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Cámara-de-visión-nocturna-

La casa de Coronado era siniestra. Nadie en la colonia se le había acercado desde hacía una década. Generaba un temor desconcertante. Coronado había vivido siempre solo. Se ignoraba de dónde había sacado el dinero no sólo para comprar la casa, sino para subsistir sin evidenciar que trabajaba. Muchos concluyeron que Coronado era un heredero extravagante o que había ganado la lotería. Su taciturnidad intrigaba a los vecinos. Puede que éstos no sintieran sino coraje ante el supuesto desdén que el otro les brindaba. Tres patanes, con tal de granjearse una pizca de gloria y de exhibir al antisocial Coronado, resolvieron procurarse de las pruebas suficientes para dejar en claro que el extraño vecino no era un hombre normal.

Castro, Fernández y Rubio eran amigos desempleados. Invertían el tiempo en todo aquello que les diera placer y algo de fama. En ocasiones, sus formas de divertirse sobrepasaban lo permisible. Muchas jovencitas de la colonia toleraban sus majaderías o los escarmentaban a bofetadas. Los tres crápulas terminaban los días ya bebiendo, ya viendo pasar las horas, ya tramando una nueva maldad. Fernández era fanático de las cámaras de video. Luego de ahorrar y de robar, compró una cámara y por tres meses filmó todo lo que se cruzó en su camino.

Y cuando él y sus amigos se obsesionaron con Coronado, resolvió emplear la cámara para consignar la verdad sobre lo que pasaba en la residencia del extraño vecino. Planearon infiltrarse en casa de Coronado y filmar sus acciones. Creían que Coronado hacía cosas malas con mujeres; nunca lo habían visto metiendo a alguien en la casa, pero lo imaginaban hábil para capturar víctimas. La banda decidió poner manos a la obra. Promediaba octubre.

Hacía frío, lo que mantenía a los vecinos encerrados en casa. A medianoche, las calles solían estar vacías. Los intrusos llegaron a la puerta trasera de la casa, que acaso no sería problemático abrir. La encontraron sin llave. Giraron el pomo y empujaron; los goznes chirriaron apenas. El trío cruzó el umbral y en un instante se vio con la puerta cerrada a sus espaldas y tinieblas adelante. Tragaron saliva. El frío calaba en los huesos. Fernández encendió la cámara, cuyo foco despedía luz parca pero suficiente. Notaron que se hallaban en una cocina, que parecía el local de un herbolario. Aquí y allá había hierbas enfrascadas, arrumbadas o esparcidas por el suelo. El derredor olía a humedad y azufre. Aparentemente, Coronado no comía. El camarógrafo exploró el refrigerador y no encontró ahí sino hierbas, así como cosas enfrascadas que parecían cerebros subdesarrollados.

Dejaron atrás la cocina y desembocaron en la sala. Tenía muebles empolvados y dos mesas de centro donde se apilaban libros viejísimos. Revisaron uno que estaba abierto y advirtieron frases breves que no estaban en español, y a las que acompañaban dibujos sobrecogedores. Pensaban en dar vuelta a la página cuando oyeron algo que los horrorizó. Algo venido de arriba. Fue parecido a un carraspeo, seguido del ruido de un paso. Fernández enfocó la escalera. 

Los tres anduvieron hacia allá. El frío se había incrementado. Mientras iban rumbo a la escalera, pasaron de largo un comedor. Fernández lo filmó durante un instante. Mesa y sillas en desorden y, sobre aquélla, un montón de polvo blanco, que no había podido cubrir por completo una estructura similar a una pelvis humana. Empezaron a subir. Todo fue que pisaran los primeros peldaños para que una poderosa sensación de ansiedad los invadiera. Dejaron de respirar normalmente y fueron incapaces de evitar el ascenso. Jadeaban. En apariencia, la escalera no era larga, pero los intrusos no podían dejar de subir. Parecía que, conforme pisaban un peldaño, uno más se añadiera a la estructura. La cámara filmaba escalones, un trozo de pared blanca y oscuridad. Por fin terminó la escalera.

No querían continuar, pero no podían evitar que sus pasos se sucedieran. Pisaron un rellano y vieron una puerta entornada. Dieron dos pasos más y se detuvieron. Sus jadeos habían devenido estertores. La cámara no podía estar fija. Se meneaba sin parar. A cada uno se le escapó un gemido. La puerta entornada empezó a abrirse. No había luz eléctrica dentro del cuarto. Desde una ventana abierta y sin cortinas penetraba la luz de la luna, y contra la ventana se recortaba una figura humana. La iluminación de la cámara cayó sobre ella. Era un hombre.

Les daba la espalda. Miraba hacia afuera. Y entonces empezó a volverse. La grabación se interrumpió. La policía buscó en la casa a los desaparecidos. Sólo hallaron la cámara. Revisaron la grabación y prefirieron creer que había sido un montaje. De todos modos, nadie volvió a ver a los intrépidos aventureros. 

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