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La capilla del mal
1ª parte: El encapuchado.

Rosa Failde, divorciada y madre de una hija adolescente, es licenciada en Filología Hispánica y profesora interina de Lengua Castellana.

A lo largo del curso escolar se desplaza por distintos institutos de enseñanza secundaria, en los cuales sustituye a los profesores titulares cuando estos se hallan de baja, pero su residencia habitual es una vivienda unifamiliar, situada en el extrarradio de la ciudad de cierta ciudad gallega. Desde su divorcio comparte su hogar únicamente con su hija Sara y lleva una vida bastante tranquila, dejando aparte la mayor o menor incertidumbre que siempre acarrean los cambios de destino.

Sin embargo, esa tranquilidad se torció una mañana de diciembre, durante las vacaciones navideñas, cuando, al salir del supermercado donde solía hacer sus compras, fue abordada por un joven totalmente desconocido. Se trataba de un muchacho más bien alto y de buena presencia, que aparentaba unos veinte años y destacaba por las proporciones atléticas de su cuerpo. Tenía el pelo castaño rubio, los ojos grises y los colores del rostro desdibujados por cierta palidez, que no parecía natural en él, sino la consecuencia de alguna enfermedad reciente u otra mala experiencia por el estilo.

Hablaba con mucha educación y el tono de su voz era tan amable que Rosa no pudo evitar prestarles atención a sus palabras, pese a que en general no le agradaba ser abordada por extraños. Tras un rápido saludo y una  petición de disculpas por las molestias, el muchacho le dijo a Rosa:

-Bueno, antes de nada creo que debo presentarme, pues usted no me conoce y, de hecho, no soy de esta ciudad. Me llamo Ruy, Ruy… García. He sabido gracias a unos conocidos míos (personas que ocupan cargos de cierta importancia en la administración educativa y cuyos nombres no viene al caso mencionar en este momento) que a usted, por su puntuación y preferencias de destino, le corresponderá realizar una sustitución en el instituto de Pazos cuando hayan terminada las fiestas navideñas. En fin, supongo que usted… ya estará enterada de eso.

Aquella información era rigurosamente exacta y a Rosa le extrañó mucho que aquel individuo tuviera conocimiento de ella. Aquel asunto cada vez la parecía más misterioso y sintió cómo una oleada de curiosidad se apoderaba de su ánimo. Dijo:

-Pues sí, así es. El último día antes de las vacaciones me informaron desde la administración que en enero debería sustituir a una profesora del instituto de Pazos, la cual, según creo, va a coger una baja por maternidad. Pero… ¿podrías decirme, si haces el favor, qué tiene que ver eso contigo? ¿Eres de Pazos?

-No, bueno, nunca he estado allí, en realidad, pero es que… En fin, creo que debo ir al grano y evitar más rodeos. Le ruego que, cuando se reanuden el curso, me permita ocupar esa plaza en su lugar.

Esta vez Rosa se quedó realmente pasmada ante aquella petición tan absurda. Tras unos titubeos, acertó a responder atropelladamente:

-Pero… eso es imposible. ¡Se trata de mi trabajo, del pan de mi hija! Y no están los tiempos para andar renunciando a una plaza como esa. Además, ¿quién eres tú para ocupar mi lugar? ¿Eres profesor de Lengua, acaso?

-No… la verdad es que ni siquiera he tenido tiempo de acabar ninguna carrera.

-¡Pues estamos aviados, chaval! Entonces, si te dejara mi plaza no sólo cometería una locura, sino también una ilegalidad mayúscula. Mira, no quiero ofenderte, pero empiezo a pensar que te falta un tornillo.

-¡Por favor, le ruego que me escuche! Yo iría allí a dar clases, pero todo el salario llegaría íntegramente a su cuenta corriente, le juro que a mí el dinero no me importa en absoluto. Y nadie notará la diferencia. Mis amigos de al administración estarían dispuestos a tapar el asunto y, aunque carezca de títulos, creo que tengo suficientes conocimientos para dar unas clases de Lengua en secundaria cuanto menos aceptables. Nadie nos descubriría y, aunque tal cosa sucediera, yo podría compensarla económicamente por todos los perjuicios laborales que sufriera, le aseguro que tengo medios para ello. Le doy mi palabra que no se arrepentirá de nada.

-Pero, ¿para qué quieres ocupar mi puesto, entonces?

-Bueno, no puedo darle demasiados detalles al respecto. 

Resulta que en ese instituto estudia una muchacha hacia la cual siento un interés… especial. Ella no me conoce de nada, yo de ella sólo sé cómo se llama y que estudia allí, pero tengo buenas razones para pensar que puede hallarse en… serias dificultades. Y, en tal caso, sólo yo podría ayudarla. Pero antes debo introducirme suavemente en su vida, observarla, conocerla bien, dejar que ella me conozca a mí y me cobre confianza. No puedo decirle nada más, pero le aseguro que se trata de una cuestión importantísima.

Rosa no sabía muy bien qué pensar respecto a su extraño interlocutor y a la confusa historia que le estaba soltando. Lo que sí sabía muy bien era que no estaba dispuesta en absoluto a cederle su plaza. Sin embargo, decidió, para ganar tiempo, dar largas en vez de responder con un no rotundo. Así que dijo:

-Pues… tengo que pensarlo.

-De acuerdo, hasta que se reinicien las clases no hay ninguna prisa. Le voy a dar mi número de móvil. Si pudiera apuntarlo en el suyo…

Rosa extrajo del bolso su propio aparato, para apuntar en el directorio el número del tal Ruy, aunque estaba segura de que nunca lo llamaría ni contestaría a sus llamadas. Pero entonces el muchacho, que debía de tener una vista bastante aguda, vio la foto que había en la pantalla del móvil de Rosa y se puso aún más pálido. Casi gritó, con una especie de súbita ansiedad en la voz:

-¿Quién es esa chica de la foto? ¿Es su hija?

La foto representaba a una hermosa adolescente, una chica de unos quince años, que se hallaba en una playa soleada, luciendo un bikini bastante favorecedor y posando sonriente, jugando a ser una modelo de revista. Efectivamente, se trataba de Sara, la hija de Rosa, y aquella foto se la había sacado ella misma con su propio móvil, en una playa andaluza, durante la excursión de fin de curso del año pasado.

Luego se la había enviado al aparato de su madre por Internet, y, como era una foto realmente encantadora, la buena de Rosa había decidido seleccionarla para la pantalla de su teléfono. Pero la profesora no se atrevió a responder a las preguntas de aquel joven, pues no le gustó cómo clavaba sus ojos en el atractivo cuerpo de su hija.

De repente, aquel muchacho y aquel asunto dejaron de parecerle únicamente extraños, sino también terriblemente inquietantes. ¿Qué intenciones podría tener aquel desconocido hacia la chica de Pazos? ¿O hacia su propia hija? ¿Y si era un loco o un criminal? Rosa se guardó rápidamente el móvil en el bolso, apartó al tal Ruy de un empujón y se fue de allí a toda prisa, tras decirle al muchacho con un tono de voz muy agresivo:

-¡Que no vuelva a verte y, sobre todo, no se te ocurra acercarte a mi hija! Si lo haces llamaré inmediatamente a la policía, ¿me oyes? ¡Quedas avisado!

Ruy (que efectivamente se llamaba así, aunque con su apellido no había sido tan sincero) observó impotente cómo Rosa se alejaba. Cuando la perdió de vista, murmuró:

-Pues no, amiga. Ponte como quieras, pero te aseguro que no os dejaré en paz… ni a ti ni, sobre todo, a tu hija.

Un par de días después, Sara, la hija de Rosa, se hallaba sola en casa. En aquel momento, la muchacha estaba en su cuarto, leyendo una novela de Federico Moccia que le habían regalado por Navidad y, al mismo tiempo, intentando escuchar un CD de música pop, a la cual era muy aficionada.

Digo “intentando” porque en la calle había un perro que no dejaba de aullar como un condenado, haciendo tanto ruido que no sólo estaba consiguiendo perturbar la lectura del libro y la audición de la música, sino también acabar con la paciencia de Sara. Esta, generalmente, era una chica de buen carácter y bastante amiga de los animales, pero aquello ya era demasiado.

Tan pesados se le hicieron los aullidos que, sintiéndose verdaderamente fastidiada, acabó dejando el libro sobre la mesilla y apagando la cadena musical, mientras murmuraba:

-¡Ya estarás contento, colega! ¡A ver si alguien te echa un hueso para que te atragantes y te calles de una vez!

Quizás fue la idea del hueso la que le recordó que era la hora de merendar, por lo que bajó a la planta inferior, donde se hallaba la cocina, con el fin de hacerse un bocadillo de queso. Apenas hubo entrado Sara en la cocina, cuando un hombre encapuchado, que estaba esperándola escondido tras la puerta, se abalanzó sobre ella, agarrándola con una mano fuerte, cubierta por un guante de cuero oscuro, mientras con la otra mano le tapaba la boca, amordazándola y convirtiendo lo que pretendía ser un grito de terror en un pobre gemido. Tras inmovilizarla, el intruso le dijo al oído, en voz baja y con un acento extranjero demasiado cantoso como para no ser fingido:

-SSS, calladita, guapa, que vas a venir conmigo como una niña buena, ¿vale?

Mientras le susurraba esto, el hombre empezó a arrastrar a Sara hacia la puerta trasera de la casa, que daba a un descampado por donde casi nunca pasaba nadie a aquellas horas.

El hombre, aunque no era grueso, debía de ser bastante fuerte, pues Sara no podía resistirse. Sin embargo, la muchacha, que practicaba gimnasia rítmica desde pequeña, consiguió con su rapidez y su flexibilidad lo que nunca hubiera logrado con la simple fuerza. Mediante un movimiento muy habilidoso, y aprovechando que su presunto raptor había aflojado algo la presión de sus manos mientras apartaba la puerta con el codo, Sara se zafó rápidamente de su presa y se refugió en un cuarto oscuro, cuya puerta cerró por dentro para que él no pudiera abrirla fácilmente. El encapuchado, furioso, arremetió varias veces contra la puerta, que tembló ante la violencia de sus acometidas, pero resistió bastante bien.

Sara, sin embargo, estaba muy asustada y, para colmo, se había dejado el móvil en su cuarto, de modo que carecía de medios para pedir auxilio, pues seguramente nadie escucharía sus gritos desde allí. Y la puerta no resistiría mucho más… Pero entonces se produjo una afortunada casualidad. El encapuchado pudo ver, desde una de las ventanas de la cocina, cómo un coche de la policía local se detenía en la calle cercana y cómo descendían de él dos agentes armados.

Temiendo que alguien hubiera denunciado la presencia de un individuo sospechoso en el barrio y que los policías hubieran oído los golpes, el hombre decidió abandonar la casa. Salió rápidamente por la puerta trasera, sin dejar tras él más recuerdo de su intrusión que el susto de Sára, la cual, ignorando que él se había marchado y que había dos policías cerca, permaneció escondida en el cuarto, llorando y temblando de puro miedo, hasta que su madre volvió a casa media hora después. 

Rosa se llevó una desagradable sorpresa al encontrar a su hija en semejante estado y, tras muchas palabras de consuelo y más de una taza de tila, le pidió que volviera a su cuarto hasta que llegara la policía y procurase calmarse, asegurándole cariñosamente que ella no volvería a dejarla sola hasta que el intruso estuviera entre rejas.

Luego, la preocupada madre llamó a la policía nacional, que no tardó en aparecer. Aunque Sara no había podido ver el rostro de su agresor, así que su declaración, además de confusa a causa de su estado nervioso, no les aportó demasiados datos a los agentes. Sin embargo, Rosa estaba segura de que el intruso había sido el mismo joven extraño que la había abordado días antes en la calle. En efecto, eso fue lo que les dijo a los policías, los cuales, por su parte, no tardaron en expresarle un cauteloso acuerdo con sus conjeturas. El subinspector Alonso le preguntó:

-¿Y cómo dijo que se llamaba?

-Ruy García. Pero creo recordar que titubeó antes de decirme su apellido, por lo que creo que estaba mintiendo.

-Sin duda. Si yo quisiera improvisar un apellido falso, supongo que también emplearía uno de los más comunes: García, Fernández, González, etc. ¿Y le dijo de dónde era?

-No, pero sí dijo que no era de esta ciudad… aunque supongo que en eso también pudo haber mentido. En todo caso, su acento era gallego. Sí, ya sé que mi niña afirma que el intruso tenía acento extranjero, pero eso es fácil de fingir, ¿no cree?

-En efecto, y de hecho muchos lo hacen para echarles el muerto de sus tropelías a los pobres inmigrantes. Además, hay otra cosa. Al parecer, el móvil de la intrusión no fue el robo, sino el rapto, probablemente con fines… Bueno, usted es la madre de Sara y entiendo que le inquiete esta sugerencia, pero compréndame, yo acostumbro llamar a las cosas por su nombre: fines sexuales, quería decir. Y eso concuerda bastante bien con lo que nos ha contado sobre las intenciones de ese individuo respecto a esa niña de Pazos, cuyo nombre ignoramos.

Todo apunta a un violador compulsivo, especializado en las menores y que vigila bien a sus víctimas antes de actuar. Parece, por lo demás, un hombre hábil: forzó la puerta trasera sin problemas y nadie lo ha visto por los alrededores. Es una suerte que cometiera la torpeza de hablar con usted el otro día, pues, de no ser por eso, no tendríamos ni su descripción. Pronto lo capturaremos, pero mientras tanto sería conveniente que su hija no se halle sola en ningún momento, ni dentro de casa ni mucho menos en la calle. Nosotros podemos aumentar la vigilancia en este sector, pero me temo que ahora mismo carecemos de medios para mantener una patrulla permanente, así que debo rogarles que actúen con la máxima cautela.

-¡Por supuesto que tendremos mucho cuidado, de eso pueden estar seguros! Ahora lamento no haber apuntado su número de móvil, pues sin duda habría resultado útil para averiguar su verdadera identidad. Pero mi hija y yo confiamos plenamente en ustedes. Por cierto, una pregunta: cuando yo llegué al barrio, ya había por aquí varios agentes locales. ¿Se debía su presencia a que alguien había visto por aquí a un individuo sospechoso? En tal caso, quizás se tratara del agresor de mi hija.

-No, doña Rosa, como creo haber mencionado anteriormente, nadie, además de la propia Sara, ha visto hoy a ningún sujeto sospechoso en este lugar. Además, en tal caso, nos hubieran avisado a nosotros, no a los compañeros de la policía local. Estaban aquí porque un vecino denunció la presencia en estas calles de un perro de gran tamaño, que parecía salvaje y, por tanto, peligroso. El animal, por cierto, no fue localizado, aunque supongo que en estos momentos esa no será para usted una preocupación prioritaria. Es más, podría añadir que el perro le ha hecho un involuntario favor a su hija, pues, de no haber sido por él, los agentes locales no habrían pasado por aquí, espantando al intruso y salvando a Sara de ese individuo. 

-Puede ser. Pero espero que no haya una próxima vez. Como usted comprenderá, no me gusta que la seguridad de mi hija dependa de simples casualidades.

Pasó media semana larga. Sara ya se sentía bastante recuperada del susto y, tras varios días de encierro, empezó a salir de casa, aunque siempre con la compañía de su madre o de sus amigas del instituto. La policía no había encontrado al individuo rubio que se hacía llamar Ruy García y que seguía siendo el principal sospechoso del intento de rapto.

Al parecer, había abandonado la ciudad y la principal hipótesis era que se hallara en la villa de Pazos o en sus alrededores, en busca de una nueva víctima, por lo que se alertó a la Guardia Civil y a las policías locales de los ayuntamientos cercanos para que extremaran las precauciones. Con todo, y pese a que no resultaba nada tranquilizador que aquel individuo fuera tan escurridizo, Sara se sentía bastante segura. Su madre había hecho reforzar todas las cerraduras de la casa, los coches de policía estaban pasando por su barrio cada dos por tres y ella misma nunca se apartaba de su móvil, ni siquiera para ir al baño.

Un día, Sara estaba paseando con su madre por una de las calles más concurridas de la ciudad cuando se encontraron casualmente con Roberto, su profesor de Historia en el instituto, que el curso pasado había sido su tutor y había acompañado a su grupo durante la inolvidable excursión a las playas andaluzas.

Tanto Sara como su madre sentían mucho cariño hacia Roberto, que era un joven interino, muy atractivo y simpático, y no perdieron la oportunidad de charlar con él de una forma informal. En el fondo, las dos estaban enamoradas en secreto de aquel apuesto muchacho, que con su belleza atlética y su sonrisa pícara parecía más bien un héroe del cine de aventuras que un docto historiador, sin dejar por eso de ser un verdadero sabio, eterno número uno de su promoción desde el colegio hasta la universidad. Si a eso añadimos que pertenecía a una de las mejores familias de la ciudad, ya tenemos al profesor ideal y al hombre perfecto en una sola pieza.

Además, aquella tarde Roberto se mostró aún más amable que de costumbre, invitando a madre e hija a tomar unos cafés en uno de los mejores bares del centro urbano. Ni que decir que ambas aceptaron encantadas la invitación y Sara sintió que una felicidad desbordante se apoderaba de su corazón cuando pudo sentarse a escasos centímetros de su amor platónico, haciéndole olvidar definitivamente los miedos de los últimos días.

Tras unas observaciones triviales sobre el tiempo invernal y lo rápido que pasaban las vacaciones, la conversación derivó hacia temas de más enjundia. Había entre Rosa y su hija un tácito acuerdo de no tocar ante terceras personas ningún tema relacionado con el intento de rapto sufrido por la muchacha, así que no dijeron ni una sola palabra al respecto. En cambio, escucharon con sincera atención cómo Roberto se explayaba en torno a su tema favorito: las viejas leyendas de la comarca. Hubo una que les llamó mucho la atención, más por la habilidad narrativa de Roberto que por la historia en sí. Esta parecía una versión a la gallega de la leyenda catalana sobre la “cruz del Diablo”, conocida sobre todo a través del cuento homónimo de Bécquer:

-Dice la historia que en el siglo XIV vivía cerca de la ciudad un señor feudal llamado Don Denís, un hombre poderoso de cuyo castillo aún quedan algunos vestigios, sobre la cumbre del mismo monte donde se celebra en verano la romería de San Benito. Sabemos que ese señor existió realmente, pero en torno a su vida surgieron varias leyendas en las cuales resulta difícil separar la fantasía de la realidad. La más conocida dice que, hallándose Don Denís aquejado de un grave mal, quizás la mismísima peste negra, hizo un voto al Cielo si este le concedía la salvación de su vida. Según dicho voto, Don Denís habría de consagrar en su castillo una capilla a cada uno de los ángeles cuyo nombre propio es mencionado en la Biblia.

Efectivamente, Don Denís se curó de una forma casi milagrosa y no tardó en remodelar la planta inferior de su castillo para cumplir su voto. Así pues, mandó reformar tres cuartos para convertirlos en sendas capillas, dedicadas a los ángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, que se inauguraron con suma solemnidad y fueron consagradas por el mismísimo obispo de la diócesis. Sin embargo, durante la noche inmediatamente posterior a la consagración de las tres capillas, el asustado Don Denís recibió en su alcoba una desagradable visita, que le hizo saber que aún no había cumplido del todo su voto, puesto que se había olvidado precisamente del ángel cuyo nombre es mencionado más veces en la Escritura: es decir, Satán, el Ángel Caído.

Presa del terror, Don Denís le prometió a las fuerzas del Averno que no tardaría en reparar su error y, en efecto, mandó construir una cuarta capilla, que dedicó al Príncipe de las Tinieblas, aunque, por supuesto, guardó ese dato en absoluto secreto.

Como no podía pedirle a ningún miembro del clero que consagrara una capilla semejante, él mismo, convirtiendo su miedo en crueldad, consagró aquella capilla sacrílega con la sangre de una doncella, a la que raptó y sacrificó con sus propias manos durante las horas más oscuras de la noche. Años después, Don Denís, temiendo que aquel pecado le costara la condenación eterna, lo confesó todo en su lecho de muerte y legó todos sus bienes a la diócesis para que el obispo dispusiera de ellos según su buen criterio.

Como consecuencia de ello, el obispo mandó derruir todo el castillo, pues, ignorando el emplazamiento exacto de la capilla diabólica (Don Denís se había llevado ese dato a al tumba), no vio otra manera de impedir que nadie volviera a entrar en ella. Hoy, sin embargo, creemos que tal capilla (si realmente existió alguna vez, pues todo esto podría ser una simple fábula) se hallaba en un recoveco situado en la pared occidental del edificio, donde, si te fijas bien, aún puedes distinguir una especie de bajorrelieve que representa a la Serpiente del Edén. Yo he visto esa serpiente, aunque no sé si realmente significa algo.

Roberto calló, como si quisiera evaluar hasta qué punto sus oyentes le habían prestado atención a su historia. Rosa había escuchado la leyenda atentamente, pero sin tomársela en serio, pues era una persona totalmente escéptica en todo lo relativo a lo sobrenatural. En cambio, Sara sí parecía realmente interesada, e incluso un poco pálida, reflejando en su bello rostro juvenil una vaga sombra de aquellos miedos supersticiosos que, en otros tiempos menos racionalistas, habían dado lugar a tantas leyendas sombrías. Pese a que la muchacha carecía de toda formación religiosa y, en comparación con algunas de sus amigas “góticas”, tampoco era muy fan de las historias de miedo, sentía en el fondo de su ser una morbosa atracción hacia lo misterioso, aunque ni ella misma era muy consciente de esa faceta de su personalidad. 


2ª parte: El castillo.


Durante la noche siguiente, la pobre Sara no pudo dormir bien, pues su imaginación, algo febril, la llevaba una y otra vez a aquella historia del pasado, cuyos ecos parecían haberse instalado en su alma con una fuerza turbadora, parasitando tenazmente su yo a través de sus sueños y de sus deseos ocultos. Cuando se levantó, Sara se había hecho a la idea de que debería visitar cuanto antes lo que quedara de aquel castillo maldito si no quería volverse loca.

Sin duda, dadas sus recientes experiencias, e independientemente de lo que pudiera haber de cierto en la leyenda, dirigirse a aquel monte tan agreste, cubierto de espesos pinares y poco frecuentado por los excursionistas, no parecía una idea muy prudente. Si el hombre encapuchado (Ruy o como leches se llamara) andaba todavía por los alrededores, difícilmente podría encontrar un lugar tan idóneo para atacar a sus víctimas como los solitarios caminos que atravesaban las boscosas laderas del monte. Sin embargo, Sara sentía que debía ir allí, por muy arriesgado que fuera.

Puede que fuera un mero capricho de su mente juvenil, o puede que fuera la llamada irresistible de eso que Poe llamaba “el espíritu de la perversidad”: esa tentación del ser humano hacia todo lo prohibido y pernicioso, que no tiene por qué identificarse necesariamente con la maldad, pero que siempre supone un terrible riesgo para la pobre alma que lo sufre. Pero Sara ya había decidido su destino, fueran cuales fueran las consecuencias: aquella misma tarde, aprovechando que hacía buen tiempo y que aún no habían empezado las clases, llegaría al castillo encantado y buscaría el bajorrelieve de la serpiente. 

Tampoco pensaba ir sola, no era tan imprudente. No le contaría nada a su madre (pues adivinaba que no ella no querría acompañarla ni aprobaría que su hija caminara por el bosque mientras el encapuchado siguiera suelto), sino que le diría que había quedado con sus amigas para ir al cine.

Pero en realidad se citaría con Rubén, uno de sus mejores amigos del instituto: este era un muchacho simpático, atractivo y valiente, que nunca le negaba un favor a Sara (quizás por no ser indiferente a su belleza) y que, además, era muy aficionado a la arqueología, acaso por ser sobrino de Roberto y llevar esa pasión en los genes. Por su parte, Sara, aunque no estaba tan enamorada de Rubén como de su apuesto tío, se sentía segura a su lado, pues le parecía responder perfectamente al prototipo del joven héroe. Siempre que lo miraba, Sara pensaba de él algo semejante a lo que dice de Mario Casas un personaje femenino de “Tres metros sobre el cielo”, su película predilecta: “tiene cara de salvarte la vida”. Cerca de Rubén, Sara se sentía irracionalmente segura, invulnerable a cualquier peligro, humano o sobrenatural, que pudiera acechar bajo la torva sombra del castillo encantado.

Así pues, el complaciente Rubén y la audaz Sara se pusieron en camino hacia el famoso castillo (o lo que quedara de él) poco después de comer, pues en invierno las tardes son cortas y era necesario aprovechar las horas de luz.

La caminata resultó algo ardua, pues los caminos, además de ser muy angostos y estar medio invadidos por la maleza, se hallaban en peor estado que de costumbre a causa de las últimas lluvias. Pero, por lo demás, no hubo mayores contratiempos, y los dos amigos llegaron relativamente pronto al roquedal sobre el que aún se levantaban, desafiando precariamente al paso del tiempo y al poder destructor de los elementos, las últimas piedras de aquel castillo diabólico.

Hasta entonces habían pasado el rato y entretenido la caminata charlando despreocupadamente sobre temas cotidianos (los profesores, el fútbol, las series de la televisión…), pero ambos enmudecieron y palidecieron un tanto ante la sombría visión de aquellas viejas piedras, abandonadas por todos salvo por las aves nocturnas que anidaban en sus agrietadas paredes, y que, tantos siglos después de la demolición del castillo, aún parecían desprender una especie de halo maléfico, que en las zonas más sombreadas se volvía casi tangible.

Ya sólo faltaba encontrar la capilla diabólica. Sin embargo, y como sólo tenían las vagas referencias relativas a la pared occidental y al bajorrelieve con forma de serpiente, la búsqueda podría resultar problemática, así que, una vez recuperados de la primera impresión, se adentraron en las ruinas, con la intención de registrar hasta sus más sombríos recovecos. Pero en esto que el móvil de Sara empieza a sonar, dándole, por cierto, un buen susto. Tras ojear la pantalla del aparato, la muchacha le dijo a Rubén:

-Es mi padre. Voy a salir, que aquí no hay mucha cobertura. ¿Vienes?

-Yo casi prefiero quedarme, porque fuera hace mucho frío. Te espero, ¿vale?

-Vale, vuelvo pronto… Sí, hola, papá, ¿qué tal? Pues nada, estoy de paseo por el campo, aprovechando las vacaciones, que ya se acaban…

Durante unos cinco minutos, Sara mantuvo una distendida conversación con su padre, quien, desde el divorcio, pasaba la mayor parte del tiempo en los Estados Unidos, donde trabajaba para una empresa de informática y había formado una nueva familia con una ingeniera de origen cubano.

Como la muchacha no quería preocuparlo inútilmente, no le dijo nada de su incidente con el encapuchado y le ocultó que no se hallaba exactamente en el campo, sino en un lugar mucho más agreste, lejos de la casa habitada más cercana y, para colmo, buscando una capilla dedicada al Diablo en un castillo abandonado. La conversación fue, por tanto, más bien intrascendente y terminó tan apaciblemente como había empezado:

-Vale, papá, que sí, que te prometo que este trimestre voy a esforzarme más, para sacar por lo menos un notable en todas las asignaturas. Besos a Gladys y a los niños, y diles que tengo ganas de volver a verlos. Y besos a ti también, chao.

Apenas había Sara cortado la comunicación, cuando el mismo hombre encapuchado que la había agredido días antes en su casa emergió súbitamente de unos arbustos que había a sus espaldas, se abalanzó sobre ella como un tigre hambriento y la agarró con más fuerza aún que la otra vez, al mismo tiempo que le cubría la parte inferior del rostro con un paño húmedo.

Sara, sorprendida por el inesperado ataque y presa nuevamente de sus miedos, no tuvo tiempo para reaccionar, ni aun para gritar, pero sí comprendió que aspirar los vapores que desprendía aquel paño significaría caer en la inconsciencia. Así pues, mediante un encomiable ejercicio de autodominio, contuvo la respiración y fingió que se desmayaba, con la esperanza de engañar a su enemigo, dado que no podría luchar contra él de otro modo.

El encapuchado, sin embargo, no debía de estar muy convencido de su aparente desmayo, pues no sólo siguió agarrándola con fuerza, impidiendo que su cuerpo cayera al suelo, sino que mantuvo el paño sobre su rostro. Sara sintió que palidecía y que su cuerpo pedía a gritos aire, empezó a marearse de verdad y su fuerza de voluntad comenzó a flaquear. Un segundo más y tendría que aspirar el narcótico o perder, de todos modos, la conciencia, por falta de oxígeno en el cerebro. Pero de nuevo la salvó la suerte.

El cercano e inconfundible aullido de un lobo rasgó el silencio de la cumbre, espantando a los grajos que dormitaban posados sobre los escombros del castillo y fundiéndose con la fresca brisa de las alturas para helar la sangre del encapuchado.

No era del todo extraño que hubiera lobos por aquellos parajes abruptos y solitarios, pero aquel aullido tenía una nota especial, casi sobrenatural, que lo hacía especialmente siniestro, y más aún en aquel entorno consagrado a las fuerzas del Mal. Asustado a su pesar, el hombre aflojó involuntariamente su presa, dejando libre a Sara, la cual reaccionó con una valentía de la cual nunca se hubiera creído capaz. Allí no había ningún cuarto donde refugiarse, así que, en vez de huir, le propinó al desconocido un codazo en la boca del estómago, dejándolo doblado de dolor y escupiendo insultos contra ella.

Precisamente Sara aprovechó que el hombre había abierto la boca (única parte de su rostro, junto con los ojos, que no la cubría la capucha) para coger el paño húmedo y embutírselo entre los dientes, con la esperanza de que la droga le hiciera perder el sentido. No sucedió eso, pero el sabor amargo de la droga le produjo fuertes arcadas y el encapuchado pasó los siguientes minutos en el suelo, vomitando e incapaz de levantarse. Sara no desperdició aquella oportunidad para alejarse de él a toda prisa, mientras llamaba a gritos a Rubén, que parecía haber sido devorado por la tierra.

Sara oyó cómo un gemido de angustia respondía a sus gritos y encontró a Rubén al otro lado del castillo. El hombre de la capucha lo había capturado antes de iniciar su ataque contra Sara, pero no le había hecho daño, sino que se había limitado a atarle las manos al tronco de un pino y a meterle un pañuelo en la boca para ahogar sus gritos.

Como héroe con pinta de “salvarte la vida”, Rubén no había realizado bien su papel (a fin de cuentas, el muchacho no pasaba de ser un adolescente, mientras que el encapuchado era un hombre adulto en excelente forma física, que además siempre atacaba por sorpresa), pero estaba bien, y eso, pensó Sara mientras lo desataba, era lo importante.

Liberado Rubén, Sara y él se abrazaron rápidamente, para infundirse ánimos, e iniciaron un apresurado descenso por el camino hacia la carretera, aprovechando que su enemigo seguía mareado en el suelo. Por desgracia, no podían pedir ayuda, pues el encapuchado, al atacarlos, había tenido la prudencia de arrebatarles sus móviles, pero esperaban llegar a algún lugar habitado antes de que fuera demasiado tarde.

El rápido descenso por la abrupta ladera del monte fue agotador y, en ocasiones, peligroso, por el mal estado del camino y los desniveles del terreno, pero ambos adolescentes se hallaban en buena forma física y no tardaron en cobrar una ventaja sobradamente tranquilizadora.

Eso, al menos, era lo que estaban pensando cuando, hallándose ya bastante cerca de la intersección con la carretera, vieron a lo lejos que alguien les bloqueaba el paso. Ya no llevaba la capucha puesta (se la habría quitado quizás para respirar mejor, por culpa de las arcadas), pero su aspecto no dejaba lugar a dudas. Se trataba de un muchacho de unos veinte años, alto y atlético, de pelo rubio y aspecto inquietante: sin duda el mismo individuo, supuestamente llamado Ruy, que había abordado a Rosa en la calle y cuya descripción Sara se sabía de memoria.

Seguramente conocía algún atajo que le había permitido adelantar a los confiados muchachos, y en aquel momento no sólo les impedía llegar a la carretera, sino que se estaba dirigiendo hacia ellos, con pasos lentos pero seguros, propios de un predador que sabe a sus presas indefensas y sin posible escapatoria. Con todo, las presas no iban a rendirse tan fácilmente.

Esta vez fue Rubén el primero en reaccionar. Agarró fuertemente la mano de Sara y se la llevó consigo por un sendero lateral, casi impracticable a causa de los helechos y tojos que amenazaban con borrarlo definitivamente del mapa, mientras le decía entre jadeos:

-¡Vayamos por aquí! Conozco este sendero… he pasado por aquí muchas veces con mis padres y mi tío… creo que nos llevará a una aldea… donde estaremos seguros.

Sara confiaba en el criterio de Rubén, quien ciertamente debía de conocer el bosque mejor que ella. Él a menudo iba de pesca con su familia y sólo se podía acceder a los arroyos donde abundaban las truchas si se conocían bien sendas como aquella.

Una vez más, los dos muchachos huyeron a toda prisa a través de la espesura, dejando atrás a su extraño perseguidor. Durante un buen rato corrieron sin descanso, chapoteando en los lodazales y dando peligrosos traspiés sobre las rocas cubiertas de musgo. Sólo pensaban en esquivar a su enemigo y en llegar cuanto antes a un lugar habitado, por lo que apenas les prestaban atención a las ramas que les azotaban el rostro y a las espinas que les rasgaban la ropa. Pese a su ímpetu juvenil, ya se sentían casi agotados cuando la vegetación se raleó de pronto y el sendero volvió a confluir con el camino de la ladera. Pero allí no había ninguna aldea, sino el mismo castillo que habían dejado atrás hacía tanto tiempo, y que, desdibujado por la penumbra del atardecer, parecía aún más siniestro que antes. Sara se sintió realmente espantada al verlo:

-¿Pero cómo hemos vuelto aquí? ¡Pensé que conocías el bosque!

Rubén, que parecía más tranquilo, jadeó un poco, se secó con la mano la frente sudada y dijo, no sin cierto esfuerzo, porque el cansancio apenas le permitía hablar:

-Perdona, pero… me he confundido. Compréndelo, guapa… todos los senderos se parecen. 

Sara no sólo se sintió aterrorizada por su respuesta, sino también furiosa:

-¡Que lo comprenda! ¡Vale, tío, puedo comprender que te confundas… pero que lo digas con esa pachorra, como si no pasara nada…! ¡Y no me llames…!

No pudo terminar la última frase. Alguien le puso de nuevo un paño húmedo sobre el rostro y esta vez, hallándose totalmente desprevenida, no pudo contener la respiración. Un profundo mareo invadió rápidamente su cuerpo y su mente se disolvió en las tinieblas de la inconsciencia.

Los efectos de la droga fueron fulminantes, pero se disiparon pronto, pues aún era de día cuando Sara recuperó la conciencia. Pero su situación era terrible. Se hallaba entre las ruinas del castillo, tumbada boca arriba sobre el suelo, atada de pies y manos, amordazada por una tira de cinta adhesiva y totalmente indefensa.

Pero lo que más la horrorizó, hasta el punto de dejarla al borde del shock y de un nuevo desvanecimiento, fue ver que dos personas la estaban mirando con ojos crueles y sonrisas de sarcasmo en la boca. ¡Y qué personas eran! Roberto, su querido profesor ideal, y Rubén, el chico heroico con cara “de salvarte la vida”, se estaban solazando sádicamente en el doble espectáculo de su indefensión y de su miedo. Roberto aún llevaba en la mano derecha la capucha que acababa de quitarse, la misma que había llevado puesta para realizar sus agresiones y que, en tales circunstancias, ya no le resultaba útil.

Había sido él, y no el tal Ruy, el hombre que había intentado (y finalmente conseguido) raptar a Sara, mientras que su sobrino Rubén había sido el cómplice perfecto, desempeñando con notable habilidad su papel de chico bueno. Sara no pudo contener las lágrimas cuando comprendió cómo aquellas dos personas a las que quería y en las cuales confiaba la habían engañado. Pero ellos no se enternecieron. Roberto le dijo, con voz burlona:

-Ahora, preciosa, vienen las explicaciones, porque quiero que lo sepas todo antes de morir. Ahora mismo te encuentras en la capilla del Diablo, aunque desde esa posición no creo que alcances a ver el bajorrelieve de la serpiente. Hubo dos cosillas que no conté ayer, pero que voy a contar ahora.

La primera es que tanto mi sobrino aquí presente como yo mismo descendemos de una rama bastarda de la familia de Don Denís, encargada desde hace siglos de cumplir una determinada misión en el momento oportuno. La segunda se refiere a dicha misión: cada 666 años debe renovarse el sacrificio de una doncella, para consagrar de nuevo este sitio maldito con su sangre inocente.

Creo que huelga decir que tú serás la chica que aportará su sangre para renovar el maleficio. En tu hombro derecho llevas los tres lunares que forman un triángulo equilátero y que te señalan como la víctima predestinada para ello. Cuando te los vi durante la excursión a Andalucía, después de que aparecieras en la playa en bikini, me di cuenta de quién eras tú y de cuál era tu destino.

Sólo hacía falta esperar a que llegaran las Navidades, época ideal para realizar el sacrificio por razones simbólicas que sería muy largo explicar. Ayer, en el bar, mientras os contaba la leyenda a ti y a la imbécil de tu mamá, le eché una pastillita a tu bebida sin que te dieras cuenta, sabiendo que sus efectos te impedirían estar tranquila hasta que hicieras tu aparición por estos parajes.

Ahora que ya estás en el sitio ideal, sólo falta aguardar el momento ideal, que será esta misma noche, apenas haya salido la luna. Rubén atestiguará que un desconocido te raptó sin que él pudiera evitarlo y nadie volverá a saber de ti nunca más. Pero mientras no llega el momento de tu muerte, voy a divertirme un poco contigo, para compensar el codazo que me diste hace un rato. Ello es justo, ¿no crees, muñeca?

Rubén rompió su silencio cómplice para intervenir:

-Tío, cuando acabes déjame probar también a mí. Desde que la vi en la playa, luciendo bikini como una top model, llevo follándomela en mis sueños todas las noches. Me gustaría hacerlo de verdad por lo menos una vez, antes de que la mates.

-Por supuesto, Rubén. Hasta he traído condones para los dos, por eso de no dejar rastros de ADN, en el improbable caso de que alguien encuentre su cadáver algún día. Pero primero me toca a mí, que soy el mayor. Tú mira y aprende.

Ajeno al terror y a los llantos desesperados de Sara, Roberto se sentó a su lado y le bajó de un tirón el pantalón del chándal. A continuación, empezó a manosearle los muslos desnudos con una mano trémula de placer obsceno, mientras con su otra mano se frotaba el sexo para endurecérselo antes de la violación. Pero una voz inesperada cortó en seco los preparativos de su asalto:

-Veo que los nuevos secuaces de Satán sois muy valientes cuando os enfrentáis a chicas de quince años. Al menos vuestros antecesores eran capaces de desafiar los tormentos inquisitoriales, pero está visto que todo degenera con el tiempo, ¿verdad?

Roberto y Rubén se volvieron, sorprendidos y fastidiados, pero no asustados, para encararse con el intruso que había hecho acto de presencia en medio de las ruinas para perturbarlos en medio de sus placeres. Ninguno de los dos tenía ni idea de quién podía ser aquel joven rubio, pese a que Rubén lo había visto poco antes. Sara palideció aún más al reconocer al individuo que se hacía llamar Ruy García.

¡Así que serían tres, y no sólo dos, los discípulos del Mal que se reunirían allí aquella noche, para solazarse con su sufrimiento y con su terror, antes de arrojarla definitivamente a las tinieblas de la Muerte! Pero esto es lo que estaba pasando por su mente, y sólo por la suya, pues sus raptores no sabían a qué atenerse al respecto. Roberto sacó de su bolsillo una navaja, la misma con la cual pensaba degollar a Sara tras violarla, y murmuró, furioso:

-No sé quién eres tú ni de qué nos conoces, pero has visto demasiado y debes morir con ella. Dado que presumes de valor, ven aquí, acércate a probar el sabor del Abismo. Este lugar se halla consagrado al Diablo y no hay luz del Cielo ni de la Tierra capaz de penetrar el manto de tinieblas infernales que nos envuelve. Aquí no hay fuerza benéfica que tenga poder, en este santuario la Oscuridad ha tejido su imperio inmarcesible y la sangre de los inocentes lo alimentará hasta que llegue el Día de la Ira.

El intruso (al que podemos llamar Ruy, pues aquel era, en verdad, su nombre) no pudo contener una sonrisa despreciativa y dijo, entre desafiante y vagamente burlón:

-“Pero éstos blasfeman de cuanto ignoran; y aun en lo que naturalmente, como brutos irracionales, conocen, en esto mismo se corrompen”... San Judas, 10º versículo. Va por los falsos doctores del cristianismo, pero veo que el satanismo también tiene sus aficionados, que hablan de lo que ignoran y se llenan la boca de palabras terribles cuyo significado apenas comprenden. Abismo, Diablo, Oscuridad, Ira… Todo eso para, al fin y al postre, actuar como lo que sois: violadores y asesinos, más dignos de mi lástima y de mi desprecio que de mi odio o mi cólera. ¿Queréis saber lo que es el verdadero horror del Infierno y el poder del Mal? ¡Pues mirad y ved!

Dicho esto, Ruy arrojó sobre sus desconcertados adversarios una mirada refulgente, que los dejó paralizados como aves hipnotizadas por los ojos de una serpiente, y su cuerpo empezó a temblar. Su rostro palideció y su boca se entreabrió, mostrando unos dientes largos y afilados, de una blancura lunar, más terrorífica que la rojez de la sangre o la negrura de la oscuridad.

Y finalmente, ante el pasmo y el horror de todos los que habían posado sus ojos en él, su carne mortal, su organismo entero y todo lo que este contenía, se licuó velozmente, se volvió dúctil y fluido, perdió la consistencia que parecía inseparable de toda materia y, finalmente volvió a solidificarse. Pero el joven rubio no reapareció, sino que un enorme lobo de pelo castaño y ojos cárdenos hizo acto de presencia. Lo primero que hizo aquella bestia fue lanzar a los vientos del crepúsculo un largo aullido que hablaba de miedos antiguos y maldiciones ancestrales.

Y aquel fue un aullido escalofriante e inconfundible, que todos los presentes, salvo Rubén, reconocieron al instante. Sara se acordó del perro que aullaba en su barrio el mismo día que ella había estado a punto de ser raptada en su propia casa: el perro que había asustado a los vecinos y provocado la llegada de dos agentes policiales, la cual había espantado oportunamente a Roberto.

Y este reconoció el aullido lobuno que había estremecido sus nervios pocas horas antes, haciéndole perder a Sara cuando ya creía tenerla en su poder. En aquel momento, la muchacha lo comprendió todo en el fondo de su corazón, antes incluso de que su mente racional hubiera tenido tiempo para atar todos los cabos: Ruy García, o como se llamara realmente aquel extraño joven capaz de transformarse en una bestia terrorífica, efectivamente la había estado siguiendo y vigilando durante los últimos días, desde el mismo momento en el que había hablado con su madre, visto su foto y reconocido la marca del Infierno en su hombro derecho.

¡Pero no lo había hecho para hacerle daño, sino precisamente para protegerla! Tras un instante de horror paralizante, Roberto, más por desesperación que por verdadero valor, se arrojó sobre el lobo, con su navaja dispuesta para herir y matar.

Fue como si una grajilla hubiera intentado matar un cóndor a picotazos. El lobo esquivó fácilmente el navajazo y hundió sus terribles colmillos en la garganta de Roberto, quien no tardó en fallecer, ahogado en su propia sangre y con los ojos dilatados de terror, como si en sus últimos momentos hubiera visto efectivamente las puertas del Infierno.

El lobo no hizo además de atacar a Rubén, sino que se limitó a mirarlo fijamente con sus ojos de fuego y a mostrarle sus dientes ensangrentados a modo de aviso. Pero el pobre muchacho, presa de un terror incontenible, huyó del castillo, corriendo y gritando como un loco en los últimos paroxismos de su enfermedad, hasta que perdió pie y rodó ladera abajo hasta estrellarse contra unas rocas.

El golpe no acabó con su vida, pero el infeliz se rompió todas las extremidades y quedó sumido en los abismos de una misericordiosa inconsciencia. Antes o después saldría de aquella, pero tendría que arrastrar algunas secuelas, tanto físicas como psicológicas, durante el resto de su vida. En cuanto a la pobre Sara, ya se había desmayado de pura ansiedad antes aun de la muerte de Roberto.

Cuando la muchacha se despertó, era ya de noche y los rayos de la luna llena iluminaban precariamente las ruinas del castillo, allí donde las sombras de los escombros no les impedían el acceso. Hacía un frío terrible, pero Ruy, que ya había recobrado su forma humana hacía tiempo, además de desatarla y quitarle la mordaza, la había cubierto con su propia ropa para mantenerla caliente. Además, había encendido una precaria hoguera con unas cuantas ramas secas e incluso había tenido tiempo de atender al todavía inconsciente Rubén, para que al menos su vida no corriera peligro. El sacrificio de sangre no había sido renovado a tiempo y el castillo ya había dejado definitivamente de estar poseído por el Mal. Incluso el bajorrelieve de la serpiente (que Sara nunca había llegado a ver) había desaparecido para siempre, como un castillo de arena barrido por las olas.

El primer pensamiento de Sara fue que todo había sido una pesadilla, pero esa impresión fue inmediatamente desmentida, cuando sintió en su rostro la implacable frialdad de la intemperie, y oyó cómo el aullido de un verdadero lobo extendía sus ecos por el cielo nocturno, sobreponiéndose al silbido del viento y a los cantos de los búhos.  Pálida y débil, la muchacha apenas tuvo fuerzas para hablar, una vez que su conciencia se hubo restablecido completamente. Haciendo un gran esfuerzo, y venciendo el temor que aún hacía temblar sus entrañas, dijo, con voz trémula e insegura:

-¿Quién… quién eres tú? ¡Por favor, no… no me hagas daño! Ruy sonrió dulcemente a la débil luz de la fogata y contestó, con una voz cálida y suave, que no sólo destilaba amabilidad, sino también bondad:

-No te voy a hacer ningún daño, Sara. En cuanto a quién soy, es una pregunta algo complicada de responder. Me llamo Ruy (el apellido no importa)… a veces soy un ronin (que es como llamaban en el antiguo Japón a los samuráis sin amo que vagaban por el mundo en busca de aventuras), a veces un licántropo y, para las personas inocentes que necesiten ayuda, siempre quiero ser un amigo. Creo que no volverás a tener problemas con las fuerzas del Mal, pero te recomiendo que en lo sucesivo seas menos confiada y no vuelvas a engañar a tu madre como lo has hecho esta tarde. Bueno, además debo rogarte que no le cuentes a nadie lo que has visto hoy.

Roberto está muerto y no creo que le vayan a hacer mucho caso al pobre Rubén, pues ha sufrido daños muy graves y ni él mismo podrá distinguir la realidad de la fantasía de ahora en adelante. Cuento con tu bondad para guardarme el secreto y con tu imaginación juvenil para inventarte una buena historia que contarles a tus padres y a la policía. Supongo que con decir que os atacó un lobo de verdad será suficiente. Ahora creo que deberías tranquilizar a su madre. Si te sientes con fuerzas para ello, puedo devolverte tu móvil. Sara, ya más animada, se arrastró junto al fuego, acercándose a Ruy, e intentó decir algo más. Pero entonces una nueva oleada de angustia, fruto de las experiencias recientes, se apoderó de su ser y rompió en una oleada de llantos. Ruy la abrazó y la tranquilizó la mejor que pudo, mediante caricias y palabras de consuelo.

Cuando Sara se sintió algo recuperada, acertó a decir débilmente, mientras ardientes lágrimas seguían fluyendo de sus ojos enrojecidos para despeñarse por sus mejillas macilentas:

-Yo… Ruy… quiero llamar a mi madre… pero antes… tú me has salvado la vida… Por favor, dime qué puedo hacer para pagarte todo lo que has hecho por mí.

Ruy acentuó su sonrisa y dijo, con una voz aún más dulce:

-Bueno, me consideraría bastante pagado si me prometieses guardarme el secreto, pero ya puestos, y dado que vas a hablar con tu madre… Es que hay otra chica que vive en Pazos y que también tiene problemas, no precisamente como los tuyos, pero también bastante graves.

Y sólo yo puedo ayudarla, pero para ello necesitaría que tu madre me hiciese un pequeño favor, del cual ya le hablé el otro día. Si pudieses presionarla un poco en ese sentido, te lo agradecería hasta el infinito.

Sara se enjugó las lágrimas y agarró el móvil que le Ruy le había entregado.

FIN...

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