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Una vez, en un instituto, habían dos chicas, llamadas Mónica y Julia. Mónica era una chica muy guapa, con el pelo rubio tirando a castaño, ojos verdes y una sonrisa brillante que siempre llevaba en la cara. Era una chica responsable, bondadosa y lista, que siempre ayudaba a los que lo necesitaban. Sin embargo, era muy tímida, aunque eso no echaba atrás a la gente que la conocía. Julia era una chica normalita, ni muy guapa ni muy fea, pelo negro y ojos marrones. Nada destacaba en especial de ella. Era una chica cruel, que disfrutaba causando el mal ajeno.


Le encantaba pegar a Mónica, y lo hacía cada vez que la susodicha estaba distraída. Julia no era demasiado lista, y le costaba aprobar los exámenes. Por ello, Mónica la intentaba ayudar, aunque siempre la rechazase de malas maneras.

Cierto día, el chico que Julia tenía al lado, y del que estaba tremendamente enamorada, le confesó que estaba enamorado de Mónica. No era la primera vez que alguien se lo decía, pues recordó el día en que Daniel, el chico de detrás suya se lo dijo, o el día que se extendió el rumor por toda la clase de que Sergio estaba por ella. Sin embargo, viniendo de Juan -así se llamaba- le dolió. Cautivada por el amor que sentía hacia él, y a la vez por el odio que le tenía a ella, comenzó a pensar en como vengarse de ella.

Los días iban pasando, y Julia cada vez estaba más extraña. Ya no hablaba, ni se reía de los comentarios que hacían en clase. No obstante, seguía pegando a Mónica, cada vez más fuerte y dejándole más marcas. Mónica estaba harta, por eso más de una vez no se había callado, y le había dicho que la dejara en paz o se lo diría a la tutora.

Un día, a finales de la primera evaluación, Juan le confesó su amor a Mónica y le pidió salir. La muchacha, que también le amaba a él, aceptó. Julia, inmersa en su rabia, decidió que la única solución sería matarla a sangre fría.

Había llegado la Navidad, y Mónica y Juan llevaban casi un mes juntos. Julia lo sabía, y aprovechándose de que su padre hacía colección de cuchillos, esperó a que su tío le regalase uno más, el más afilado, y a la vez fácil de llevar de todos.

El primer día de la segunda evaluación lo soportó, viendo las bromas cariñosas de los dos tortolitos y el pico que se plantaron en un cambio de clase. El segundo día, cogió el nuevo cuchillo de su padre y lo metió en una bolsita de plástico, y a su vez en la mochila. El resto del día actuó más extraña que nunca, pensando en cómo sería matarla, sentir su sangre resbalando por sus manos, disfrutar mientras cometía un asesinato...

Cuando iban hacia sus respectivas casas, como ambas iban solas y por el mismo camino, Julia aprovechó la situación.

- ¡Ey, Mónica!

Al ver como la miraba y acto seguido se iba más rápido, Julia le gritó:

- ¡Mónica! Por favor, ven, no te voy a pegar.

Mónica desconfiaba, pero finalmente decidió acercarse. Julia se relamía los labios.

- Escucha, he pensado que podríamos hacer las paces. Podríamos empezar por ir hoy juntas. - ¿Y no me pegarás? - No.

Mónica, por más raro que le pareciese aquello, aceptó.

- Muchas gracias. Oye, ¿me puedes esperar un segundo? - Dijo Julia, dejando la mochila sobre un banco.

Abrió la mochila y, con la mayor de las sutilezas, cogió el cuchillo y se lo guardó. Acto seguido tiró una moneda al suelo, y le pidió que se la cogiera. Aprovechando que Mónica estaba agachada, cogió de nuevo el cuchillo y la apuñaló con furia.

Después tiró al suelo el cuchillo, con tan mala suerte de que le cayó en un pie. Desangrándose por un pie, recogió el cuchillo, pues sabía que su padre la mataría si lo perdiera. Y ahí, fue dejando el rastro de sangre por el suelo mientras dejaba el cadáver detrás, con el cuchillo de nuevo en la mochila.

Mónica fue encontrada unos minutos más tarde por un grupo de chicos de su clase que iban hacia su casa. Llamaron rápido a una ambulancia, y ya en el hospital consiguieron que volviera a respirar. Las puñaladas habían sido por medio de la espalda, si hubiesen sido en el corazón ahora estaría muerta.

Por su parte, Julia no sabía que Mónica estaba viva. Fue a su casa y más tarde allí cuando se fue a lavar se miró al espejo. Solo veía el rostro de una asesina que había matado a una inocente. Presa de la culpa, cogió el cuchillo con el que había apuñalado a Mónica y se lo clavó en el pecho, dejando el suelo del baño lleno de sangre.

Horas más tarde, cuando ya se estaba investigando el caso, el investigador vio el rastro de sangre, y lo siguió. Vio que llegaba hasta la casa de Julia. Llamó a la puerta, y, al ver que nadie contestaba, derribó la puerta. Registró la casa, y, efectivamente, en el baño estaba el cadáver. Llamó rápido a la policía, quien, por las huellas del cuchillo y las pruebas de ADN, supo que ella había apuñalado a Mónica.

A partir de entonces, Mónica ya no recibía golpes, esos meses con Juan se convirtieron en años, fue cada día más feliz, aunque siempre, en la espalda, le quedaría aquel recuerdo de Julia.

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