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Recorría las sucias y agrietadas calles de la colonia Doctores. Tenía un anhelo casi agónico por llegar a casa antes de que la tormenta se desatara como una bestia sanguinaria sobre las desoladas calles, desde un cielo amoratado lleno de polutos y venenosos nubarrones.

Un cable frío de nerviosismo se enredó en su nuca, invadiendo su espina. Aceleró el paso. Recordar las palabras de aquel tullido y sucio profeta del metro le producía una ominosa e indescriptible sensación. Una sensación injustificada, pues obviamente las palabras eran falsas y llenas del acre olor del sudor y la locura.

Claro, solo hasta la noche. La tensión rojiza del cielo nublado llenó la estridencia de su mente con una lúgubre resonancia difícil de ignorar, convirtiendo a los nervios en pequeñas y desafinadas cuerdas de violín al punto del quiebre. Llegó sin aliento, hecho una masa de nervios alterados, a la unidad habitacional, sintiendo como su aterrada trataba bilis escapar de su cuerpo. La calma del lugar lo enfermaba más. La calma estaba llena de gritos sordos que habitaban su mente.

Un breve lapso cortado de su memoria, y ya se encontraba postrado en sobre fría porcelana de baño, sintiendo cómo sus entrañas trataban de apartarse, de escapar de la tormenta y de las palabras del enloquecido profeta del metro, mientras su ser negaba lo aterrado que estaba.

“Claro que es mentira, ¿no?”

“No, Alain.”

Era su demacrado gemelo, que lo escrutaba con enfermiza sorpresa desde el espejo del baño. Estaba lívido y ojeroso, destrozado y deforme. No era él. Por supuesto que no era él.

El miedo es capaz de malearte. Es capaz de transformarte.

Tomó dos “Peptos” sin muchas esperanzas de mejorar. Cansado y con el aparato digestivo destrozado, Alain se dirigió a su cuarto y se sumió en un frágil y confuso letargo. Sólo hasta la noche. A las once cincuenta, el rumor lo despertó. Somnoliento, se dirigió a la ventana. Por ella atisbó a la enorme mancha de condóminos, que se dirigía confusa y turbada hacia el patio de la unidad pisando la hojarasca muerta del pasado otoño.

Movido más por el morbo que por su voluntad, Alain salió de su morada y se unió al río de gente. En medio del gentío se podía oler el miedo, frio y húmedo, como moho. Se podía sentir la pesadez de los hálitos; la tensión era palpable.

Rostros desencajados, dientes chirriantes, cuerpos temblando, pieles sudorosas. El terror era como una pila de escombros. Entre la multitud se encontró con la chica del 3B4. Las memorias de sus deslices, así como su nombre, quedaron diluidas.

-¿Qué pasa? -le preguntó, desconcertado.

Ella se limitó a encogerse de hombros. No se veía mejor que él. Abriéndose paso entre la gente, Alain y (“Amanda, se llamaba Amanda”) la chica del 3B4 pudieron llegar al patio.

La gente se había detenido; todos miraban al cielo con fascinación horrorizada. Ellos hicieron lo mismo. Quedaron mudos. Todo el mundo miró al cielo, sin mencionar nada.

El silencio era quebrado por el rumor del trueno. Un zumbido nació de su garganta, presagiando la locura, y las palabras del profeta maldito retumbaron de nuevo en su mente: “¡Desde el cielo el agujero se abrirá, como el ano de Satanás! ¡Defecará sobre nosotros la inmundicia, mientras las abominaciones volarán sobre nosotros y entre nosotros, devorando a los hombres, robando a los niños y violando a las mujeres! Hermanos… El padre se olvidará de nosotros… Nos joderá con el Armagedón, quemando con frío el espíritu, volviendo de sangre el cielo y desatando la oscuridad del hombre…”.

Alain se quebró.

El cielo parecía sangrar. Bordeado por cuajarones de nubes carmesí, el vórtice, enorme y oscuro, rugía con la voz innatural de un viento arreciado; como si rugiera blasfemias a la tierra. El rugir por un momento se detuvo, para darle paso a un silencio de muerte. Luego llegó el granizo, helado y pesado.

El aliento se contuvo. Un trueno rasgó la Tierra, haciéndola cimbrar como si la llenase de vitalidad, una horrenda vitalidad. Fue entonces cuando la multitud se disolvió en el pánico, dirigiéndose a todas partes y a ninguna a la vez, aplastando a los caídos y esparciendo su sangre en el suelo, como si fuesen rosas del mal.

Alain permaneció inmóvil, ignorando los gritos de Amanda que le suplicaban que se moviera. En su absorción, se preguntó por qué la gente huía despavorida. ¿Somos tan frágiles? ¿Tan idiotas? ¿Tan supersticiosos? Cuando el miedo está de por medio, la respuesta es sí.

El miedo es capaz de malearnos. El miedo es capaz de materializarse. Alain contempló con horror como el suyo se volvía un ser blanco y cadavérico como un ángel corrupto; un ser sin rostro alguno. Fue entonces cuando Alain pudo reaccionar, y, tomando la mano de Amanda, corrió despavorido, esquivando a la multitud que se arremolinaba, delirante de un miedo religioso.

Los cuerpos de los caídos se esparcían, a la vez que las bestias (¿eran bestias? ¿De verdad lo eran?) del cielo –surgidas del agujero- se lanzaban en picada, bordeando el cielo sangriento y devorando los cadáveres. El pellizco del granizo, el rugir del cielo, el alarido de la multitud, las bestias del cielo, aquel ser que le perseguía.

Para Alain fue como un sueño. Una pesadilla en la cual la humanidad se deshacía en alaridos, sucumbiendo ante el miedo o ante la locura. Muriendo y marchitándose algunos; matando, violando, siendo devorados por las abominaciones (¿de verdad existían?) otros. No hay peor oscuridad que la que habita en el corazón del hombre. Solo enloquece a las masas y estas se destruirán a si mismas.

Los monstruos (¿somos nosotros?) que volaban en el sangriento cielo eran más testigos que atormentadores. Dios o Satanás, fuera quien fuera, ambos sabían que eso era cierto. Todo puede arder. Todo ardía.

En su carrera desesperada, Alain perdió a Amanda cuando ella tropezó y fue raudamente cubierta por una horda de salvajes y aterrorizados monstruos llamados humanos, como una ola de marabuntas, que le infligieron peores tormentos que la muerte misma. Alain fue incapaz de ayudarle.

El grupo de salvajes lo redujeron con facilidad partiendo unos huesos, rasgando algunos pedazos de piel, mordiendo la carne. Sintiendo su agonía, yaciendo en posición fetal, oyendo los alaridos de su compañera a la lejanía, expulsando la bilis acre por la boca... Alain supo que había sido todo.

Aunque de alguna manera era mejor morir así, que devorado por los monstruos o por la gente... (¿Había diferencia?) Era mejor morir, simplemente.

En su agonía, Alain contempló de nuevo al ser blanco. Este se arrodilló a su lado y lo acunó con unas manos extrañamente cálidas.

Le habló con la voz de su madre, lejana y olvidada: “Duérmete, cariño. Fue una pesadilla. Solo eso”. Y él lo hizo. Durmió para ya no despertar jamás.

¿Y el mundo sucumbió? Todos murieron antes de saberlo. La respuesta se perdió, pues no hubo testigo alguno. La oscuridad cubrió todo. Incluso el olvido fue olvidado.

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