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“El barrio es tranquilo”, repetían los de la inmobiliaria cuando la casa estuvo en venta, pocos días se ofreció. Era el principal argumento, válido pero, que yo sepa, faltaron interesados. Ciertas cuestiones legales pospusieron la operación y otras la anularon por completo. Nos tendríamos que haber mudado, eso sí.

Me llamo Nicolás, mi abuela me dice Miky, nunca me explicó por qué, algunos me apodan como corresponde, Nico. Desde mi nacimiento viví durante mucho tiempo en el mismo lugar, éste de calles silenciosas, diecinueve años. Siempre con mi abuela. Mi madre se alejó de nosotros, mi padre era un tipo detestable del que no quise conocer ningún detalle. 

Los de la inmobiliaria desconocían lo que yo supe sobre la casa, sólo hablaban del barrio.

Es fría, y húmeda. Me gustaría que eso hubiera sido siempre lo peor de vivir allí. Pero mi desgracia era de otro tipo, muy diferente, estar cerca de cosas malas, habitar al lado de un lugar maldito. Recuerdo todo lo sucedido, son las razones por las que afirmo que la casa de al lado, y sus secretos, eran terreno del Diablo. 

En general las calles eran serenas, sí, del lado de adentro, a diferentes horas, casi todos los días, yo tenía que soportar esos ruidos, esos extraños sonidos que hubieran vuelto loco a cualquiera. Descubrí que se escuchaban sólo en mi habitación.

Decía que eran mi desgracia, la abuela era medio sorda, pero la verdad es que luego nos vimos involucrados los dos en este misterio.

Todavía resuena en mi cerebro ese primer sonido por el cual desperté en la madrugada. Debo aclarar que mi abuela fue una buena señora, casi madre. De chico me leía libros que después supe se llamaban “esotéricos”, aprendí que era mejor no decir nada sobre el contenido de esas páginas y menos a los compañeros de curso –que redundancia, ocultar el ocultismo–.

Nuestro juego preferido era el de la Ouija, pasábamos horas y horas; fue buena y la quise. Mujer particular sí, pero sabía. Siempre creí que había perdido su alma en una foto, una blanco y negro que atesoraba en su cuarto como si fuera la única y la última. De pie en la escalinata de una iglesia, sola. Era una foto recortada, parecía otra persona, alguien que guardaba un secreto importante.

Hasta sus ojos verdes parecían ajenos a su cara, ni hablar de la sonrisa. La tuve en mis manos una vez, cada detalle se marcó imborrablemente en mi memoria, cuando la recuerdo me vuelve a entristecer.

-¿Quién faltaba?

-¿Por qué el recorte?

Hablaré sobre esos ruidos. 

Los primeros eran golpecitos, uno tras otro, en intervalos de cinco segundos. Fue inútil querer descifrarlos. Duraron horas. Pensé todas las posibilidades sobre su causa, lo juro. Se producían muy cerca de la pared. Pensé en un picoteo, alguien llevando el ritmo con una varita de metal.

Pero el ritmo era demasiado lento y lo de las gallinas u otras aves era imposible. También descarté otras causas, muchas otras. Los sonidos variaron, todos eran casi inexplicables. Cayé, los guardé para mí varios días, hasta que una mañana hablé con mi abuela. 

Recuerdo que desayunaba su té. Negó la posibilidad de que haya existido el picoteo, esa especie de tos, los pasos violentos, todo. Me llamó mucho la atención la expresión que usó para decirme que no, que no podía ser, que era imposible. Parecía que le estaba hablando sobre algo que conocía demasiado bien, después miró para un costado y cambió de tema.

Tenía setenta y nueve en ese momento, estaba bien de la cabeza, preferí darle la razón. Una sola vez me preguntó sobre mis insomnios. Iba de la cocina a mi habitación, al living, y de nuevo desesperado a mi cama. Le expliqué que los rasguños sobre la pared eran persistentes, que jamás había oído algo así en mi vida.

Nunca más quiso saber por qué dormía en el sillón del comedor durante el día; relacionaba todo con mis bajas notas, se negó a entenderme. Sé que estaba inquieta como yo, los dos sabíamos muy bien que no había vecinos, desde hacía por lo menos veinte años. 

Otra mañana recuerdo que le pregunté sobre los últimos habitantes.

“No los conocí. ¿Qué te puedo decir?”, me dijo, y permaneció en silencio casi todo el día.

Un sábado, mientras cortaba el pasto del parque de atrás, mi abuela tomaba mate, y me miraba para indicarme dónde y cómo dejarlo “prolijito”. Sobre la pared medianera se asomó una rata, y se paseó sobre los ladrillos. Mi abuela estaba concentrada en cambiar la yerba. La distraje para evitarle el disgusto diciéndole que no se podía acercar tanto la máquina a la pared, cosa que sabía le pondría los pelos de punta.

Su discurso duró lo suficiente como para que el animal se bajara con esa parsimonia con la que se mueven las ratas grandes, me pone nervioso eso, se toman todo el tiempo para esconderse, por lo menos las que andaban entre las palmeras.

La rata se fue, después se me ocurrió la excusa perfecta para poder averiguar directamente la cuestión de los ruidos. 

–Abuela, encontré dos lauchas entre los pastos del fondo. Vienen de la casa de al lado seguro–.le dije.

Esperé la reacción que tardó bastante.

–Puede ser, debe haber desperdicios. Usan el terreno como baldío –dijo, y siguió caminando hacia su habitación. 

–Nos pueden invadir esas sucias. Sería mejor liquidarlas –. Mi abuela detuvo su lento paso, giró la cabeza y dijo: 

–Se liquidan solas, suben a la otra casa donde hay un gato.

–Sí, algunas sí. Pero creo que las más grandes se vienen para nuestro jardín, no son tontas. Ya saben –. Me acerqué para mirarla de frente y le dije:

–Pensé que podría pasar al otro lado y distribuir unos panes con veneno o esas semillas rojas que las mata –. Mi abuela siguió caminando.

Antes de perderse en su habitación me miró, como pocas veces a los ojos, y me dijo:

–Ni se te ocurra entrar ahí Nicolás –. Me llamó por mi verdadero nombre, obligada por una furia contenida.

Escuché cerrarse la puerta, creo que fue una de las pocas noches en que no me dio su deseo de descanso, ni un “hasta mañana”, quiso dormir enojada.

Pensé en armarle un escándalo en caso de reproches, yo le había avisado que me estaba saliendo de las casillas. Al otro día, con la ansiedad de un criminal, saqué de mi cajón lo necesario y guardé la estricnina que conseguí para usar como prueba. 

Eran las seis, mi abuela seguía en su larga siesta. El día había estado nublado y una leve lluvia cayó durante unas horas. Trepar el muro se hizo difícil, parecía encerado. En vez de parque encontré un terreno tosco, tierra pelada, un cuartito sin techo contra la medianera del fondo, parecía un pequeño taller o un lavadero. Desde arriba todavía no podía ver por donde entrar. Salté.

Llevaba una linterna y la vieja pistola regalo de mi tío bajo la camisa –mi abuela nunca supo de ella–, “para matar gatos” me dijo en mi cumpleaños, no me puso muy contento pero la acepté, más bien era un amuleto antes de esa noche. 

Pisé el terreno barroso, rojizo, triste, con la sensación de ser observado todo el tiempo. Sabía que la casa estaba vacía, pero aún así me creía observado.

¿Y si hay alguien?, me pregunté entre otras cosas, me hice esa clase de preguntas por las cuales me odio, como cuando durante un examen aparecen en mi cabeza en el mejor momento para copiarse.

Soy buen estudiante, mi abuela no lo creía, como tampoco que los ruidos me estaban enloqueciendo. Di unos pasos después de observar bien las ventanas y la puerta, todo era viejo, sucio y parecía cerrado desde siempre.

Quizás fuera cuestión de levantar una de las persianas, mirar un poco adentro, descubrir algo, darle un tiro y ya. Así lo hice, levanté una parte de la persiana, se rompieron las primeras maderas, me costó mucho poder elevarla unos diez centímetros.

Estaba muy oscuro adentro. Pero creí ver ese “algo”. Volví a sentir un miedo que hubiera hecho correr a algunos que conozco, pero terminar el asunto era necesario. Bajé la persiana y caminé a la puerta. Comenzó a llover de nuevo.

Me sentí extrañado al mirar las paredes de la casa, eran cercanas al amarillo pero en algunas partes el cemento estaba virgen de todo color; el techo de tejas brillaba por el agua. Permanecí un momento respirando el aire con olor a la tierra mojada. Luego giré, realmente asustado, para observar al gato que gritó a mis espaldas. Era rayado, gris, no comprendí cómo podía persistir en la mirada que me dedicaba bajo la molesta llovizna.

Emitió un largo gruñido, chilló, y de un salto se guareció detrás de la casilla. En ese momento oí la voz de mi abuela que me buscaba, y creo que sus golpes en la puerta de mi habitación en la planta superior, “ella no sube por cualquier pavada”, pensé. Oírla fue como despertarme.

Encendí la linterna y busqué la puerta nuevamente. Salpicado por uno o dos charcos comencé a dar saltos para llegar a probar el picaporte, ya sin preocuparme por las nuevas excusas que debería inventar al llegar embarrado. Pensé que tenía suerte porque estaba abierta, pero en seguida dudé sobre esa ridícula fortuna, me encontraba apuntando la luz hacia lo que parecía la nada pura. Entré.

El entorno se develaba monótono en el círculo de luz.

El lugar parecía predestinado a servir de cocina, pero nada fuera de la disposición de algunos rincones y grifos, confirmaban mi supuesto. ¡Que desagradables eran los dibujos del haz de luz que yo mismo producía! El techo estaba altísimo, no concordaba con el de tejas, por lo que entendí que ya había avanzado bastante.

Sabía que era estúpido estar ahí, lo desconocido era negativo, para nada fácil de eliminar con una diminuta munición, y si algo de humano había, ese plomo no podía pasar de ser una amenaza si no quería meterme en problemas serios. 

Me costaba respirar ahí dentro, usaba la boca pero el olor era más fuerte. Se parecía al de un hospital aunque más intenso y rancio, horrible, atacaba la nariz sin soltar. El lugar carecía de muebles. Desde afuera llegaba el rumor de la fuerte lluvia. Alumbré lo que parecía una sala, el suelo estaba cubierto por una capa de polvo pero no estaba tan sucio para veinte años sin limpieza.

Subir las escaleras iba a ser la prueba verdadera de cuánto me molestaba lo que tenía que escuchar cada noche. La miré conteniendo la respiración, soplé fuerte y caminé. A esa altura, aunque saliera de ahí corriendo, ya me hubiera considerado un tipo valiente, poderoso. Escuché un golpe al final del pasillo que tenía a mi derecha. Volví a sentirme cobarde. Sin embargo, traté de avanzar un poco para saber de qué se trataba. Hice llegar la luz hasta el fondo del corredor. Había una sombra allí, cerca del piso.

Se movió y desapareció por un costado, el de una puerta entreabierta. Avance despacio. Todavía escuchaba la lluvia. Respiraba medio ahogado por tratar de evitar ese olor profundo. Llegué a la puerta y con la punta del pie la fui abriendo. Saqué el arma. Desde un ventanal entraba la claridad rojiza de la calle, creo que es luz de sodio. Alumbré lo que me llamó la atención en el suelo.

Debajo de la ventana encontré una caja de herramientas completa y un gorrito de papel de diario, lo abrí. Por las publicidades tuve la sensación que se trataba de un periódico viejísimo. Había martillos, y pinzas, rodeando la caja, en perfecto estado, muchos pinceles, de variados tamaños, la mayoría para pintar paredes. En el momento en que inspeccionaba el resto de los compartimentos menores, escuché algo que me dejó helado.

Un fuerte siseo, como el de las serpientes pero multiplicado por cien. Mi dedo buscó el gatillo. Antes que lo hiciera por segunda vez alumbre los ojos encendidos del animal. Era difícil de creer, pero se trataba del mismo gato que había saltado desde la pared del vecino. Me desafió con los dientes pero sin esperar otra reacción se esfumó. Tuve la sensación de que una mano invisible me oprimía el cuello y otra me estrujaba el corazón, y otra me tapaba la nariz.

Tenía la cabeza sumergida en algo denso que me podía llegar a matar. También escuché como en sueños la voz de mi abuela llamándome. La cosa se ponía pesada. Salí pensando en esa única señal de que alguien había estado allí antes, en la caja. El pasillo se me hizo interminable, por un momento tuve la sensación de que realmente lo era. Me sentí un cobarde pero al mismo tiempo me daba cuenta que esa oscuridad era de miedo para cualquiera. Alumbré a mi alrededor y después encaré los primeros escalones. 

La madera bajo mis pies borraba la sensación amarga de la lluvia con un sonido hueco. Lo siguiente que escuché fue de nuevo la voz de mi abuela, pero esta vez me pareció más cercana, pensé que yo estaba alcanzando su altura y, aunque nos separaba una pared, de alguna manera me acercaba a ella. “Miky, Miky, Miky”, con el tono que usaba cuando enfermaba y me llamaba desde su cama.

Al llegar a su dormitorio la encontraba con la cara torcida y los ojos apretados por el dolor, el mismo que nunca supo, o quiso, definir bien, sólo se quejaba, y me nombraba como desde una pesadilla de la que yo parecía formar parte. El aire del piso superior era fresco, respiré la humedad del aguacero y me di cuenta que era porque una ventana estaba abierta, una que se veía desde el piso inferior de mi casa. Jamás había estado abierta antes, lo juro.

Dos habitaciones daban a la pared de la mía. El eco de mi nombre resonó otra vez. La linterna que titilaba. La oscuridad rojiza y vacía. El gato detrás de mí al pie de la escalera mirándome. Todo me produjo un nuevo dolor en el pecho, un estado de tremenda angustia. La pistola me daba cierta seguridad, el resto me asfixiaba del modo inevitable con que lo hacen los malos sueños. 

Avancé hacia la primera habitación. Entonces escuché el taconeo que ciertas noches molestaba. Provenía de la habitación del fondo. La linterna tenía pocas pilas y por más que la sacudí varías veces no quiso responder. Quedé casi a oscuras. Caminé por el corredor apuntándole a la nada de adelante. El gato pasó corriendo y se metió en el lugar adonde me dirigía.

“Hola”, dije en mitad del pasillo; lo repetí más fuerte.

La puerta estaba abierta, los golpes habían cesado. La luz de la linterna se encendió de golpe, y entonces la vi. Estaba de pie, de espaldas, la cola del gato colgaba de su brazo. Me acerqué sin poder creerlo. Era mi abuela. Se apoyaba en un bastón como el que nunca quería usar.

“Abuela”, le dije. Siguió callada. Comenzó a caminar ausente por la habitación, en círculos, sin mirarme, ni dirigirme la palabra. Tuve ganas de llorar, lo reconozco para que se den cuenta como me sentí. Caminó sin detenerse, el gato la seguía hasta que pareció cansarse y se echó en un rincón a relamerse.

“¡Abuela!” le grite, me acerqué para tocarla, pero en ese momento vi las marcas en la pared, en sus brazos, en su rostro. Lo repito, tuve tanto miedo… Logré salir.

En vez de su atención tuve el espanto, el más grande que un ser humano pueda sufrir en su alma. Me tambaleé por las paredes, me acompañaba una mínima luz cuya proveniencia ignoro. Bajé las escaleras sin el arma y sin intención de buscarla. Estaba espiritualmente cansado, me preocupaba carecer de energías para saltar el paredón, iba consumido por el miedo.

Recuerdo poco más de esa casa y de mis infelices pasos ahí adentro. ¿Cómo habré llegado a mi cama? En la madrugada desperté. Traté de convencerme que lo que había vivido era todo producto de mi mente y una digestión lenta. Encendí el velador, tenía las zapatillas puestas, estaban embarradas, húmedo mi pantalón.

Me enderecé desconcertado por completo. Tenía que bajar y ver el estado de mi abuela, lo debía hacer en ese momento aunque la cabeza y los pies no me respondían. Abrí la puerta del dormitorio de mi abuela, la pude ver por el reflejo del comedor. Estaba boca arriba, muy pálida, tenía una mano sobre el pecho, la cara hacia mi. Dormía con un gesto de enojo en sus rasgos.

Fui incapaz de hacerme preguntas sobre su presencia en la casa de al lado, ¿sería ella en verdad? Pensé estúpidamente al principio. Sólo pude llamarla.

“Abuela”, le dije desde más cerca, con toda la angustia atragantada. Abrió los ojos y después de un largo rato me dijo algo horrible, “te pedí que no lo hicieras”. Caí de rodillas.

“Lo único que has logrado es dolor, más y más dolor”, parecía haber estado despierta y a la vez agonizar, temí que esa noche se muriera. “¿Qué viste?”, me preguntó.

Dudé en decirle la verdad.

“Sé que allí hay algo malo, muy malo. Nunca supe qué, pero me hace mal, demasiado daño”, dijo tratando de incorporarse.

Parecía una mujer diferente a la sabia y de carácter firme que me crió, era tan vulnerable como debía ser alguien a su edad. “Está todo vacío abuela”. Me miró largamente.

“Vacío”, arrojé al aire de nuevo, y salí de su cuarto. Padecía su agonía sin saber la causa que la estaba matando, yo que la conocía, apenas podía hacer algo por evitarlo, ¿cómo se mata un fantasma? Pero debía haber una forma de salvarla. Sus gritos cesaron recién la tarde en que el veneno salió de mi cajón. Fue casi un mutuo acuerdo.

Falleció a los dieciséis días de aquella conversación en que me preguntaba sobre lo que había visto del otro lado. Desde entonces hubo silencio, durante los dos meses que permanecí en la casa. Sin embargo el temor era espantoso para mi. Tristeza y miedo a su habitación, y a volverme loco rodeado de libros inútiles para traducir una sola noche interminable.

A veces tengo ganas de regresar, entrar en los cuartos prohibidos. Pero iría con la sensación de que ya no hay nada, quizás ni el vaho inquietante que impregnaba su dormitorio, el mismo de la otra casa; por lo demás, pienso que están vacías, de verdad. Se fue y con ella su adelantado y perverso fantasma. ¿Qué habré visto? Me es imposible seguir pensándolo.

¿Cuándo me ayudará el olvido? Vivo sobresaltado todavía, después de tantos años pero, por suerte, muy lejos de aquel barrio. 

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