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Iba con mi recién adquirido coche por la autopista nacional norte, pues debía asistir al entierro de un buen amigo, fallecido tras una larga y penosa enfermedad; tenía por delante 463km, y pronto se haría de noche. Cerca de la medianoche me detuve en un área de descanso, dispuesto a comerme un rico bocadillo de tortilla española, acompañado de una refrescante lata de cerveza de medio litro. Me supo a gloria bendita, y me encendí un cigarrillo rubio para redondear la faena.

Emprendí el viaje, quedándome aún 350 kms, pero afortunadamente me había despertado tarde para no tener sueño durante el mismo. De repente, empero, me sorprendió el hecho de que mi vehículo fuese perdiendo velocidad sin yo intervenir en ello, estabilizándose a 70 Km/h. como si fuese en piloto automático. Un coche largo y negro me adelantó; se trataba de un coche de pompas fúnebres. Otros más me adelantaron, y todos eran coches para traslados de cadáveres. Pensé que se debía a mi calenturienta imaginación, influenciado por el deceso de mi amigo y mi futura asistencia a su sepelio, en pocas horas. Pero los había visto sin lugar a dudas. Miré cuantos kilómetros me quedaban, y no lo pude creer, aún me faltaban 375 kms para llegar. Me entró mucho miedo, he de confesar.

Paré el coche en la cuneta, salí, y me encendí un pitillo con mano temblorosa. Como por mandato de un ser invisible y perverso, me di media vuelta, y vi al lado de unos matorrales, lo que parecía un ataúd, el cual tenía la tapa abierta, al lado. Me acerqué… Y no pude remediar mirar en su interior. Estaba vacío, y desde luego que no me encargué de buscar a su inquilino. Tiré el cigarrillo al asfalto y lo pisoteé; subí al coche temblando de miedo para irme pitando, pero no hacía contacto, y creí enloquecer del todo, y temí que el difunto de la carretera regresara como un muerto viviente, e intentase atacarme, como en las películas de zombies. Mientras persistía en arrancar el coche, miraba continuamente a mi alrededor. Gracias a Dios, por fin arrancó. Pero… ¡Horror! ¡La aguja marcaba la zona roja! ¡A penas tenía combustible! Oré por encontrar pronto una gasolinera.

Nuevamente fui atendido en mis suplicas, y pronto divisé una gasolinera, pero por desgracia, mi euforia pasó a abatimiento en pocos metros… Parecía estar cerrada por la negritud que la rodeaba. De todas formas me acerqué, y efectivamente, lo confirmaba un cartel en la puerta que decía escuetamente: “CERRADO POR ASUNTO FAMILIAR GRAVE”. Maldecí mi mala suerte. Tras recorrer no más de cuatro o cinco kilómetros, el coche empezó a pegar saltitos y se fue deteniendo con una lentitud odiosa. Eran las tres de la madrugada. Solamente me quedaba esperar y rezar de nuevo. Sentado en la cuneta me encendí otro pitillo esperando pasara alguien por la carretera, y misericordiosamente se apiadase de mi y me recogiera, dejándome lo más cerca posible de mi destino.

Pasada media hora de tensa espera, oí en la lejanía el inequívoco sonido de un camión, además venía en la dirección que me convenía. Me puse en medio de la carretera con el mechero encendido, habiendo dejado el coche con las luces de avería. El samaritano conductor paró su gran camión y abrió la puerta para que subiese. Se trataba de un hombre me mediana edad y fumaba en pipa. Tosí un poco.

—¿Le molesta el humo?

—No, no me importa, de veras, y le doy las gracias de todo corazón —respondí con gran alivio y felicidad.

—Era mi obligación, y gustoso de socorrerle.

—Me dirijo a un entierro, en un pueblo que se llama Stone Cook, pues un colega mío ha fallecido tras una larga enfermedad —tal vez debí callarme.

—Vaya, lo siento, las desgracias nunca vienen solas. ¿Se enteró del accidente de ayer?

—No.

Además no suelo leer la prensa, ni pongo los noticiarios de radio y televisión. —Curioso. Pues resulta que ayer un autocar lleno de ocupantes se estrelló frontalmente contra un trailer, y murieron todos, menos el conductor del trailer. Los entierran esta misma mañana en el pueblo vecino de Stone Cook. Me quedé anonadado, pues recordé como pinchazos de agujas al rojo vivo la comitiva fúnebre que me adelantó en la carretera.

—Mire usted… —le dije cordialmente…— Sólo deseo llegar a mi destino. Lo siento mucho por los muertos, y le agradecería eternamente su cooperación. ¿Podíamos hablar de otra cosa?

—¡Claro, claro! —se rió —Le entiendo. Me pilla de camino. ¿Una birra?

Sin más contratiempos asistí al entierro de mi amigo, y deposité en su tumba un ramo de flores. Me despedí de sus allegados y regresé a mi casa en un coche de alquiler, y de día, por supuesto. Mi seguro se ocupó de todo lo referente a mi coche. Tened mucho cuidado si viajáis por la noche en ciertas circunstancias nada… Halagüeñas.

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