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Esta noche subiré al tejado y miraré la Luna, como siempre. Soltaré las amarras en mi mar de dudas y volveré de nuevo la vista al cielo, expectante, como si de la bóveda celeste fueran a caer meteoritos de sabiduría sobre mí. Tal vez mi mente vuele de nuevo, se escurra entre las estrellas y baile pícara entre los astros ignotos y las fisuras negras que guardan celosamente los secretos del universo. Luego creeré dominar la cara oculta de la existencia. Seré Dios. Bastará mirar al cielo para encontrar la respuesta a todas las preguntas de la humanidad, y tener un solo pensamiento para sentirme sobre todas las cosas. 

De nuevo, pienso que al volver a mi habitación me tumbaré, exhausto, preguntándome qué tipo de psicopatología o, tal vez influjo lunar, es el que subyuga mi ser hasta el punto de sentirme exánime y no ser capaz de escribir una sola palabra, de concebir una sola de las ideas asumidas bajo la luz blanquecina. 

No siempre fue así. En un principio, gozaba de la bendición de las constelaciones. Cada noche rendía mi tributo a los astros y ellos me recompensaban con el más valioso tesoro: la inspiración.

Con el paso del tiempo, la musa me fue abandonando. En mis tardes en blanco empecé a contemplar mis obras pasadas sólo para eliminarlas de inmediato en medio de la cólera, sintiéndome traicionado. Todo lo que antaño me alumbraba luego me empezó a parecer una farsa, vulgares palabras sin sentido. Supe que nunca fui realmente especial, sentí que el cielo me mintió, e intenté en vano buscar las respuestas en la blanca superficie de la Luna. 

Casi sin darme cuenta, cambió mi forma de adornar la realidad con fantasía. Luz, vida y los más puros valores de la humanidad dieron paso a oscuridad, muerte, y el peor lado de la mente humana. Cada día que pasaba mis manos creaban cosas mejores y más sombrías, aún a pesar de haberse podrido mi relación con la Luna.

Pero tal situación fue breve. Apenas unos meses después de mi herejía, empecé a sufrir el peor infierno de los escritores: la página en blanco. El borrar más que escribir. La papelera llena de textos abortados. Actualmente, cada noche terribles pesadillas atormentan mi existencia y no logro nada más que frustración cada vez que intento convertir grandes ideas en apasionantes relatos. “Las mejores ideas son precisamente las que no pueden ser narradas”… con esa frase me he intentado engañar a mi mismo tras cada frustrante fracaso frente al ordenador. 

Este infierno no puede continuar. Sin inspiración, acabaré enloqueciendo. Mi mente, tren sin frenos cuyo lastre lo aproxima cada vez más al negro abismo, necesita descargar los demonios que nacieron en su seno desde el mismo momento en que la luz abandonó mi vida. ¿Qué acabaré haciendo? ¿Qué acabaré por hacer en el mundo real al ver cerradas ante mis ojos las ventanas de la fantasía? ¿Me limitaré a observar a través del cristal, como la muchedumbre vacilante que apenas se aproxima según la longitud de los cables que salen de su cabeza? Yo no puedo conectarme los cables si nadie me ayuda, ni quiero. Estoy solo, desesperado. ¿Qué acabaré por hacer cuando mi mente caiga en las tinieblas? 

Es por todo lo que he contado que esta noche subiré al tejado y miraré la Luna, como siempre… sólo que esta vez sé que por fin recuperaré su bendición. Llevaré mi ordenador portátil conmigo y escribiré allí mismo cada traza de pensamiento que cruce por mi mente imbuida de flujo celeste. Si no hago esto, ¿de qué me sirve ser Dios? ¿Realmente existen las cosas mientras no ocurren, siendo éstas algo más que el rastro de una mera información registrada? ¿Hasta qué punto mis experiencias con la Luna forman parte de la realidad, o de la fantasía? No lo sé. Esta noche espero encontrar las respuestas. Con suerte, la musa volverá conmigo, y seré Dios por siempre. Quede, pues, esta nota como el único rastro de mi anterior existencia.

Firmado: EL DESCONECTADO


Esta fue la nota que encontró la familia del joven en su habitación poco antes de ver el cadáver tendido en el suelo a la entrada de la casa. Al subir, pudieron ver desde la terraza de la azotea lo que esperaban encontrarse, colocado en equilibrio sobre el tejado a dos aguas. Era un ordenador portátil abierto y encendido. Al recogerlo, pudieron ver lo que había escrito en la pantalla: 

“Al fin lo he comprendido todo. No era una farsa, yo tenía razón. Las mejores ideas son precisamente las que no pueden ser narradas”

Influjo Lunar

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