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Hace mucho, mucho tiempo, a las desiertas tierras áridas holladas por el tiempo, por el agua abandonadas, por el antiguo verdor olvidadas; llegó, errabundo, vagabundo en el mundo, un ser de abominable forma; un demonio cuyo nombre, perdido por el tiempo; por el temor de su pronunciación, había sido olvidado.

Por designio de los infiernos, exiliado; por la locura de un dios incomprensible, condenado, aborrecido.

Siendo de ninguna parte en la llanura halló hogar; su sed, saciada por la resequedad; del polvo inmemorial el pan de cada día encontraba; por el asfixiante éter, un hálito de vida.

De agrado le fue pues, trastornados en carnosas raíces de vomitivo color, supurantes de maldad los miembros inferiores del engendro, hundiéndose en el suelo anclados quedaron a la venenosa tierra.

Pasó más tiempo; las raíces de su ser se extendieron hasta los confines de las tierras baldías: el demonio halló su propio reino.

Exaltado por ello, de lujuria ávida de poder, el ente comenzó a elevarse hasta los cielos como un árbol de las maldiciones, un perverso falo violador; raíces, más raíces; el demonio se convirtió en una enorme torre viviente; faro nudoso perpetuamente vigía de sus dominios excitado por la lujuria de la ambición;

Desde una altura donde una prohibida gloria se elevaba sobre el sanguinolento cielo de coaguladas nubes, contemplando el demonio dijo: “Yo soy Dios”.

Después de pronunciar su terrible certidumbre del suelo, como plantas del mal, surgieron jadeantes mil seres a hombres parecidos, con la diferencia de que estos, de piel, de ojos, de nariz, de orejas, de boca, de cerebro, de corazón, privados nacieron.

Su señor los contempló con gusto mientras estos reptaban por la tierra, siempre perdidos, siempre ajenos a una vida no vivida, a una muerte negada; siempre al amparo de un creador que los despreciaba.

En su delirio extasiado, el rey de aquellas criaturas mandó un diluvio de sangre que tiñó la tierra de profundo carmesí y que hizo crecer retorcidos árboles de metal que exhalaban veneno y azufre; lagos de alquitrán y asfalto, bestias enormes, frías, temibles, metálicas; témpanos de desesperanza, llamaradas de venganza.

Y así llegó a ser.

Solo había algo, un detalle, un error del cual el Señor Demonio no reparó.

En su lujuria, en su éxtasis, extraviado por ello había creado a una pequeña criatura: una niña, la más hermosa de todas, el único ser de los demás mil que tenía ojos, nariz, boca, orejas, piel, un cerebro, y, sobre todo, un corazón.

Esta pequeña criatura, se adentró en los dominios de su creador; desnuda, desprotegida, asustada, contempló su panorama; el por qué de tanto dolor que sufrían sus congéneres no pudo comprender, así como no entendía por qué estos mismos lo provocaban, con ira, con odio.

Los mil, al contemplar la pureza de la niña, su inteligencia, su belleza, su perfección, sintieron envidia, miedo, vergüenza, burla, desprecio, odio hacia ella; por su perfección, por su propia condición

Así que los mil acorralaron a la niña; cada uno de ellos, enardecidos, temerosos una tortura distinta le practicaron, tratando de manchar su pureza, socavar su inteligencia, desfigurar su belleza, destrozar su perfección.

Pero, al darse cuenta de que no podían socavar su inteligencia, desfigurar su belleza, destrozar su perfección, decidieron que la tortura vil sería la muerte; por lo cual atravesaron su corazón y devoraron su cuerpo, nada dejando en la vaga esperanza de perfección por llenar su vacuidad, excepto un alma demasiado pura como para ser destruida quedando.

El Rey Demonio, que desde su torre de raíces putrefactas contemplaba la escena, sintió algo por primera vez en su mísera existencia que no fuese avidez, odio, ira.

Lo que sintió fue horror, odio a su ser, compasión, tristeza.

Contempló su creación con desprecio, los aborreció, mas a sí mismo terminaría despreciando; desde su trono de inmundicia, El Rey Demonio trató de tomar el alma de la pequeña antes de que esta se fuera para siempre; antes de que alcanzara la gloria y el descanso que el Rey Demonio jamás tendría la dicha de gozar;

Un único intento de arrebatarla, pero la encontró demasiado pura como para robar.

Y el Diablo mismo lloró.

Lágrimas, que marchitaron sus raíces, que derritieron sus árboles, que fundieron el alquitrán, que lavaron la sangre de la tierra, que ahogaron a mil, que devastaron un imperio, que exorcizaron a un demonio, que le devolvieron la vida a las áridas tierras.

Así cayó el Rey Demonio, en medio del verdor, de la vida;

En su agonía, maldijo el lugar de su muerte, pero la renacida Madre Naturaleza fue callando sus palabras, fundiéndolas en un canto de vida.

Y la existencia de aquel demonio, así como su nombre, fueron olvidados de nuevo.

Cuenta la leyenda, que aquel que sea tan desafortunado como para encontrar la tumba del Rey Demonio, en medio de tanta alegría, de tanta vida, encontrará imágenes ficticias de una vida no vivida, miedo en un puñado de polvo, un hueco en el alma, un frío en el corazón y el infierno dentro de su propia mente.

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