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Nunca se enamoraba, era una norma. Nunca se acercaría a chicas demasiado atractivas o que tuvieran esa chispa peligrosa. Sus amigos le admiraban porque era capaz de liarse con la chica que se propusiera, lo que no sabían era que él sabía perfectamente a lo que podía aspirar. 

En aquella ocasión, Jaime le señaló a una pelirroja y le enseñó un billete de diez euros.

- Esta vez tendrás premio si te ligas a esa. Fíjate, ha rechazado ya a tres tíos mazas -le retó.

Echó una mirada y vio que la chica estaba sentada en la barra, sola, aburrida, como si estuviera esperando a alguien. Justo en ese momento se le acercó otro chico, un tío de casi dos metros de alto que parecía jugador de baloncesto.

Su sonrisa confiada tardó apenas dos segundos en convertirse en una expresión de odio profundo. 

No podía verle bien la cara a la chica, pero tenía una malla negra y una blusa ceñida que hacía adivinar el cuerpazo que tenía. En un momento giró la cabeza y vio uno de los rostros más bonitos que había visto en su vida. Su mirada era al mismo tiempo confiada y melancólica.

- Lo siento, esa mujer espera a alguien, es casi imposible -explicó Charly.

Jaime soltó una carcajada jocosa y se llevó la mano a la cartera. 

- Tío, sé que puedes hacerlo pero necesito verlo. Esa tía está que rompe y tú no fallas nunca. Está bien,... -Rebuscó en su cartera y extrajo un billete de veinte euros.

- No voy a... -Iba a protestar.

- Este dinero no es para que te la ligues tú, sino para que me ayudes a conocerla. Si puedo enrollarme con esa tía podré morir con una sonrisa en la boca, ¿entiendes?

- Es casi imposible para mí, ¿cómo puedes esperar que te la consiga a ti?

Jaime se sintió ofendido.

- Tú tienes la labia, macho. Yo tengo el cuerpo.

- Sí claro -replicó Charly.

- Cincuenta euros -zanjó Jaime-. Ahora no tengo tanto, pero te lo doy mañana. Tío, ese caramelo tiene que ser mío.

- Me das pena -se burló Charly-. Voy a intentarlo pero si no puede ser, luego no me llores con que te dejó en ridículo.

-Eso es imposible, mi leyenda -señaló hacia su pene, con suma confianza- siempre satisface a las tías. Lo que me falla es al conocerlas, no sé qué decirles. Tú preséntanos que yo haré el resto.

- Como quieras -respondió-. Tú espera aquí.

- Tú puedes, avísame campeón.

Jaime le dio una palmada en el pecho. Charly se acercó a la barra con confianza y se metió entre la chica y el que estaba a su lado, luchando por conseguir una copa. 

- Hola -se presentó, ofreciendo su mano-. Tengo una cosa que proponerte.

- Piérdete -respondió ella enojada.

- No lo entiendes...

- Tú sí que no lo entiendes, gilipollas -replicó ella, con la mirada de odio más fuerte que nadie le había echado nunca-. O te largas o tendré que hacerte daño.

- Pero solo es...

Los ojos marrones de la pelirroja se incendiaron y por un momento pensó que habían cambiado de color e incluso se habían iluminado en un tono rojo sangre. Le dio tanto miedo que dio varios pasos atrás y tropezó con otros que pasaban por allí.

- ¡Mira por donde andas! -escupió uno al que pisó.

- Perdona...

Volvió con Jaime y éste le miraba con evidente decepción.

- ¿Qué ha pasado? -Preguntó, intrigado.

- Colega, esa tía no es para nosotros. Más vale que te fijes en otras.

- No me fastidies. ¡Me debes cincuenta napos!

Charly negó con la cabeza. Nunca debió aceptar esa estúpida apuesta, no tenía ni para pagar una copa más.

- Espera, espera, lo intentaré de nuevo.

Jaime sonrió.

- Ese es mi colega. ¡Dale caña campeón!

Charly se dio la vuelta bastante nervioso. La pelirroja era increíblemente atractiva y encima era una tía con carácter. Ahora le atraía mucho más que al principio y pensó que si la conseguía entrar y ligarsela prefería perder los cincuenta euros y quedársela para él. Aunque parecía tan difícil que en lo único que podía pensar era en no perder la apuesta. Solo tenía que conseguir presentársela a Jaime, eso no debía ser tan difícil.

Se volvió a acercar a ella y se puso en la barra como si fuera a pedir una copa a su lado.
No pasó por alto que la chica le miraba con bastante fastidio.

- Camarero -llamó Charly.

Ella le ignoró por completo. Volvió a dirigir su atención al resto de la gente, como si buscara a una persona.

- ¿Qué quieres? -Preguntó el camarero, al verle gesticular tanto. 

- Ehm... Dame un Malibú con piña, por favor. 

Sin decir nada, el camarero se puso manos a la obra para prepararle la mezcla.

- ¿Quieres que te pida algo? -Preguntó, como si le hiciera un favor a la pelirroja.

- Piérdete -replicó ella, enojada.

- Mira, te voy a ser sincero -respondió él, como si no la hubiera escuchado-. ¿Ves a ese chico de allí?

- ¿Aún sigues hablándome? -exclamó ella.

- Si vas a hablar con él, te doy veinticinco euros. Puedes decirle que se vaya a la mierda, no importa, pero ve y habla con él.

La pelirroja se volvió lentamente y le miró como si no pudiera creer lo que oía.

- Sabes qué... -sonrió, le mostró los dientes más perfectos y bonitos que había visto nunca. 

- ¿Vas a ir?

- No, vamos a salir fuera tú y yo... Me impresiona tanta insistencia.

No parecía una proposición indecente sino una amenaza.

- Aquí tienes, son doce euros -interrumpió el camarero, al poner el vaso de tubo en el mostrador.

- Tenga -sacó la billetera y pagó. 

- ¿A qué esperas? -insistió ella.

Estaba tan nervioso que cogió su bebida y se la bebió de un trago, a pesar de que se le heló la garganta por el paso de un líquido tan frío.

- Cuando quieras, preciosa -aceptó con la voz ronca por el esfuerzo de beber tan deprisa.

Ella le cogió de la mano y se lo llevó fuera. Pasaron entre la gente como si fueran sombras. Charly estaba excitado porque no sabía lo que pasaría fuera, aunque estaba seguro de que no quería estar en el pellejo de nadie más. Esa noche sería inolvidable.

Era el inconveniente de estar hambrienta. Llevaba veinticuatro horas sin probar la sangre y su naturaleza depredadora la hacía tan irresistible que no pasaba desapercibida. Pero lo tenía decidido, esa noche iría a por un chico malo, uno malo de verdad que hiciera daño a las mujeres, alguien que mereciera la muerte.

Necesitaba sentirse más humana y cada vez que hacía daño a un chico corriente se sentía vacía, como un monstruo. Esa sensación la llevaba a desear su propia destrucción. Era como el sexo, antes de beber su sangre pensaba que era algo necesario, algo que la haría subir al séptimo cielo y después de dejarles muertos se hundía.

No había detectado ningún alma oscura en aquel Pub, muchos se le habían acercado pero solo uno había logrado sacarla de sus casillas. Puede que no mereciera morir por eso, pero estaba volviendo a sentir el dolor intenso en el estómago, un dolor que amenazaba con hacerla gritar.

Nunca quería dejar pasar tanto tiempo porque la sed de sangre podía ser tan dolorosa que perdía completamente la razón y podía atacar a cualquiera, lo que la exponía demasiado a la sociedad ya que tenía que usar la fuerza y ser violenta para conseguir la siguiente víctima aceptable. 

La sed se volvía tan dolorosa que su estómago se contraía como si alguien se lo cogiera desde dentro y se lo apretara con fuerza, tirando de él hacia abajo. Solo la sangre cálida podía calmar ese dolor. Y no bastaba un trago, cuando el dolor la mortificaba tenía que beber hasta la última gota de sangre a su próxima víctima. 

- Tienes mucho valor, chico -felicitó con sorna.

- Si puedo conocer a una chica magnífica como tú, cualquier sacrificio merece la pena.

- ¿No dijiste que habías apostado con tu amigo para que me presentaras?

El chico se ruborizó, asustado. Sin conocerla ya sabía que cualquier cosa que dijera podía suponer la muerte prematura. Claro que él no lo sabía, para él solo era una muerte figurada. Pensaba que si se enojaba otra vez con él huiría con el rabo entre las piernas... 

- Estoy perdiendo los cincuenta euros por salir contigo aquí fuera -reconoció, finalmente.

- Puede que pierdas mucho más que eso -se jactó ella, sonriente.

- Tienes razón, Jaime no volverá a hablarme después de esto...

- ¿Qué piensas que va a pasar entre nosotros? -preguntó, conteniendo una mueca por el dolor del abdomen. 

Estaban caminando demasiado despacio y esa calle estaba muy transitada. No podía llamar la atención.

- ¿Tienes coche? -se precipitó, acariciándole el antebrazo, melosa.

- No... Caray, estás congelada y no hace tanto frío...

- Soy muy friolera. 

No solo eso, su piel empezaba a arrugarse por la sed, su belleza estaba a punto de empezar a deteriorarse. Necesitaba beberle la sangre inmediatamente.

- Ven aquí anda -ofreció el muchacho, rodeándola por la cintura con su brazo. 

La arteria carótida de su cuello estaba tan cerca que el olor agudizaba sus convulsiones internas. Ser vampiresa era la peor tortura que existía, ese sufrimiento era el castigo de Dios por su vida terrible y despiadada. Deseó curarse esa enfermedad si es que era posible, pero no sabía ni dónde encontrar más vampiros, mucho menos cómo curarse el vampirismo.

- Déjame besarte -siseó, empujándolo contra una pared. 

Golpeó su espalda contra la vitrina de un escaparate y besó su cálido cuello con ansiedad. Le pasó los brazos por detrás, le abrazó con fuerza y él soltó un gemido de placer. Su piel se erizó momentáneamente, le había hecho sufrir un escalofrío con su sensual contacto. Estaba a su merced y nadie que pasara por la calle sospecharía. Sus comillos se alargaron por el instinto depredador y los clavó en su tierna piel mientras con la mano derecha le tapaba la boca para evitar que gritara.

Él forcejeó en sus brazos, trató de luchar pero la sangre ya estaba entrando por su gaznate, el cálido flujo la cegaba por completo, podía sentir cada latido de su corazón e incluso la angustia que sentía. Por la manera de luchar podía saber si esa persona dejaba mucho atrás o no.

Ese chico luchó con mucho coraje pero en seguida se rindió a ella, sus rodillas se aflojaron y poco a poco fue perdiendo fuerza hasta que ella le sostenía en sus brazos mientras su corazón bombeaba sus últimos latidos.

Cuando sintió que se detenía se sentía repleta, succionó la última gota  de sangre que había sido bombeada y pasó la lengua por la herida. Su saliva podía cicatrizar al instante la piel humana, nadie vería los mordiscos y cuando lo encontraran por la mañana la policía pensaría que había muerto por alguna clase de anemia agudizada por la borrachera.

La gente que pasaba por la calle se apartaba de ellos pensando que eran una pareja de enamorados. Demasiada gente, maldita sea, sería difícil fingir que su novio se había quedado dormido durante su beso en el cuello. La cabeza del muchacho cayó hacia un lado y una chica que pasaba junto a ellos gritó al verlo.

Sam se volvió hacia ella, enfurecida. Iba acompañada por dos amigas y cuando las miró retrocedieron aterradas. Sus ojos debían estar aún rojos, sus labios manchados de sangre, era una vampiresa demasiado llamativa. Y no solo lo era en el aspecto, también era un animal salvaje desbocado.

Antes de que pudiera contenerse había matado a dos de ellas de sendas patadas que reventaron sus cajas torácicas y estaba encarando a la que había gritado, que había retrocedido tanto que estaba pisando la carretera. De alguna forma eso le evitó el problema. Un autobús le pasó por encima haciendo un fuerte chirrido con los frenos y el derrape de sus ruedas. 

En lo que pareció apenas un pensamiento, estaba sobre la azotea del edificio de al lado. Se estaba clavando las uñas en sus palmas con fuerza, otra vez había perdido el control, otra vez había tenido que matar a muchos más de los necesarios. Pero a quién quería engañar... Ella era un monstruo y no había algo llamado "conciencia" en su interior. 

Aquella era su rutina. 

La muerte.

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