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Cuando Juan se dirigía a casa trató de olvidar aquella conversación tan rara que acababa de tener con las tres góticas. Lo que le había ocurrido aún le producía angustia cada vez que lo recordaba y, aunque era la primera vez que hablaba de ello, no se sentía mejor ni se había quitado un peso de encima.

Al contrario, sentía que no debía haber contado semejante experiencia. Por suerte, no todas le creyeron. Llegó a una calle desierta que tenía el semáforo en verde para los coches. Se detuvo y esperó a pesar de que no venían coches y se veía que no pasarían.


Una chica se detuvo a su lado. La miró, asustado, y vio que se trataba de una desconocida. Dejó de mirarla al instante y cuando el semáforo se puso en rojo cruzó como si tuviera prisa. Se sentía extraño, era como si temiera que iba a ser castigado por revelar su secreto.

Pero, ¿por qué no iba a poder contarlo?

Nadie le había dicho que se callara, era su sentido común y la certeza de que si lo contaba a las personas equivocadas le tomarían por un chiflado.


Cuando llegó a su portal miró detrás de él y no vio a nadie. ¿Quién iba a estar allí? Sin embargo tenía miedo, le temblaban las manos. Le costó trabajo atinar en la cerradura y cuando consiguió darle la vuelta y abrir, empujó la pesada puerta de hierro y cristal y se metió dentro. Después empujó la puerta para que cerrarla lo más deprisa posible y cuando sonó en chasquido suspiró aliviado.

Levantó la mirada y se vio reflejado en el espejo... tenía una cara espantosa, como si acabara de ver un fantasma. Se instó a sí mismo a relajarse ya que si le veían así sus padres le preguntarían qué había pasado. No quería hablar de ese tema nunca más. Se dirigió al ascensor y sintió que se le erizaba el bello de la nuca.

¿Por qué tenía tanto miedo?

Presionó el botón y espero a que llegara. Tardó lo que se le antojó una eternidad.


- Vamos, vamos - se dijo.


Finalmente sonó la campanilla de que había llegado y se abrieron las puertas. Se introdujo sin pensárselo y se encontró dentro a una chica que chilló al verle entrar tan decidido. Le dio un susto de muerte y retrocedió tan pálido que la chica se tuvo que disculpar. Era su vecina, que no esperaba encontrarle ahí.


- ¿Estás bien? Yo también me he asustado.


- No pasa nada - respondió él, tratando de sonreír.


Ella salió y se marchó.


- Hasta luego - dijo ella, mirándolo con poca confianza mientras se marchaba.


Juan entró en el ascensor y presionó el botón número 7. Suspiró y se dijo que estaba entrando en una especie de pánico sin sentido. No pasaba nada ni le pasaría nada. Si seguía así le daría otro infarto y esta vez puede que no lo contara.

Pensó que su angustia podía ser causada por la misma dolencia cardíaca del día que casi se murió. Respiró hondo y después de lo que se le antojó una eternidad el ascensor se detuvo y se abrieron las puertas. Justo cuando iba a salir le pareció escuchar una voz junto a su oído.


- La muerte te persigue - le dijo.


Al oír aquella voz se giró para ver quién le hablaba y no vio nada. Entonces miró al espejo del ascensor y vio a su lado a una chica morena con ojos hundidos y oscuros. Era Verónica. En ese momento Juan perdió el sentido y cayó al suelo.

Cuando despertó estaba en el sillón del salón de su casa y su madre tenía el teléfono en la mano. Estaba hablando con emergencias. Se incorporó con dificultad y se llevó la mano al pecho.

Le ardían los pulmones y la garganta, como si hubiera gritado un buen rato. Sin embargo no recordaba nada de lo que le había pasado desde que perdió el sentido en el ascensor.


- Gracias a Dios - su madre le vio despierto y le abrazó con fuerza.


- ¿Qué me ha pasado?


- Te desmayaste en la puerta de casa - respondió ella -. Llevas diez minutos inconsciente.


- Vaya - respondió, él obligándose a morderse la lengua para no contar lo que había visto.

Fueron al hospital por precaución y le hicieron pruebas. Juan decía que solo había sido un mareo, pero su madre no estaba dispuesta a dejar de hacer un chequeo ya que no era normal un desmayo así. La sorpresa de ambos fue mayúscula cuando el cardiólogo encontró la causa. 

- Siento comunicarles que su corazón está muy dañado. Es como si le costara trabajo latir, es una dolencia común... desgraciadamente. Muchos deportistas mueren a los treinta años porque su corazón de repente se para. Me temo que tú tienes esa dolencia cardíaca.

- ¡Dios mío! - sollozó su madre.

- Pero, ¿no se puede curar? Escuché en la tele que se puede tratar.

- Solo un transplante podría darte más tiempo. Pero la lista de espera es tan larga que no puedo garantizarte que puedas obtenerlo a tiempo. Tendrás que tomarte estas pastillas - el doctor comenzó a escribir una receta -, todos los días, a la misma hora. Sin embargo este tratamiento solo consigue evitar desmayos... No evita los infartos. Cuando te sientas mal y notes que te falta aire para no asfixiarte

- volvió a escribir en el papel -, tómate un cuarto de esta pastilla. Pero no te la tragues, simplemente ponla debajo de la lengua y te pondrás mejor.


- Dígame la verdad, doctor - le exigió su madre -. ¿Se puede curar?


- No.


- ¿Cuánto tiempo me queda? - preguntó Juan, aterrado.


- No se puede saber, probablemente un día, una semana, un año... puede que diez años.


- ¿Y si no hago deporte? - Debes hacer algo de deporte, pero muy moderado. Y por supuesto, nada de sustos. Debes dejar de ver películas de miedo, ni subirte a montañas rusas o cosas que puedan alterarte. Si estás estudiando deberías dejarlo ya que la tensión de los exámenes puede ser letal para ti.


- No diga tonterías, necesito estudiar, ¿qué voy a hacer sino el día de mañana?


- Creo que todavía tienes que hacerte a la idea de lo que te he dicho - dijo el cardiólogo -. No vas a vivir mucho.


- No me voy a morir. Es usted el que no sabe cómo curarme, no me venga con que no me queda mucho tiempo.


- Yo solo he dicho mi opinión, por supuesto. Si quieres puedes buscar otra.


- ¡Por supuesto que iremos! - espetó la madre, enojada.


Se marcharon pero Juan sentía que el médico tenía razón. Había algo raro en su pecho, sentía que le ardía como si le faltara algo. Su corazón latía con escasas fuerzas aunque más que por enfermedad hubiera jurado que lo hacía por que sentía que le faltaba alguien.

Cuando se enamoró por primera vez de una chica sintió algo parecido aunque no tan fuerte y tan "físico". 

Ninguno de los hospitales donde fueron a repetir las pruebas le dio otra respuesta a Juan. Estaba condenado. Uno de los médicos se había atrevido a sentenciarlo a morir en menos de un mes.

Su madre estaba destrozada y Juan seguía pensando que todo lo que le pasaba era por culpa de Verónica. Ella le había tocado y pretendía llevárselo poco a poco, quería que sufriera la agonía de saber que cualquier día podría morir.

Si ella le había hecho eso, ella tenía que saber cómo curarle. Sin embargo, ¿cómo la iba a encontrar? Las veces que se había topado con ella fue porque ella le buscó a él. No sabía cómo la convencería para que le curara, si es que se la podía convencer de algo.

Lo más probable era que esta vez se lo llevara al infierno para siempre, aunque eso se le antojaba ligeramente menos terrible que no saber si iba a morir hoy o mañana.


- La invocaré de nuevo - se dijo Juan, un día, justo antes de dormir.


Decidió hacerlo al día siguiente, por la mañana. Le dijo a Susana, su compañera tétrica de clase, que si quería podía asistir a contemplar su muerte. Ella aceptó, fascinada, e invitó a sus esperpénticas amigas. Eligieron unas ruinas cercanas al instituto donde sabían que nadie les interrumpiría.

Al ser invierno se hizo de noche a las seis y media y el ambiente fue perfecto. Llevaron un espejo grande que casualmente encontraron cerca de una basura, parcialmente roto y lo colocaron de pie junto a una columna de hormigón. De camino al lugar, Olivia se acercó a Juan y no dijo una palabra, visiblemente nerviosa.

Juan estaba demasiado concentrado en lo que iba a hacer como para darle conversación a esa niña. Sabía que estaba esperando que le dijera algo pero no quería intimar demasiado. Esperaba que, si nadie lo mencionaba, podía evitar aquella cita que dijo que tendría con ella varios días antes.


- Hay que poner las nueve velas - especificó Susana. - La otra vez no lo hicimos así - dijo Juan.


- Hay que hacer las cosas bien - replicó ella -. Si quieres que aparezca, tienes que esmerarte.


- ¿En serio creéis que vendrá? - replicó Sara, escéptica. - Estoy seguro - dijo Juan, más por necesidad imperiosa que por convicción. No les había contado lo que le habían dicho los médicos.

Temía que si lo sabían no se atreverían a hacer algo así en su delicado estado de salud. Pero Juan sabía que en esa sesión de espiritismo tenía más posibilidades de recuperar su salud que en los hospitales más caros del mundo. Susana encendió las velas con sumo cuidado. Juan esperó impaciente y en cuanto encendió la última comenzó la invocación.

Las chicas le escucharon decir el nombre con silencio ceremonioso, incluso Sara, que aunque no creía que apareciera, disfrutaría mucho si se equivocaba y de verdad esperaba equivocarse. Ver un fantasma podía ser una experiencia única. La llama de las velas comenzó a moverse bruscamente por una ráfaga de aire. Dos de ellas se apagaron y las otras continuaron encendidas cuando el vendaval pasó.


- ¿Estás ahí? - preguntó Juan.


- Aquí estamos - dijo Olivia, bromeando. Juan la miró fastidiado.


- Creo que una vez más hemos demostrado que los fantasmas no existen - intervino Sara, sonriendo, pero decepcionada.


- ¿Por qué me buscáis? - preguntó una chica desde lo alto de una montaña de escombros.  Su silueta era de una muchacha vestida de uniforme escolar. Su pelo caía sobre sus hombros como una cascada negra y no podían ver su rostro.

Sin embargo Juan reconoció su voz de inmediato.


- Necesitaba verte - dijo Juan, ansioso.


- ¿Tantas ganas tienes de morir? - preguntó ella con tono irónico. Susana se acercó a él y le puso una mano en el hombro. 


- ¿Estás bien? - le preguntó.


- Estoy bien - dijo, sorprendido.


- ¿A quién hablas? - preguntó Susana, mirando la montaña de escombros como si no la viera.


La muchacha descendió, ignorando ese comentario. Sus pasos sobre la arena no emitían sonido alguno lo que hizo palidecer a Juan. Debía ser el único que la veía.


- Los médicos me han dicho que no me queda mucho tiempo. Estoy seguro de que tú tienes la culpa - acusó sin miedo, Juan.


Susana se llevó las manos a la boca al oir la noticia. Sus amigas miraron a Juan apenadas y asustadas, especialmente Olivia.


- Yo te salvé del infierno - dijo Verónica -. Te he protegido de la muerte incluso en la puerta de tu casa. Tu hora ha sido rebasada hace semanas. ¿Crees que encima tengo la culpa de que vayas a morir? Juan perdió la noción del tiempo, estaba mareado y confuso.

Sintió que sus amigas corrieron asustadas, debieron creer que acusaba a Susana de su enfermedad... no le importaba. Escuchó un golpe sordo y contundente a su lado.Ni siquiera le llamó demasiado la atención porque no quería perder de vista a la chica.

Tenía la habilidad de desaparecer con una asombrosa facilidad. Su atención estaba fija en Verónica que ejercía sobre él un extraño poder de seducción y al mismo tiempo le causaba pánico. Pánico por el recuerdo del infierno y un pánico aún mayor de que se fuera.


- No tenía ningún mal en el corazón antes de verte - le recriminó Juan -. Debes saber cómo curarme.


- No tengo nada que ver con tu enfermedad.


Verónica caminó hasta el círculo iluminado por las velas y se puso frente a Juan, que parecía haber perdido confianza al perder el apoyo de sus amigas.


- No necesitabas la ayuda de esas - dijo Verónica -. Podía haber acudido a ti con solo llamarme. Su rostro era angelical. No parecía muerta en absoluto. Sin embargo su voz sonaba extraña, sobrenatural.


- ¿Hay alguna posibilidad de que se me devuelva la salud?


- Si la hay yo no puedo ayudarte.


- ¡Tienes que saberlo! - exclamó Juan -. Cada vez que te veo he tenido un ataque y he estado a punto de morir. Curiosamente su voz no retumbó, no se escuchó en la lejanía... Era extraño, se sentía como si estuviera sordo. Verónica sonrió con cierta tristeza en los ojos.


- No lo entiendes, ¿verdad?


- ¿Qué tengo que entender? - Me has visto porque has estado a punto de morir. Solo pueden verme los que salen de su cuerpo.


Aquello no tenía ningún sentido para Juan aunque estaba seguro de que no le estaba mintiendo. De repente se dio cuenta de todo lo que acababa de pasar. En el momento en que vio a Verónica empezó a sentirse mal, por eso Susana le preguntó si estaba bien. Luego la acusó de que por su culpa estaba enfermo de muerte y las chicas se asustaron y se fueron cuando él cayó y se golpeó la cara con el suelo, desmayado.

Ni siquiera se había dado cuenta de que a sus pies estaba su cuerpo moribundo y que en la caída su alma se había desprendido de él como de una camisa. Al mirar hacia abajo y ver su cuerpo babeante, en un estado lamentable y con la cara llena de arañazos y sangre, no fue capaz de apartar la vista de su propia envoltura carnal.


- Tú me llevaste al infierno - la acusó.


- Yo te lo mostré - respondió ella -. Solo los que quieren quedarse se quedan.


- Tú me hiciste eso - siguió acusándola, señalando su cuerpo.


- Solo acudí a tu llamada y pudiste verme.


- ¿Por qué entonces siempre estás ahí?


- Ya te lo he dicho, tú eres quien me llamas.


- Entonces ¿por qué me da un ataque cada vez que te invoco? Verónica sonrió con tristeza.


- Supongo que tu corazón intenta latir más fuerte cuando piensas que me puedes ver,... y no lo soporta.


Juan comenzó a llorar. Era cierto, sentía algo muy fuerte por esa chica fantasma y según lo que le dijeron los médicos no podía soportar emociones fuertes. Tenía razón, ella no era culpable de su enfermedad, aunque sí de que le dieran ataques.

Era culpable indirecta ya que él se sentía demasiado fascinado por ella aunque nunca lo había admitido porque la tenía miedo. Había visto su vida pasada, la conocía tan bien como ella misma, al verla a través de los ojos del Gemelo, justo antes de regresar a la vida.

Deseaba con todas sus fuerzas que ella no amara a ese tal Pedro y que tuviera una sola opción de hacer que se olvidara de él. Entonces todo comenzó a moverse. El mundo empezó a darle vueltas y escuchó la sirena de una ambulancia. Las luces se fueron acercando y sintió pasos. Alguien le cogió con rudeza y lo subió a una camilla.

Sintió que le metían un tubo por la tráquea y que le arrancaban la camisa. Entonces notó un dolor intenso en el pecho que le hizo gritar de dolor. Luego el silencio le dejó descansar. Otra sacudida le provocó un intensísimo dolor en su pecho, un calambrazo de miles de voltios. Su corazón comenzó a latir débilmente y de repente se sintió cansado, sumido en un universo de tinieblas.

Una mano cogió la suya, una tierna y cálida mano que le reconfortó. Pensó que se trataba de Verónica.

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