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Me llamo Susana y estoy a punto de hacer algo de lo que posiblemente me arrepienta cuando ya sea demasiado tarde. Hoy he sido testigo de algo increíble en el instituto.

Mi amigo Juan aceptó mi reto de invocar a Verónica y según las leyendas urbanas, ésta se le aparece al que la invoca para llevar al desdichado al infierno. Cuando salimos del baño pensé que eran tonterías o que quizás no habíamos hecho bien la invocación. Se supone que hay que hacerlo con las luces apagadas, con nueve velas en torno al espejo y con unas tijeras cerca. 


Sin embargo Juan cayó muerto ante mis ojos cuando salimos del baño. Parecía que algo lo asfixiaba, estuvo dos minutos muerto antes de que los enfermeros consiguieran reanimarlo. Se recuperó y al parecer tiene problemas de corazón que él no sabía que tenía.  En cuanto le vi despertar le pregunté si recordaba algo y miró hacia el infinito. Entonces dijo su nombre, como si la estuviera viendo. La llamó: Verónica.

Luego pestañeó dos veces y me dijo que no recordaba nada, ni siquiera nuestra conversación de espiritismo que tuvimos antes de que fuéramos ante el espejo.  La verdad, por la expresión de su cara diría que era sincero. Debió olvidar todo al despertar, pero durante un par de segundos lo tuvo en su cabeza antes de pronunciar su nombre.


Me muero por ver fantasmas, soy fanática de lo sobrenatural pero sé que estoy jugando con fuego. Aún así estoy dispuesta a arriesgarme, esta vez voy a hacerlo y quiero que quede documentado como es debido. Si me pasa algo, no será necesario abrir una investigación criminal. Sin duda Verónica habrá venido a buscarme. Sinceramente, tengo muchísimo miedo.

Sé que puede ser una tontería y que Verónica no exista, pero tengo que hacerlo o enloqueceré por la duda. Tengo que verla con mis propios ojos. Si lees esto, mama, lo siento. Ya sabes que soy muy cotilla y que todo lo tengo que saber aunque sea exponiendo mi vida o mi cordura, como en este momento. Te quiero y por favor, no llores por mí, sabes que no me gusta que la gente me tenga lástima o pena.

Susana

La chica se había pintado para la ocasión. Pintalabios negros, ojeras profundas donde se veían sus ojos en el centro como dos canicas blancas y azules, el resto de la cara blanca como la cal. Su pelo rizado pelirrojo contrastaba con la poca vida en su rostro y parecía que le ardía la cabeza cuando le daba el sol a su cabellera.

Susana era muy guapa, siempre lo decía su madre, lo decía todo el mundo, que tenía facciones perfectas. Rostro redondeado, pómulos marcados, labios carnosos, nariz recta y pequeña, ojos almendrados de color azul cobalto. Era guapa, pero siempre se maquillaba tanto que asustaba.


¿Desde cuando se había vuelto tan rara? Se preguntaba.

Desde que murió su padre en una manifestación del trabajo. Él luchaba por lo que era justo y le pasó un coche por encima, como si fuera un perro abandonado. Fue tan injusto que muriera así que nada de lo que le decían le servía de consuelo. Nadie tenía la culpa, ni siquiera el conductor, que no podía imaginar que se cruzaría un hombre sin mirar. La manifestación estaba acabando y habían reabierto el tráfico sin que su padre lo supiera.

Nadie tenía la culpa pero era injusto. Quizás por eso Susana decidió ser diferente. No había una razón lógica, simplemente comenzó a ver la muerte y lo sobrenatural como la única vía de escape, un camino para volver a ver a su padre y que le contara si su muerte había servido para algo. Le echaba tanto de menos... Ninguna adolescente de trece años debería sufrir de golpe la muerte de uno de sus progenitores. Y allí estaba ella, frente al espejo, con nueve velas rojas haciendo un semicírculo y unas tijeras justo delante del espejo.

Lo primero que haría, si acudía Verónica, sería preguntarle por su padre. Todo eso merecería la pena si conseguía hablar con él. Estaba sola en su casa. Su madre se había marchado a ver a su abuela y volvería dentro de dos días. Sabía que si la cosa se complicaba, ella sería la única implicada.


- Es la hora - se dijo a sí misma, mirándose al espejo.

Estaba tan acostumbrada a su cara de muerta que dudaba que Verónica la asustara a ella más de lo que ella asustaría a Verónica.  Esa era una de las razones por las que le gustaba maquillarse como una muerta. Saber que inspiraba miedo, recelo o incluso rechazo en la gente, era una curiosa forma de poder.

Así no tenía que andar diciéndole a la gente "cuidado conmigo, soy peligrosa". Y lo peligroso era poderoso. 


- Verónica, Verónica, Verónica - dijo, con determinación.


Se quedó quieta, expectante. Miró a su alrededor, sintió un leve mareo y palpitaciones fuertes en su pecho. No veía nada fuera de lo común, allí no había nadie. Comenzó a pensar que todo eso de Verónica podía ser una broma para críos y que solo era una leyenda urbana inocente que se contaban unas niñas a otras para hacer el tonto delante de los espejos. 


Al cabo de cinco minutos dejó de mirar al espejo y miró a su alrededor. Encendió la luz, apagó las velas y cogió las tijeras. Aún tenía la esperanza de verla por alguna parte, quizás a su espalda. Miró hacia atrás en varias ocasiones pero no había nadie. Estaba sola.  Hizo los deberes con la sangre hirviendo por la emoción de que Verónica surgiera de cualquier reflejo en cualquier momento pero cada vez que creía ver una sombra moverse miraba rápidamente para sorprender a la visitante y nunca había nada.


- Menuda estupidez - dijo, dándose por vencida después de dos horas desde la invocación.  Se puso una película de miedo mientras cenaba pizza. Estaba en estado febril, alerta y el miedo se estaba convirtiendo en una droga para ella. Sin embargo no había fantasmas a su alrededor.

Esa noche ni siquiera tuvo pesadillas. Incluso se levantó de la cama sin acordarse de lo que había hecho la noche anterior. Pensó que tenía que llamar a Olivia y Sara, sus amigas góticas, con las que compartían todos sus pensamientos más oscuros.

Aún no estaba preparada para contarles su fracaso, quería esperar un día más, quizás dos. Verónica nunca aparecía en el momento que la invocaban. Aunque a Juan se le apareció casi nada más llamarla. 

Al cabo de una semana decidió que Verónica no había acudido por una razón: Ella no merecía ir al infierno. Se lo contó a sus amigas y éstas le dijeron, horrorizadas, que estaba loca por retar así a la muerte.

- Ahora ya sé que voy a vivir muchos años - dijo Susana.

- Puede ser, pero tía, yo nunca haría eso estando sola en casa - contestó Olivia, que creía en todas las supersticiones y alguna más que ella misma se había inventado.

- Está claro que los fantasmas no existen. No hay nada sobrenatural - replicó Sara, escéptica.

- ¿Has intentado invocarla tú? - preguntó Olivia.

- En realidad sí, varias veces. Después de lo que me contaste de tu amigo del insti - miró a Susana -, no pude evitarlo, tenía que comprobarlo por mí misma. Lo hice durante varios días y todavía no he visto nada. 

- ¿Creéis que Juan lo olvidó todo o solo finge? - preguntó Susana -. Al parecer es el único que la ha visto, que nosotras sepamos.

- Estoy segura de que finge - afirmó Olivia.

- Puede que finja, pero perdió 50 euros en la apuesta. No me los habría devuelto si fingiera - dedujo Susana -. Tengo que hablar con él. Me tiene que contar lo que vio y sé que no lo hará por las buenas. ¿Me ayudáis a darle un buen susto? - Para dar sustos, cuenta con nosotras - dijo Sara.

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