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Aquella era una noche fría y seca; Teresa se encontraba sola. Se levantó del sillón, y fue a la cocina para servirse un poco de café, como era su costumbre aquellas noches frías. Bebió un sorbo y aquel instante tan agradable fue turbado de pronto. Hubo un gran estruendo afuera, en el patio, Teresa se acercó a la ventana y observó a través de la persiana; se había levantado un poco de polvo y mientras se disipaba alcanzó a ver una silueta tumbada en la hierba de su adorado jardín.

Salió en bata y pantuflas a toda prisa para ver qué había ocurrido; casi tropieza con el pobre Micifú. Miró pasmada; Tirado boca arriba se encontraba un sujeto alto, de cabello negro y piel de un color pálido, casi espectral, este hombre, al parecer, estaba herido. Sin meditarlo un momento Teresa lo ayudó a levantarse y lo hizo entrar en su casa, con dificultad lo llevó hasta la sala, donde un rato después se encargó de curar sus heridas.

-Disculpe, no se ve bien y además esta helado, ¿tiene un numero para llamarle a algún familiar? ¿Señor…?– preguntó Teresa preocupada al extraño.

- Hatherley, temo que no tengo a nadie. – contestó él con una voz amarga, mientras cerraba su camisa donde llevaba el vendaje que le había puesto Teresa.

Teresa lo miró extrañada, le pareció muy atractivo a pesar de ese aspecto desaseado y de las heridas que presentaba.

-¿Cómo fue que se lastimó? – preguntó mientras le ofrecía una taza de té, él se puso la mano en la frente y cerró los ojos un momento recargándose en el sillón.

-No lo recuerdo con claridad. – dijo después de un momento e intentó levantarse con dificultad – Debo irme, le agradezco mucho, pero no he de ser una molestia, señorita.

- No es ninguna molestia – dijo ella con amabilidad – puede quedarse en la sala, iré por unas mantas.

Más tarde, después de dejarle algunas cosas, Teresa fue a su habitación para dormir, cerró por dentro con doble llave, y se quedó más tranquila, pensando que no había cosas de demasiado valor como para preocuparse.

Teresa despertó después de un extraño sueño y al levantarse y ponerse sus gafas vio al señor Hatherley mirándola a los pies de su cama.

-¿Qué estas haciendo? ¿Cómo entraste? – preguntó enojada y sobresaltada. El joven la miró con una sonrisa que parecía hipnótica, se acercó a su cama y se inclinó a la altura donde estaba ella. Teresa se calmó y olvidó por un momento la incómoda intromisión de su invitado.

-Solo quería despedirme y no podía hacerlo sin antes mostrarle mi gratitud. –Sonrió de un modo enigmático, dulce pero con un toque sombrío en esos profundos y bellos ojos azules. Tomó la mano de Teresa, la acercó hacia él y le dio un beso, ella sintió un escalofrió; sus manos eran gélidas aunque suaves y de tacto agradable igual que sus labios delicados y fríos.

-Por favor sal. –dijo ella retirando su mano. Su corazón latía acelerado, y de alguna manera le agradaba tan curiosa situación, sin embargo sabía que algo con todo eso no marchaba bien.

-Entiendo. –Dijo el señor Hatherley con un semblante serio – ¿Te has dado cuenta de lo que realmente soy? Era de esperarse; tu fe casi quema, aunque te agradezco haber sido tan buena.

-¿Eh? ¿Cómo?… –Preguntó Teresa sin entender a qué se refería Hatherley, este sonrió ampliamente.

-Nada en especial, solo no quiero que pienses que quiero aprovecharme de la circunstancia. –se levantó con un poco de dificultad y se sobó el pecho del lado izquierdo.

-¿Estás bien? – preguntó Teresa levantándose con semblante de preocupación, se acercó a él y puso su mano en su pecho titubeando un poco, en ese momento. él la tomó por la muñeca y le dio un beso al que Teresa respondió, después de ese instante la miró y fue como si la joven perdiera noción de sí, y de todo, fue como si no fuera ella; el roce de sus labios, y aquellas manos frías que la acariciaban y todo aquello que le parecía casi irreal y al mismo tiempo tan exultante. Aquello que ella en el fondo de su ser sabía que no debía ser y no obstante mitigaba aquella soledad.

Teresa estaba acostada al lado de aquel que apenas conocía y con quien había compartido algo que no había hecho con nadie más antes. Su presencia la tranquilizaba a pesar de aquel frío.

-Eres maravilloso, aunque no sé tu nombre… -Musitó Teresa acariciando su pecho donde tenía la venda. Él la miró un poco serio.
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-¿Qué objeto tiene, pequeña? – contestó él con dulzura, sin embargo la joven replicó:

-Quiero saber quién eres. –dijo ella un poco melancólica. Él bajo la mirada y su semblante se ensombreció.

“Había hecho cosas que muchos considerarían viles incluso inconcebibles, sin embargo nunca me había sentido culpable hasta ahora ¿Por qué?”

-Me odiarás si te lo digo –dijo el sin poder mirarla a los ojos. Teresa tomó su mano y le dio un beso.

-Tal vez no lo sepas, pero puedes confiar en mí –Sonrió de aquel modo tan dulce que él se cubrió el rostro con ambas manos.

-Solo, por favor olvídalo, olvida todo esto, lo que paso, ¡olvídate de mi!… – Dijo él levantándose mientras se vestía a toda prisa, ante la mirada atónita de Teresa.

-Pero…–Musitó Teresa -¿Por qué?

Él se acerco a la ventana, la abrió de par en par y caminó hasta el borde de su balcón, mientras de su espalda surgían unas enormes alas negras como la misma noche y sin decir nada más se dio un fuerte impulso. Teresa, asustada, se puso su bata y corrió para intentar detenerlo, algo dentro de ella no deseaba que se fuera ya que en su casa ella siempre se había sentido algo sola, pero aquella noche ese sentimiento había desaparecido. Sin poder hacer algo, solo pudo ver cómo se alejaba volando, como si fuera un cuervo extraviado en mitad de la noche.

“No sé exactamente qué paso, ni quién era él y aunque me gusta pensar que se trataba de un ángel que se dejó llevar, sé muy en el fondo que no lo era… Había un sentimiento obscuro dentro de él, pero después de meditarlo un poco pude notar que había también algo de soledad y arrepentimiento. Sé que fue algo que no debía haber pasado y sin embargo pasó, y que espero jamás olvidar”

Para un demonio corromper o mancillar a alguien que tiene fe verdadera es como un trofeo, es como escupirle al creador en el rostro y decirle “esta vez te he ganado”, aunque en el caso de este señor de tinieblas que se hizo llamar Hatherley, lo sucedido abrió una brecha en su corazón; le hizo sentir culpa y arrepentimiento. Quizá la desinteresada ayuda de esta dulce joven lo hizo pensar en muchas cosas. Tal vez podía cambiar o aprender, no lo sabía aún. Lo que era seguro es que no descansaría hasta averiguar qué era ese calor que sentía en su interior.

Continua en Cassiel

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