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Hace ya bastantes años empecé a andar con un grupo de amigos, teníamos muchas aficiones y gustos en común y de ahí nació una amistad bastante fuerte, tanto así que hoy, a pesar de que las distancias nos separan a muchos (uno vive en Tenerife, el otro en Chile y el resto aquí, en Venezuela) seguimos siendo como hermanos.


Una de las aficionas que teníamos en común era el montañismo, nos encantaba subir a la montaña (El Ávila, majestuosa montaña del valle de Caracas), y pronto nos encontramos subiendo por lo menos dos meses por mes a acampar. Se dice que esta montaña es una base secreta de OVNIS y tiene cualquier cantidad de historias en su haber, pero la siguiente, aunque realmente no puedo explicar que fue, sucedió en realidad hace unos 6 o 7 años.


Habíamos subido todo el grupo a acampar a un lugar cercano llamado “La Zorrera” en los mapas, pero conocido por nosotros como “La Planicie”, por se una amplia explanada donde se podía jugar futbol incluso. He de decir que nunca hemos sido aficionados a realizar prácticas espiritistas y menos a jugar a la oiuja ni a juegos por el estilo, pues metafísicamente hablando, nuestras condiciones son bastante particulares, todos tenemos algún sentido “sobrenatural” ampliamente desarrollado y hacer algún juego de esos sería invitar al desastre.


Hacía bastante tiempo que subíamos a La Planicie y siempre se notaban cosas raras, “presencias”, silencios largos e inquebrantados en plena noche, animalitos como ratones que aparecían abiertos y vaciados de todos sus órganos y cosas por el estilo, pero eso no nos atemorizó, mas bien nos incitó a realizar un círculo de energía para tratar de ver que podíamos dilucidar del asunto. Una noche de Viernes, si mal no recuerdo, subimos con esa intención, agudizamos nuestros sentidos y podíamos ver sombras, o más bien siluetas en la oscuridad de “gente” que se paraba en ciertos puntos, recuerdo bastante bien a una que se paraba siempre al lado de un delgado árbol (que a la mañana siguiente, por la altura del árbol, me di cuenta de que aquel ser debía medir por lo menos 2,5 metros o más). Empezó también a aparecer una criatura que caminaba muy rápidamente de un lado a otro, pero sin acercarse al campamento de nosotros, era pequeña, como una persona gateando pero muy, muy rápido. Esto no nos asustó tanto como para no llevar a cabo nuestro propósito de haber subido aquella noche, así que nos acercamos al centro de la planicie, a mitad de camino entre nuestro campamento y el único camino de condiciones seguras para salir de la misma, hicimos un círculo espalda con espalda y nos sujetamos de las manos, nos concentramos fuertemente, cada quien en lo que se le daba más, un amigo por ejemplo, entraba en trance meditativo casi inmediatamente cuando eso a mi me costaba, sin embargo, yo enfoqué toda la energía hacia mis ojos, pues mi don es el del poder de la vista.


Luego de no se cuanto tiempo se empezó a sentir una respuesta, las “sombras” empezaron a acercarse y todo se hizo silencio, callaron los grillos y toda la fauna nocturna, los murciélagos no volaron más y ni siquiera recuerdo haber oído el viento. Esto si nos empezó a asustar pero a orden de un amigo no rompimos el círculo, todos juntos estábamos a salvo, pero esa sensación extraña que nos recorría se hizo muy fuerte y dos amigos decidieron ver de que color era el aura de aquella presencia de la que parecía provenir toda esa energía. Practicaron lo que comúnmente se conoce como “El triángulo de energía”, un método para ver el color del aura, y descubrieron que aquel ser no tenía un solo color fijo (como solemos tener las personas) sino que su aura cambiaba de colores intermitentemente. Al descubrir eso la figura se empezó a acercar y sinceramente la reacción fue salir corriendo a la voz de los que estaban más cerca de ella cuando vieron que se acercaba.


Nuestro campamento estaba en el borde de un barranco no muy empinado, en donde había un único árbol, del cual terminamos montados, yo fui uno de los últimos en subir y sentí aquel hormigueo detrás de mí que se alivió cuando me halaron hacia arriba. Volteé y no había nada, el árbol temblaba (aunque ese temblor lo producíamos nosotros del miedo), entonces sucedió algo que jamás había visto ni vuelto a ver en todos mis años como montañista. El silencio fue roto por las guacharacas (aves bastante escandalosos y de hábitos diurnos), no sólo fue que empezaran a chillar de noche, sino que el rumor venía desde una quebrada cercana y empezó a oírse en círculos alrededor de nosotros (cuando detrás nuestro había un barranco) y no se veía presencia de ave alguna, el sonido dio un par de vueltas y se desvaneció... todo volvió a la normalidad.


De alguna manera pienso que aquello que vimos fue el espíritu de la montaña, dejándonos ver que estábamos en su casa, por eso, de ahí en adelante respeto más que nunca a la montaña cuando me adentro en sus misteriosos pasillos de bosque. Nunca reten a un espíritu en su propia casa...

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