles fotografías.

“¿Ves esto? ¿Sabes qué son?”

Mirándolas detenidamente, encontré que había algo singular en ellas. Un largo rayón carmesí destacaba en ellas, misma que le revestían varias tiras azules en una de las imágenes mientras que en la segunda eran tiras verdes. Esa larga marca bermeja tenía algo extraño en el centro, parecía una hilera blanca hecha de estambres o de hebras. No lograba determinar exactamente que era.

“Me parece que necesitamos a un detective para saber qué son”

“No hace falta”, me contestó y señaló efusivamente las imágenes, guardando un ignoto terror en sus palabras.

“Este rayón rojo de tiras verdes tenía trece años, el otro de tiras azules tenía catorce”.

Sam pudo ver mi expresión con suma claridad y él sabía cómo reaccionaría ante ello. Él no quería mostrarme nada de este espantoso caso, no obstante, a juzgar por su sorpresivo rostro de desconcierto y de miedo; no deseaba guardarse todo esto para sí mismo. Necesitaba sacarlo, compartirlo, no llevar él solo esta cruz.

¿O acaso alguien podría aguantar estas imágenes de pesadilla él solo?

“Dios santo, ¿quieres decir que…?”

Repentinamente, el subteniente se volvió hacia el taciturno de lentes voluminosos quien parecía perdido en su propio mundo. Sus ojos estaban tan apagados como los de un muerto.

Era obvio.

Esta persona, quien fuera y en su infortunio, fue testigo de algo en sumo aterrador. Y no sólo parecía que había asistido al “evento” en primera fila, sino que, de acuerdo a los expedientes que los detectives prepararon; conocía a los pequeños Roy y Óscar, siendo ellos ahora los sangrientos rayones de tiras verdes y azules respectivamente.

Cabe mencionar que los aledaños a la biblioteca de la secundaria de Webster, el encargado del recinto, Frank Bloch o el “hombre de lentes gruesos”; encontraron que el recinto se había quedado a oscuras debido a una falla eléctrica de la que, según las declaraciones que provenían de los reportes de los oficiales, vino desde la subestación principal.

Es entonces que, en acorde al conserje en turno, declaró que había visto a un hombre alto y delgado, a quien no pudo mirarle el rostro debido a la oscuridad del atardecer. Como no lo reconoció en absoluto como personal escolar y pensaba en lo peor, eventualmente fue él quien llamó a la estación.

Y fue cuando, eventualmente, Sam tuvo que acudir para que, horas más tarde, trajera a un hombre sin habla y él viniera con la mueca de terror y preocupación más expresiva del mundo.

“Así es”, musitaba Sam, “él lo vio todo”.

Lentamente, mientras el oficial guardaba las fotos en unas carpetas con demás archivos competentes al caso, sacó una libreta y una pluma de su desordenado escritorio.

“No tengo la menor idea de cómo alguien podría convertir a dos niños en dos manchas de pintura barata”, su voz se tornaba un poco quebradiza. No estaba seguro si era por la terrible sorpresa o simplemente, el miedo. “Mira, Grey, necesito que me hagas un favor”.

Se volvió hacía mí nuevamente y me entregó la libreta que llevaba en sus manos.

“Abril, escucha. Ni los detectives, ni siquiera yo pudimos sacarle algo a ese bibliotecario. Entonces, no sé si él, al ver que eres mujer, reaccione diferente… quizás hasta pueda recuperar el habla y nos diga qué demonios fue lo que pasó”.

Por mi mente, habían transcurrido cientos de recuerdos. Mi entrenamiento para ser oficial, mi examen, el día que me dieron mi placa, mi primer día en servicio, mi primera herida en acción. Me enlisté a la fuerza sólo para ser una oficial y nada más, nunca pensando en servir en crímenes mayores o en departamentos donde tuviera que lidiar con… dios mío, con gente que pudiera hacer cosas horribles.

Mi cabeza gritaba que me negara rotundamente. Sólo tenía que decirle que ya tenía planes esta noche, que tenía que irme temprano por lo que sea. Cualquier excusa serviría siempre y cuando me alejara de esto, y una vez llegado a casa saldría a pasear con mi perro. Él me ayudaría a tener mi mente en otro lado y lejos… muy lejos de esas malditas fotos.

“Está bien. Haré lo mejor que pueda”, respondí mientras encontré a Sam un poco más relajado.

“No importa si logras sacarle algo o no, sólo recuérdame que te debo una más”.

Llegué entonces  a mi escritorio. Habían pasado tan sólo unos cuantos minutos cuando noté que Sam se despidió de mí y me volvía  a preguntar, como si se tratara de un cargo de consciencia, si estaba segura de hacer lo que me pidió. Se sintió más tranquilo al verme segura y firme.

Me volví entonces hacia el pobre hombre. Frank Bloch, el bibliotecario, se encontraba sentado en una de las bancas donde son atendidos los testigos de crímenes. Reparé que aún no había bebido nada del café que le sirvieron cuando llegó. Sus órbitas aún miraban al vacío.

Comprendo que las fotos que el subteniente me mostró sólo son un vago escenario, una ventana que revelaba sólo una microscópica parte de lo que pasó.

Frank Bloch… este hombre… ¿qué había visto exactamente?

Dudaba en levantarme.

Las piernas me traicionaban.

Mi corazón se aceleraba.

No sabía cómo comenzar. Sinceramente, era la primera vez que iba a hablar con una persona así. Santo Dios, su cara… con sólo verle su cara… pobre hombre.

Poco a poco avanzaba hacia él. Parecía que el pasillo quería hacerle notar mi presencia al bibliotecario porque podía escuchar claramente el profundo eco de mis tacones. A pesar de esto, a este personaje sentía que no debería importarle.

Sus orbes todavía estaban mirando al vacío.

Tan pronto que llegué a los bancos, me senté junto a él.

“Creo que se le debió enfriar el café, ¿quiere que se lo caliente, señor?”

No se me había ocurrido otra idea. Necesitaba romper el hielo. Sus manos estaban juntas, temblando, como si una brisa gélida le recorriera por los dedos y tratara de calentarlos inútilmente. Desde la lejanía de mi cubículo, no habría podido ver que su frente estaba brillante, destellando el resplandor de su sudor frío.

Lentamente, casi recobrando su antigua vitalidad, su mirada se volvía hacia la mía. Cansinos ojos verdes chocaban ahora con los míos.

“No, gracias” Respondió dejando escapar su trabajosa voz, tan seca por la falta de agua.

“Bueno, creo que sería conveniente que al menos comiera algo. Si así lo desea, podría prepararle algo y…”

“A ellos no se los dije, porque no entenderían.”, se tornaban más y más grave sus palabras. De repente, a través del vidrio de sus lentes, encontré que sus ojos centellaban un brillo que me heló al instante. “Nosotros, los hombres, usamos más la razón que los sentimientos. Usted puede entenderlo, porque las mujeres son diferentes. ¿De verdad quiere saber lo que pasó? Se lo diré”.

Por un momento, había creído que él se encontraba victimado por el shock. Cuán equivocada estaba al tener la sorpresa de encontrar a este hombre así, describiendo de su arrugada cara una faceta extrañamente pacífica. Sus labios se habían revitalizado al instante.

“Habían llegado dos chicos. Ellos eran Roy y Óscar, de segundo grado, que necesitaban buscar unos libros para cumplir con su tarea. Les había dicho que en media hora cerraría, que en todo caso pudieran llevárselos. Como pensaron en que terminarían a tiempo, les permití que se quedaran en las mesas de estudio”

Mientras apuntaba todo en cuanto decía Bloch, mis compañeros decidieron salir a comprar algo de comida. No me había dado cuenta que sólo quedábamos el bibliotecario y yo solos en la estación. Me gustaba mucho así porque podía concentrarme mucho mejor con él, olvidándome de los comentarios absurdos o ridículos que algunos de los oficiales a veces hacían.

“Fue entonces que hubo apagón en las salas”, continuaba Bloch, “y luego sucedió en toda la biblioteca. No encontré al conserje, así que me decidí a salir a investigar qué había pasado con el generador. Poco después, había encontrado a esos niños… ¡Dios mío! Ellos… ellos…”

El sentimiento fuerte que despedían de sus palabras me hizo estremecer. Tampoco concebía que clase de monstruo pudiera haberles hecho tal crueldad a tan indefensas criaturas. Me iba a acercarme a él para consolarlo, pero hubo algo.

No, había algo.

“Perdone señor, pero no entiendo. ¿Estuvo buscando al conserje?”

Levantando nuevamente la vista, el hombre  me compartía una mirada cansina.

“Sí, así es. No di con él, por lo que tuve que entrar al cuarto de la subestación para verificar los fusibles”

“Disculpe, pero el conserje dijo que vio a alguien salir de allí… pero no era usted, sino una persona ajena al personal de la escuela”.

Frank Bloch se volvió hacia mí, devolviéndome una sonrisa tan amplia que pensaba que era inhumana.

“Odio a las mujeres listas”

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