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Primero fue el caos, el espacio ilimitado, el silencio; luego la luz, la tierra, el hombre. Y con él, nacen los mitos, las leyendas.

Cuentan que hace muchos años, en la Nueva España (hoy México), una noche de entre la bruma se escuchó un trote de caballos que se detuvieron frente a la casa de Cortés ubicada en José Real (hoy Isabel La Católica).

De la carroza descendió una anciana encorvada, con dos cuencas por ojos, que a la luz del farol semejaba un fantasma. Con paso lento caminó apoyándose en su dama de compañía. Mientras atravesaban el jardín de la casa, se escuchó una melodía extraña, pero fascinante, que desde ese momento todas las noches se escucharía hasta entrada el alba.

- ¡Las doce y sereno! Todo en calma… – fue el grito que rasgó el silencio en el momento en que ellas desaparecerían en el interior de la casa.

Con el paso del tiempo, se tejieron algunas historias alrededor de la misteriosa mujer, a quien nadie había visto. Pero se murmuraba que la llegada de ella había coincidido con la desaparición de algunos mancebos. Algunas mujeres pensaban, y así habían expresado, que irían a ver al virrey para que ordenara una investigación en casa de ella.

No hubo necesidad. Una mañana, ante la mirada inquisidora de los habitantes, se presentó a misa, erguida como una reina, vestida de negro y con un velo que cubrí su rostro. Al término de la misa, se hizo acompañar por el obispo de la catedral a su casa, y se supo entonces que era la Condesa de Pantoja, venida de muy lejos.

Los varones afirmaron que era hermosa, aunque debo decir en honor a la verdad, que los hombres de aquella época tenían que poseer una enorme imaginación para poder saber si una mujer era fea o bonita, ya que estaba de moda el corsé, prenda que a las damas les quitaba la respiración, pero a cambio les daba una cintura de tallo de nardo y hacía exuberantes hasta los más pequeños senos. Se usaba además el vestido hasta el tobillo, la manga larga y el cuello alto. Y a todo esto, había que agregar, en el caso de la Condesa de Pantoja, el espeso velo que cubría su rostro.

En una de tantas reuniones femeninas que efectuaban para bordar, tomar té y comentar sucesos de la ciudad, la Duquesa de Gálvez dijo:

- A la Condesa de Pantoja, se le elevó el velo con el ciento y, ¡Juro por Dios!, su cara estaba llena de pliegues, sus ojos eran dos cuencas con las que me miró y me dejó paralizada. Me pareció que sus pies no tocaban el empedrado, sino que el viento iba llevándola. Desde entonces, prefiero no cruzarme en su camino.

- ¡Estás celosa! – le contestó una de las asistentes -. Y todo porque desde su llegada, el Duque de Alvarado y Acevedo no te ha vuelto a hablar de matrimonio, y es bien sabido que todas las tares ronda la casa de la condesa. Inventar es un pecado. Deberías confesarte.

Un pesado silencio cayó sobre la reunión mientras las damas siguieron bordando.

La Condesa de Pantoja nunca faltaba a misa.  Al término de ésta, se hacía acompañar por el obispo a su casa y lo invitaba a tomar el chocolate que estaba de moda por aquella época. La condesa, al despedirlo, le entregaba una bolsita roja con monedas de oro, diciéndole:

- Algún día me hará un favor. Pero debo decirle que la codicia no es buena para la salud.

El comendador era pródigo al informarle los secretos del obispo, lo que ella agradecía con una inclinación de cabeza.

En la taberna ya se hacían apuestas para ver quién la cortejaría, pero era imposible acercársele ya que se hacía acompañar por el obispo, el comendador o su dama de compañía, la cual parecía un perro guardián.

Únicamente se dejaba ver sola cuando, sentada en su jardín de la casa, se entretenía bordando un pañuelo.

Un día, el Duque de Alvarado pudo al fin hablar con ella. Estaban frente a la iglesia, y la condesa parecía estar de buen humor.

- He probado en esta ciudad algunos bocadillos, – le dijo -, y no han sido lo suficientemente nutritivos. Pero he de decirle que tengo la certeza de que usted, caballero, me entregará los más preciado, pues está destinado a… – No terminó la frase. Se dio la media vuelta y entró a la iglesia.

Tiempo después, en la taberna, el Duque de Alvarado comentaba:

- Os digo que es un deleite sagrado caminar a su lado. Mas sus palabras son causa de mi constante desvelo, pues afirma la doncella que lo más codiciado por la raza humana he de entregarle.

Todos brindaron por los desvelos de su amigo. Después de un mes de no poder dormir, el Duque de Alvarado la volvió a ver, sola, y de la mano de ella se deslizó un pañuelo que él se apresuró a levantar, mientras su corazón latía como el golpe de un tropel de caballos. Se disponía a regresarlo, cuando vio un bordado que decía: “Sí usted, caballero, no tiene miedo alguno, favor de entregarme este pañuelo en mi casa, a media noche.”

He de decir que ningún caballero bien nacido podía negarse a tal pedimento, así que el Duque de Alvarado traspasó el umbral de la casa de la condesa cuando a lo lejos se escuchó:

- ¡Las doce y sereno! ¡Todo en calma!

Unos segundos después, se oyó un grito. Más bien, el aullido de un animal herido. Desde esa noche, no se volvió a saber nada del Duque de Alvarado.

Por primera vez, la Condesa de Pantoja asistió a misa con el rostro descubierto. Era realmente hermosa, portaba un vestido color púrpura y lucía en su pecho un medallón que cambiaba de tonos al compás de su respiración.

Las mujeres voltearon a ver maliciosamente a la Duquesa de Gálvez, como diciéndole con la mirada: “¡Vaya que es horrible!”

El tiempo siguió su curso. Lo único que alteraba la monotonía de la vida de los habitantes de la ciudad, eran algunos duelos que los hidalgos tenían cuando el sol apenas se estaba levantando.

Tiempo después, hubo un suceso que dio de qué hablar. La Condesa de Pantoja había dejado de ir a misa y al rezo. Algunos decían que se había recluido en su casa, como cuando había llegado. Otros afirmaban que la habían visto marcharse una noche, con la rapidez del viento.

Y para aumentar las habladurías, ante los oidores se presentó la Duquesa de Gálvez, acompañada de algunas mujeres indignadas porque el tiempo pasaba y no obtenían ninguna respuesta acerca de los mancebos desaparecidos, en especial el Duque de Alvarado, del cual se decía que le habían visto por última vez rondando la casa de la Condesa de Pantoja.

- ¿Cómo desaparece un amante, sin que ni sus amigos se enteren a donde fue? – clamaban -. ¿Cómo se vuelve humo un hijo, de la noche a la mañana? A vosotros, cuya autoridad es recta, – decían entre lágrimas -, corresponde encontrar una respuesta que calme nuestros temores.

Una tarde, el comendador fue visitado por la dama de compañía de la Condesa de Pantoja, la cual, después de entregar las acostumbradas bolsas de oro, le informó:

- Su merced, mi ama solicita un favor y le envía este recado. – El comendador leyó en silencio el pergamino, mientras el ama de compañía desaparecía por la puerta, sin esperar la respuesta.

Vio las bolsas con monedas de oro y se preocupó por la salud de la condesa.

Fue de inmediato a ver al obispo y le informó de la solicitud de la condesa, no sin antes recordarle lo desprendida que era con la iglesia, y diciéndole también que recibirían un pago enorme si acudían a verla. El obispo pensó en lo que la iglesia había dejado de percibir desde la ausencia de la condesa y decidió que era una obligación cristiana acudir al llamado de la dama. Pero antes se dirigieron a ver al último virrey de la Nueva España, don Juan Vicente de Gámez.

El obispo pidió al virrey que los acompañara a hacer una visita a la Condesa de Pantoja, y el comendador explicó:

- Su ilustrísima: sé que su excelencia tiene asuntos importantes y que podría enviar a otro en su representación, pero la condesa es dadivosa con el Estado. Diciendo esto, entregó al virrey las bolsas de monedas y leyó en voz alta el recado: “Solicito de usted únicamente que venga acompañado por el virrey y el obispo a la media noche. El pago de tal favor será enorme. Lo que les he otorgado es nada en comparación con lo que recibirán si acuden.”

El virrey pesó las bolsas en sus manos y se preocupó por la salud de la condesa. Tomó la sabia decisión de acudir al llamado.

A la hora señalada, se trasladaron a la casa de la Condesa de Pantoja y, sin ninguna dificultad, entraron. La puerta se abrió y cerró a sus espaldas. Mientras caminaban, iban efectuando una separación de bienes: los que serían para el virrey, los que corresponderían al comendador, y lo que pertenecería al obispo, en cas de que la condesa tuviera alguna enfermedad que no le permitiera volver a levantarse. Se escuchó una melodía que les hizo efecto del canto de las sirenas. Hipnotizados, la siguieron hasta la alcoba. Un roce bastó para que la puerta se abriera. La recámara se encontraba cubierta por una neblina de color esmeralda. Horrorizados por lo que sus ojos apenas distinguían, pero que su sexto sentido les hacía más claro, intentaron salir. Demasiado tarde. La puerta se había cerrado a sus espaldas.

En la cama se encontraban dos esqueletos y, a su lado, un anciano apergaminado que los miraba con expresión ausente. Creyeron… reconocer al duque de Alvarado, pero la neblina no les permitía verlo bien.

Los ojos del obispo se acostumbraron rápidamente a la neblina y pudo ver claramente a la condesa: era una criatura horrible: su cara estaba cubierta por pliegues de color amargo. Tenían por ojos dos cuencas vacías, la boca descarnada, su cabeza era simplemente una masa sin forma. Los miró fijamente con aquellos túneles negros.

El virrey, empequeñecido por el miedo, no se atrevía a levantar la cabeza.

La criatura se dirigió al obispo:

- ¿No te gusta lo que ves? ¡Pero si es sólo vuestro reflejo! En toda mi existencia de miles de años no me había divertido tanto y no había contemplado una especie tan decadente. –Luego, vio al virrey y aclaró-: Hombrecito: podría tomar tu cuerpo, pero no es de mi interés. Sólo tomaré tu miedo y tu soberbia. Y podrás ufanarte de ser último virrey y de haberme visto y seguir viviendo.

La voz melodiosa, casi musical, y contrastaba con la horrible criatura que ellos veían, aun cuando cada uno la veía diferente.

El virrey, al oír esto, levanto la vista por unos instantes, los suficientes para ver al obispo envuelto en su capa púrpura y al comendador que no quitaba la vista de una enorme bolsa de monedas de oro colocada a los pies de la condesa. Volvió a inclinar la cabeza y a cerrar los ojos.

La criatura se dirigió entonces al comendador, diciéndole, sugerente:

- Todas estas monedas serán tuyas, aun cuando ya te he pagado el favor. Pero debo aclararte que la avaricia mata. ¿Aun así las quieres? ¡Contéstame!

El comendador no tuvo tiempo de contestar. Una serpiente de fuego apareció y formó un círculo en medio de la recámara. Entonces la condesa se dirigió de nuevo al comendador:

- Todas estas monedas serán tuyas si tan solo colocas al obispo dentro de ese círculo de fuego, ¿Y bien? – La criatura esperó, mientras el comendador veía al obispo y a la bolsa de monedas. Ganó su avaricia: dio un tirón al obispo que, dado su miedo, en unos instantes quedó en el centro del círculo.

La criatura sonrió con su horripilante boca luego gritó al virrey:

- ¡Te estoy perdonando la vida por no servir ni para un bocadillo, pero podría volverte cenizas! El torpe comportamiento de tu raza decadente nos hace venir, pero ten presente que muchos desaparecerán y otros envejecerán sin que nadie sepa que pasa con su materia. Pero te digo: toda tu especie desaparecerá antes que nosotros. Y hoy me verás como realmente somos, no como el espejo de ustedes. – Se introdujo entonces en el centro del cpirculo de fuego, abrazando al obispo que, en unos segundos quedó reducido a un esqueleto. Un grito, más bien aullido de animal herido se escucho, mientras ella sufría una metamorfosis increíble.

De la horripilante criatura no quedaba nada. En su lugar había una hermosa mujer, la cual se podría comparar con una diosa. Ahora volvía a sonreír, complacida. El virrey la observaba admirado. El comendador yacía muerto, abrazado a la bolsa de monedas. La neblina esmeralda cambió de tonos, de un amarillo claro a un rojo intenso, para después desaparecer y ella simplemente flotaba en medio e las llamas que crecían sin quemar nada. Ante los ojos incrédulos del virrey, todo desapareció de pronto, quedando en la recámara un olor a rosas y un anciano que hacía pocos días era un joven de veinte años: El Duque de Alvarado y Acevedo.

Se dice que aún hoy en día, en la calle de Isabel La Católica, a media noche, desaparecer algunas personas, y que sólo se escucha una melodía fascinante.

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