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Caminaba entre las sombras sin la más mínima idea de lo que me

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esperaba. Era como si una fuerza desconocida se encargara de mover cada músculo de mi cuerpo para hacerme avanzar. No estaba seguro de si era un sueño o era real, tal vez no era ninguno.

Estaba perdido en medio de un paisaje desconocido, un enorme espacio abierto; el cielo era de un color rojo carmesí y a lo lejos se alcanzaban a ver formaciones rocosas. Yo no sentía más deseos aparte de caminar y no tropezarme con los cráneos del sendero. A casa paso crujían los huesos. Era como triturar con los pies las hojas de otoño, si no me sintiera tan vacío y carente de sensaciones.

Así seguí caminando hasta que alcancé a distinguir una extraña silueta con una capa que la cubría totalmente, caminé con cuidado y me detuve hasta estar exactamente frente a ella.

-Sígueme– dijo con calma su voz, era la de un varón.

Después de un largo rato caminando aún me sentía un poco indiferente a todo eso, pero a medida

que nos acercábamos a un destino que no conocía, recobraba algo de conciencia.

-¿Qué es este lugar? –pregunté a mi lúgubre guía. Él volteó hacía mí y bajó su capucha, era un hombre con gafas de media luna, de facciones delicadas, de cabello largo y rojo.

-Veo que estás despertando, al fin- sonrió de una forma jovial- La mayoría despierta después de lle

gar, otros nunca lo hacen –concluyó divertido.

-¿Llegar? ¿A dónde? – pregunté desconcertado. Me sacudí, sentí como una marea de pensamientos revoloteaban en mi mente.

-¡Vaya! Me sorprendes, estás recobrando muy rápido el sentido, eso lo hará divertido.

Me extendió la mano y me dio una paleta de caramelo rojo, entonces la guardé sin decir nada. Seguimos caminado, bajé la mirada y vi los cráneos que había a mis pies, me sentí horrorizado. Más tarde llegamos a un l

ago rojo como la sangre, junto a un puente de madera y del otro lado una casona antigua.

-¡Al fin! – dijo el encapuchado. Tomó mi muñeca para que lo siguiera hacia la entrada de la casa. Sacó una pequeña llave de su túnica y abrió la puerta. Se hizo a un lado y me indicó con su mano que pasara.

-Adelante, pasa.

Entré y caminé por el recibidor, era un lugar abandonado, cubierto por una capa de polvo y muchas telarañas, había muy poca luz. Pasando el recibidor había unas viejas y sucias escaleras. Miré hacia atrás y vi al hombre de capa.

- Solo recuerda que esta es tu última oportunidad – y cerró la puerta con llave.

¿A qué se refería con “mi última oportunidad”?

-¡Espera! Necesito que me expliques qué pasa -grité tratando de obtener una respuesta, pero hubo un

gran silencio.

Decidido a averiguar de qué se trataba todo eso, comencé a explorar la casa, era más grande del tamaño que ofrecía desde afuera.

Primero avancé hacia el lado izquierdo que era como una pequeña sala, los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas; al avanzar escuché un crujido bajo mi pie, había pisado un fragmento de vidrio. Miré debajo del mueble y una pequeña carita sucia se asomó debajo del mueble. Era un niño no mayor de cuatro años, el chico volteó a verme, lucía muy triste. Me acerqué a él, que estaba sentado al lado del sofá, y abrazaba algo con sus tiernos bracitos.

-Mami.

Subió su cabeza para mirarme y vi que aquel objeto que tan celosamente abrazaba era la cabeza decapitada de una mujer. Tal visión me horrorizó, por lo cual retrocedí dejando a ese pequeño solo en la oscuridad.

No me siguió, posiblemente esperaba que su madre se pusiera bien. Caminé del otro lado, era

un comedor muy polvoriento. Habían unos candelabros encima de la mesa, por un momento me imaginé cómo sería este lugar en sus buenos tiempos. Seguí avanzando, y en la mesa había una nota que parecía ser reciente:

“En cuanto encuentres la llave de la puerta trasera serás libre, busca las notas. Recuerda que esta es tu última oportunidad.”

Debía ser del hombre de antes, no cabía dudas. Guardé la nota en el bolsillo y avancé a lo que parecía una cocina, todo estaba oscuro, aunque escuché un curioso ruido, como un zumbido. Busqué hasta que me di cuenta de que el reloj del horno marcaba 2 minutos y retrocedía. ¿Dos minutos para qué?

Caminé, y había un pequeño almacén, al abrir la puerta, vi una masa oscura acercándose a mí, eran miles de cucarachas que corrieron hacia donde yo estaba, comenzaron a trepar por mis piernas. Traté de sacudirlas, pero era inútil, comencé a sentir mucha desesperación, rondaban por mi cuerpo y trataban de entrar por mis oídos, nariz y boca, y algunas se enredaban en mi cabello. El reloj marcaba solo un minuto... ¡El horno! Abrí el horno y dentro había…

-¿Una lata de insecticida? –la tomé y estaba casi vacía, ¿acaso era un chiste? Comencé a usar la lata

tan bien como me fue posible hasta que recordé algo. Me quité los insectos del rostro y saqué la paleta del bolsillo, y la arrojé al lado contrario de la alacena, al instante, como si supieran de lo que se trataba, los insectos corrieron hacia ella, dejándome libre. Abrí la alacena y encontré otra nota: “¿Te gustó la paleta? Te daré tu siguiente pista: búscala, ella está siempre en la cama, sin estar enferma”.

Se me ocurrió que se trataría de una mujer, pero no sabía qué esperar. Me llevé la lata y un encendedor plateado y reluciente que convenientemente estaba en la alacena de la cocina.

En la planta baja no había más que un corredor que daba hacia la puerta trasera y la entrada al sótano, por alguna razón todo me parecía extrañamente familiar. Subí las escaleras en busca del dormitorio, sentía el crujir de cada escalón y un horrible hedor llegó hasta mi nariz; olía como carne en putrefacción. Vi una puerta de madera, me dirigí hacia ella y giré la perilla, abrió emitiendo un rechinido macabro.

Abrí la puerta completamente y encontré la recámara, al parecer de una niña. Había una cama pequeña en una esquina, un televisor encendido sin señal y la silueta de una pequeña niña rubia sentada en una pequeñ

a silla.

-¿Hola? – pregunté dudando un poco. La niña giró la cabeza 360 grados de un modo imposible, su rostro, era monstruoso, era como si alguien le hubiere tirado ácido a la cara, algunas porciones de piel estaban en carne viva, y tenía un cuenca vacía de la que escurría sangre. Solo bastó un instante para que ella se levantara con la cabeza en esa anormal posición. Me quede inmóvil, ella seguía mirándome fijamente.

En ese momento recordé la nota y caí en cuenta, me acerqué a la cama la pequeña no me quitaba la vista de encima, y tome la almohada “Búscala, ella está siempre en la cama sin estar enferma” Con nerviosismo re

vise la funda de la almohada y efectivamente encontré otra nota doblada en dos como las anteriores. La guarde sin mirarla, primero quería salir de aquella habitación, al hacerlo la niña volteo y siguió mirando el monitor.

Desconcertado y un tanto confundido desdoblé la nota: “veo que ya conociste a los niños. Encantadores, ¿verdad? Bien, eso es solo un pequeño aperitivo, lo mejor aún está por venir”. No decía nada más, ¿a qué se refería? Cerré la puerta de la habitación de la niña con mucho cuidado y caminé por el pasillo, había tres habitaciones más. Abrí la puerta que estaba al lado, era la recámara de un bebé. Las cortinas estaban descolgadas como si hubieran sido arrancadas, había biberones de vidrio rotos, algunos muebles con manchas y muchos rasguños; en la esquina opuesta de la ventana se levantaba una pequeña cuna con un móvil de estrellas y lunas. Me acerqué lentamente y puse mi mano en el barandal de la cuna. Miré dentro de la cuna y para mi sorpresa no había nota ni bebé.

Me sentí aliviado, justo salía de la habitación cuando la puerta se cerró frente a mí de golpe, el móvil comenzó a moverse y los muebles junto con todo en la habitación comenzó a temblar y a sacudirse de forma violenta. Caí al suelo entre aquel estrépito y sentí un dolor punzante, me había herido con los vidrios de los biberones del suelo, hubo un momento donde esto me parecía tan irreal. Intenté abrir la puerta sin éxito, no había ni una pista ni nada que pudiera ayudarme, un pequeño ropero cayó cerca de mí. Retrocedí y me cubrí la cabeza con las manos, y una loca idea me paso por la mente.

-“A ru-ru mi niño, a ru-ru ya duérmete mi niño” – comencé como pude a cantar con la mejor voz que me permitía aquella situación, me hice a un lado pues una viga cayo muy cerca de donde estaba –duérmete ya.

Todo se detuvo, tosí un poco a causa del polvo y me limpié el antebrazo herido por los vidrios. Me incorporé como pude y abrí la puerta que no opuso ninguna resistencia. Por más que pensaba y trataba de recordar nada llegaba, no sabía quién era, o cuál era mi nombre. Todo eso me dio una idea, tal vez al mirarme recordaría quién soy yo; caminé hasta la segunda puerta, la cual estaba abierta. Era la recámara de un matrimonio.

Seguí adelante y abrí la otra puerta era una recamara pequeña, si no me equivocaba debía ser el baño, la puerta tenía una ventana de vidrio con un vitral de colores. No cabía duda de que era el baño. Puse mi man

o en la perilla plateada, justo al girarla algo me detuvo... Era una mano en mi hombro. Al voltear me topé con un hombre un poco más alto que yo, con una bata blanca de doctor y un tapa bocas, sus manos estaban enfundadas por guantes de cirujano las cuales estaban un poco ensangrentadas.

Por la forma en que me miraba, supe que sonreía a pesar de no poder ver su boca.

Retrocedí y sacó una jeringa de su bolsillo, estaba justo al final del pasillo, entonces tuve que franquear la perilla y caí de espaldas atemorizado, retrocedí como pude mientras aquel hombre se acercaba a mí mire hacia arriba, había una tina de baño y de ella emergieron dos brazos delgados y ensangrentados que me sujetaron por los hombros, el hombre vestido de doctor se puso en cuclillas y me inyecto el brazo, en ese instante todo se nublo 

frente a mí.

Cuando desperté me encontraba en algo muy parecido una sala de quirófano muy improvisada. Intenté soltarme, pero fue inútil, un cinturón de cuero me mantenía atado a una cama. Había uno en cada brazo y pierna, por lo cual no podía moverme mucho. A mi lado había una mesa metálica repleta de instrumentos médicos y muchos aparatos que parecían algo viejos y oxidados; la única luz que había era la de la lámpara que estaba justo encima de mí.

Intenté zafarme pero fue inútil; estaba vestido con una bata de hospital. De pronto, la puerta se abrió y parado en el umbral de la puerta estaba él, el tipo que parecía un doctor; parado ahí, sin decir una sola palabra, mirándome como quien mira un lienzo vació.

-Por favor, déjeme ir necesito encontrar la llave para salir de aquí, él me dijo

que era mi última oportunidad, ¡déjeme ir! Por favor, ¡quiero vivir! – lloraba y suplicaba mientras ese hombre alistaba sus instrumentos quirúrgicos.

El empezó a  cortar mi piel en algunas partes de mi cuerpo. El dolor fue insoportable, mis heridas ardían igual que la sangre que manaba de ellas, solo sentía cómo hacía numerosos y profundos cortes en mi cuerpo, como si hurgara

Cerré los ojos y apreté mis puños tanto como pude, un grito de agonía rasgó mi garganta. Él estaba penetrando mi pecho con su gran sierra; mi respiración era débil, de pronto vi al doctor con un frasco en su mano y unas pinzas en la otra. Se acercó a mí y con las finas pinzas con las cuales extrajo una luz azul y escurridiza de mi pecho. Inhalé por última vez y el dolor se fue, al fin.

Abrí los ojos sorprendido. Todo el espacio a mi alrededor era blanco. Me levanté de un suelo que estaba un poco frío, al hacerlo me di cuenta que traía puesta la bata blanca, toqué mi cuerpo. No había ni un solo rasguño, herida o dolor. Miré a mí alrededor, no había nadie todo estaba totalmente blanco. Me quedé ahí parado hasta que escuché unos pasos desde la lejanía. Era el hombre encapuchado del principio, que llego hasta mí.

-Te dije que era tu última oportunidad – reclamó con serenidad como un jefe hablando con su empleado por haber llegado tarde.

-¿Qué? ¿Oportunidad para qué? No entiendo nada ¿Y la casa? ¿Y el loco con bata de doctor?

Me miró con un poco de impaciencia.

-Antes de morir, los seres humanos tienen, si lo desean, una última oportunidad para vivir, para regresar con sus seres queridos. Pero esa oportunidad no se les regala, la ganan, según cada ángel de la muerte, como una prueba.

-¿Todo lo que pasé fue tu prueba? – interrumpí sintiendo una ira dentro de mí.

-Así es, tomé algunos de tus recuerdos como lo son: tus hijos y el cirujano que no pudo salvarte. Y creé aquel escenario –dijo en tono dubitativo, retrocediendo un poco.

No pude contener mis impulsos y cuando me di cuenta le había dado un puñetazo tan fuerte que le rompí la nariz.

-No es la primera vez que sucede- dijo tocándose la nariz, no parecía molesto en lo absoluto -Pero eso no cambia nada. Ahora ya sabes, ve hacia la luz – y me indicó un camino largo y luminoso frente a mí.

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